El pentagrama

El pentagrama

EL PENTAGRAMA

Este relato opta al Premio «JUAN MADRID» al mejor relato negro criminal.


EL  PENTAGRAMA

Me llamo Andrés Román y hace veinticinco años que soy propietario de Román, investigadores privados. Debo confesar que el plural de la placa adosada a mi puerta no refleja la realidad de mi negocio: si no tuviera a Romina —que me toma los recados, archiva mis informes y redacta las facturas— en la agencia estaría más solo que la una. Y no es porque me falte el trabajo. Casi siempre desayuno a pie firme, en el primer bar que pillo, y en contadas ocasiones puedo sentarme a ojear el diario. No necesito que la prensa me abastezca de sucesos –mi oficio ya me los procura–, pero detenerme a leer con calma es uno de los diques que miro de interponer frente a mi caos diario.

Aquel miércoles destacaba un titular: Hallados los despojos de la fiscal Echeverría tras cinco días desaparecida. Me percaté de lo poco al corriente que estaba de las noticias, porque desconocía la existencia de esa mujer y, aún menos, que se la buscaba. El texto era parco: su marido había denunciado la desaparición y —al expirar las cuarenta y ocho horas de demora que la policía se autoimpone antes de mover un dedo— ya se había dado con el cuerpo.

—Los periodistas de hoy no le tienen gusto al idioma —observó el veterano camarero, que me traía el café y aprovechaba para leer el titular por encima de mi hombro—. Como caridad humana, el vocablo despojo queda apenas un milímetro por encima de la palabra desecho. No es ético hablar así de quien fue un ser humano.

Coincidí con él, sin sospechar lo desacertado que andaba. La lacónica noticia decía que la mujer había acabado muriendo de un golpe en la cabeza y dejaba entrever que el crimen era oscuro, y que se había detenido a un sospechoso.

—Un cliente te espera —me recibió Romina, y su lúgubre semblante debería haberme encendido funestos presagios.

Se sentaba retraído en el tresillo de la salita y me dijo que su nombre era Juan Fernández. Aparentaba una edad indefinida que situé holgadamente entre los cuarenta y los cincuenta años. Vestía un traje de calidad, algo arrugado, y no traía corbata. Era más bajo que yo, que no soy ningún gigante, y delgado pero con barriguilla. La mano que me tendió se me hizo húmeda y blanda.

—Soy el viudo de Mónica Echevarría —prosiguió en mi despacho, y la sorpresa hizo que a mi corazón se le saltara un latido—. ¿Conoce lo acaecido con mi esposa?

Asentí, más necesitado de descubrir qué le traía a Román, detectives privados que de demostrarle que estoy al día de lo que acontece por el mundo.

—Mónica faltó el viernes, y al ver que concluía el fin de semana y que no volvía a casa, denuncié su desaparición.

—¿Por qué esperó tanto para dar cuenta?

—Por su trabajo: la profesión de Mónica es muy exigente, y la enfrascaba de tal manera que se le olvidaba decirme que no vendría a comer, o incluso a dormir.

—¿Trabajaba el pasado fin de semana?

—Muchas veces lo hacía, aunque no estuviera de guardia.

Presentí quería que indagara la muerte —¿si no para qué había venido? —y me propuse quitarle la idea de la cabeza. Pero deseaba saciar mi curiosidad.

—¿Dónde la han encontrado?

—En media docena de sitios —fue crudo—. No solo la han matado, también la han descuartizado; para deshacerse del cuerpo, o vaya usted a saber con qué propósito.

Definitivamente, aquel no era un caso para mí. Así que rectifiqué mi postura en la butaca y me dispuse a decírselo.

 —Ante todo quiero expresarle mi más sincera condolencia por la pérdida —le entré—, pero nada puedo hacer por usted. He leído que ya han detenido al autor del crimen.

—Eso creía —me dijo, y sus ojos se enturbiaron—. Habían cogido al hombre que yo mismo denuncié; pero burlando mis expectativas, lo han dejado ir.

—¿Usted conoce al detenido? —yo iba de sorpresa en sorpresa.

—Hace tiempo que oigo hablar de él, hasta la saciedad. Las autoridades no habrán encontrado pruebas suficientes, pero sé que ha sido él. Y usted debe demostrarlo.

—¿Por qué está tan convencido? Si la policía lo ha dejado ir, será por algo. Además, los investigadores privados no podemos entrometernos en delitos de sangre, le informé. Pero él traía preparada una respuesta.

—Denuncié la desaparición de Mónica y me conformo con saber dónde estuvo desde el mediodía del viernes hasta que apareció su cuerpo.

A efectos prácticos, su encargo equivalía a descubrir al asesino. Quise decírselo, pero me interrumpió.

—Vengo dispuesto a ofrecerle una buena cantidad por sus servicios —me dijo.

Nombró la cifra y me extendió un cheque como adelanto. Yo me auto justifiqué pensando que aquella no sería la primera vez que me saltara las normas. Tomé un folio y empecé a anotar cuanto siguió refiriéndome.

No podía intercambiar impresiones con la policía, pero averigüé qué Juzgado llevaba la instrucción. Puedo decir que Julia Del Río es mi amiga, salvando todas las distancias superables. En su despacho de la Ciudad de la Justicia se encontraba también el fiscal Jesús Lara, asignado al caso.

—Andrés y yo hicimos juntos el instituto —le explicó mi amiga.

También podría haberle dicho que nacimos en el Guinardó y que de jovencitos estuvimos liados. Que los Del Río se jactaban de que la hija estudiaba Derecho, y que la envidia corroyó al vecindario cuando anunciaron que su niña se había sacado las oposiciones a jueza.

—¿Quién es su cliente? —me preguntó Lara, y se lo dije.

—Pobre Juan —dejó ir Julia—. No ha tenido suerte en su matrimonio.

Lo dijo con auténtica lástima, y el fiscal la secundó. La difunta había ejercido entre ellos y conocían al marido desde antes de la desaparición.

—Sí, claro —asintió él—. El primero de quien sospechas es del cónyuge, pero Juan ha sido un sufridor nato. Es ingeniero y se gana muy bien la vida, pero si antes ya estaba deprimido, imagínese ahora.

—¿En qué sentido era un sufridor?

—Mire, detective —Lara pasó del tono confidencial a otro más reservado— Mónica era mi compañera y llevo la investigación. Son dos buenas razones para que no hablemos más de ella ni de su matrimonio.

Aun así, expuse la información que yo tenía, salida de la boca del propio viudo.

—¿Es cierto que se había metido en una secta esotérica?

El fiscal suspiró.

—Mónica era muy particular y hacía algunas cosas raras.

—¿Solo algunas? —se disparó mi amiga Julia—. Yo creo que se le había aflojado un tornillo, quizás dos o tres. Sabes que sus incongruencias nos han puesto en más de un aprieto, y lo de la secta fue otra excentricidad más.

—No hacía daño a nadie —dijo él.

—Al principio se distraía con cosas normales. Se apuntó a un club de lectura y a otro de senderismo. A algunos nos arrastró de excursión, a ti y a mí también —recordó al fiscal—. Allí conoció a Juan. Pero después se metió en un club de pseudofilósofos y luego se interesó por las artes astrales y por la nigromancia. Acabó echándonos las cartas a todos, y nos hizo jugar a la ouija. Solo que para ella no era un juego.

—¿El marido qué decía? —quise saber.

—La disculpaba. Según él, Mónica necesitaba despejarse tras el trabajo y esas ocupaciones no pasaban de ser meras aficiones. Pero luego llegó lo de la secta.

—¿Tan mal estaba de la cabeza?

—No estaba trastornada, solo algo descentrada —el fiscal optaba por preservar la memoria de su extinta colega—. Y no siempre.

—No obstante, seguía ejerciendo —dije.

—Sus compañeros la tapaban, —aseguró Julia.

—Hasta los jueces lo hacíamos. Pero eso ya no viene a cuento —zanjó la cuestión—. He dictado secreto del sumario, así que no gastes energías en exprimirnos. No te vamos a contar nada más, y tú no estás legitimado para meter las narices.

—Por supuesto —reconocí, pero no cejé—. Es público que habéis dejado ir al sospechoso.

—Al jefe de la secta —concretó el fiscal—. Lo detuvo la policía y ellos mismos lo han dejado ir, aunque creo que no lo descartan del todo.

—Detenerlo fue un trámite técnico para salvaguardar sus derechos mientras le tomaban declaración —aseguró la jueza—. La policía debía contrastar cualquier posibilidad, aunque en su contra no tuvieran más que la denuncia de Juan.

—Ahora sabemos qué clase de persona es —apuntó Lara–, pero de momento poco podemos hacer para relacionarlo con la desaparición.

Les pregunté en qué punto estaba el caso y Julia me respondió.

—En punto muerto.

No me fui sin hacer un último intento.

—¿Quién lleva la investigación en la policía?

—La supervisa el inspector Perera, de la Unidad Central —dijo el fiscal.

—He oído hablar de él. Dicen que es un hueso duro de roer.

—Es un buen profesional —me aseguró él—. ¿Quiere que le recomiende?

—¿Usted haría eso por mí?

Perera me recibió a primera hora de la tarde en la comisaría de las Corts.

—Le seré franco, no me hace ni pizca de gracia tenerle aquí —se sinceró—. Si el fiscal me pide que le atienda y la juez lo ratifica, solo me cabe pensar una cosa, que no confían en que sea capaz de resolver el caso.

—Muy al contrario, no han escatimado alabanzas sobre su profesionalidad —exageré.

—¿Seguro que no me engaña? —me miró con escepticismo—. Si es así, la intención que tienen es aún peor. No matan y trocean a una fiscal cada día, y este crimen está saliendo en todos los medios. Les estarán presionando de lo lindo y optan por aprovechar cualquier recurso con tal de resolver el expediente: hasta a un detective privado. Pero no quieren pillarse los dedos ofreciéndole información, y pretenden que lo haga yo. Por eso me lo endosan.

—¿Me ayudará?

–Qué remedio. Usted debe ser alguien muy especial para ellos. ¿Qué necesita saber?

El hombre me pasó a una sala con una pizarra rebosante de anotaciones y un plano de Barcelona.

—Los restos se hallaron en los puntos marcados en el mapa, en las veinticuatro horas que van desde la mañana del lunes a la de ayer martes. Están numerados por orden de aparición, todos junto a templos de la ciudad.

La Parroquia de la Virgen de Nuria venía marcada con el número Uno y ante ella se descubrió el tórax de la fiscal. El Dos se correspondía con la Iglesia de Sant Joan de Horta, donde apareció la cabeza a media mañana. Atravesando la ciudad de norte a sur se localizaba el Tres, marcado como la Iglesia de Sant Pere del Camp: allí apareció la pierna derecha, poco después de la anterior. Cerca de la Marbella estaba el número Cuatro: por la tarde se descubrió el brazo derecho, ante la iglesia de San Francisco de Paula. El Cinco quedaba en Sants: un poco antes del anochecer se había encontrado la pierna izquierda ante la Iglesia de San Martín Nonato.

—Y éste ha sido el último —Perera señaló el número Seis—. Ayer, al salir el sol, se encontró el brazo izquierdo cerca de la iglesia de Santa María de Vallvidrera.

Junto al mapa colgaban seis juegos de fotografías, uno por cada resto, con el correspondiente encuadre de conjunto más tres a cuatro primeros planos.

—En casi todas hay una iglesia de fondo —dije—, pero el brazo de Vallvidrera está como en una hondonada, y se ve diferente. Los demás pedazos están cortados casi limpiamente, pero este parece muy masacrado, hasta se le ve el hueso en varias zonas.

—No está masacrado, está recomido. El lugar queda detrás del Tibidabo y la iglesia es medio rural, a escasos metros de la riera de la imagen. Allí hay dos contenedores y los jabalís bajan a alimentarse de lo que tiran junto a ellos. Verían el brazo cerca, lo pillaron y se lo llevaron a donde lo encontramos. Pero un vecino los vio y los ahuyentó a tiempo.

Hay que ser valiente para enfrentarse a un jabalí hambriento, pensé mientras me abocaba sobre las imágenes de las dos extremidades superiores.

—Les faltan los dedos —dije.

—Sí, pero solo están cortados los de una mano. Los del brazo de Vallvidrera se los habían comido las bestias. No tendría lógica que los otros los cortaran para impedir la identificación, porque la cabeza está intacta, como puede ver.

Un asesino que corta los dedos de una mano pero no los de la otra, me dije; qué cosa más rara.

Todas las ubicaciones habían sido unidas por líneas trazadas sobre el mapa, y acabaron dibujando una estrella de cinco puntas.

—Tardamos en darnos cuenta del detalle —reconoció el policía—. Manejamos la hipótesis de que, al dejar los restos, se quiso componer un pentáculo similar al de Da Vinci, con la cabeza hacia el norte, los brazos extendidos de este a oeste, las piernas debajo y el tronco en el centro.

Da Vinci dibujó a un hombre de frente pero aquí estaría boca abajo, expuso. A la estrella de cinco puntas, sin círculo, se le llama Pentagrama, y también es un símbolo esotérico, cabalístico o una alusión al maligno, dígalo como quiera.

—Mi cliente denunció al jefe de la secta donde profesaba su esposa. ¿La causa de que lo detuvieran fue esta estrella?

No me parecía motivo suficiente, la figura resultante podía ser fruto casual de la oportunidad que tuviera el asesino para deshacerse del cuerpo.

—Hubo algo más —me dijo Perera—. A la secta ya la teníamos en nuestro punto de mira por sus prácticas dudosas. Además de orar, o como le digan a lo que hacen, llevan a cabo sacrificios cruentos. Que sepamos, hasta ahora solo los han hecho con animales. Si no les hemos metido mano antes ha sido porque congrega a alguna gente significativa. Por ejemplo, a la fiscal Echevarría.

—Al capitoste del grupo lo han dejado ir.

—Tras tomarle declaración —respondió Perera—. Jura que llevaba toda una semana en una casa de recogimiento de Girona de la que regresó ayer, y lo testiguan tres mujeres de su séquito, tres fieles que le acompañaron. Dicen que nunca dejaron de verlo por más de una hora.

—¿Ni siquiera de noche? —pregunté, perplejo, y Pereda asintió—. ¿Están seguros de que dicen la verdad?

—No creemos que mientan. Pero no hay mal que por bien no venga: este escándalo los aniquilará como grupo.

La sombra sobre la secta se diluía y mi cliente iba a decepcionarse mucho.

—¿Manejan alguna hipótesis? —tensé la cuerda.

Ninguna, me dijo Perera, y vi que se disponía a quitarme de encima. Pensé rápido.

—¿Qué forense se encarga del estudio?

El profesor Fonseca, me respondió, y en el corazón se me dibujó una sonrisa de aurícula a ventrículo.

Fonseca fue mi profesor en el Instituto de Criminología y hemos mantenido una relación de años. Le telefoneé y me emplazó para el día siguiente. Decidí que visitaría cada escena donde se había abandonado una parte del cuerpo de Mónica Echevarría y empecé por la parroquia de la Virgen de Nuria. La calle daba a la Diagonal y era evidente que lo voluminoso del tórax y lo céntrico del lugar propiciaron que fuera la primera porción en ser avistada.

Al día le quedaban un par de horas de luz y me llegué a Vallvidrera. Entré por los túneles de la Ronda, seguí la carretera hasta una urbanización antigua y giré sobre un puente. Aparqué frente a la iglesia, al lado de los contenedores de basura. La caída del sol hacía descender vertiginosamente la temperatura a este lado de la montaña y me alcé el cuello de la chaqueta. El edificio estaba rodeado por una verja clausurada y databa del siglo XVI, según rezaba un letrero. A su lado colgaba otro, que advertía de que el recinto permanecería unos meses cerrado, por obras. Retrocedí hacia la carretera y me detuve sobre el puente que atravesaba la riera. Una cinta de balizamiento de los Mossos d’Esquadra me confirmó que allá abajo se había encontrado el brazo, hendido por las dentelladas de la fauna local.

—¡Eh, tú! —me sobresaltó un grito estentóreo, que llamaba mi atención.

Me giré y dirigí la vista al otro lado de la carretera. Un viejo, en pijama y pantuflas, sostenía una podadora y me hacía señas desde su jardín. Le percibí barba de muchos días y una cabellera larga, reñida con la tijera y el peine. Se me antojó demasiado tarde para que anduviera liado con el seto, en un atuendo tan poco adecuado para el rigor del crepúsculo. El mundo está lleno de pirados, pensé.

—¿Eres policía?

Alzó aún más la voz desde donde estaba. Cabeceé, un ni sí ni no que a menudo perpetro, y empecé a volverme hacia el aparcamiento.

—¿Ya habéis encontrado el coche oscuro?

Me detuve en seco, retenido por el pilotito rojo que se me dispara en la cabeza cada vez que mi intuición me envía una alerta.

—¿Qué coche? —le grité también.

El hombre rezongó.

—Joder —meneó la cabeza— ¿Cómo qué coche? ¿Es que no te ha dicho nada tu compañero?

Negué, ahora claramente.

—Vente para acá, coño —me exhortó—. Nos van a tomar por locos, berreando de un lado al otro de la carretera.

Tendría sus ochenta y tantos años y olía a decrepitud. El frío le había puesto la piel de gallina pero parecía no notarlo, bajo el tenue pijama. Desde dentro de la casa encendieron una lamparita del porche y asomó una mujer bajita y de amplias hechuras.

—Es la chacha —me dijo el viejo, que hasta en la distancia corta hablaba alto, poniéndome de los nervios.

Tal vez anduviera aquejado de sordera, sopesé.

—Se acerca la hora de la cena y en un santiamén vendrá para meterme adentro. Así que espabilemos —me apremió.

—¿Fue usted quien espantó a los jabalíes?

—Yo mismo. Pero veo que os habéis pasado por el forro lo del coche oscuro.

Perera no me había mencionado ningún vehículo.

—Me he incorporado hoy al caso —le mentí a medias—. ¿A qué coche se refiere?

El hombre dejó ir un suspiro de resignación.

—¿A dónde va a ir a parar este país, con los policías de ahora? —se quejó.

Me dijo que a veces dormía poco, y que noches atrás oyó que un coche se detenía junto a los contenedores.

—¿Usted lo oyó? —dudé de que su capacidad auditiva diera para tanto.

—Por supuesto. ¿Por qué no me atiendes cuando te hablo, chico?

El viejo seguía expresándose a bocinazos y entendí que no le hubieran otorgado ninguna credibilidad.

—¿Cuándo lo oyó?

—Hará ocho o nueve noches. Este paraje está a rebosar de excursionistas, de día, pero por la noche ya no pasa ni la Guardia Civil. A lo sumo los jabalíes, o algún maleante. Me levanté, encendí la luz de aquí fuera y me fui a la ventana. Justo para ver salir a un coche pequeño y oscuro, echando chispas.

Seguí poniendo cara de interés, pero eran demasiadas noches para que lo referido, si era cierto, estuviera ligado con el descuartizamiento de la fiscal.

—Volvió al cabo de unas noches.

—¿El mismo coche? — pregunté, por seguirle la corriente.

—El mismo. Entonces tenía el sueño más pesado y no me despertó el motor, sino el ruido de algo al caer. Volví a dar la luz. Pero cuando llegué a la ventana, el coche ya entraba en la carretera. Le vi el culo y cómo tiraba para Barcelona.

—¿Se fijó en la matrícula? —le dije, y sus ojos me emparejaron con las especies menos inteligentes de la creación.

—¿Tú estás tonto o qué? —me dijo con su voz estridente—. Ni vi la matricula ni sé la marca. ¿Acaso te piensas que tengo la vista de un lince?

Obviamente, no le pregunté por el aspecto de quien conducía, ni si era uno solo o si alguien le acompañaba. La chica se nos acercaba y se paró a su lado. Sin duda ejercía de cuidadora del decrépito anciano.

—Nombrar un coche oscuro es muy impreciso. ¿No se percató del color?

—No me jodas chico. Si hubiera visto que era rojo, azul o verde, os hubiera dicho que era un coche rojo o azul o verde, ¿no te parece? Yo lo distinguí oscuro, y le dije a tu compañero que era oscuro. Ahora veo que a todos os cortan con el mismo patrón.

Si alguien había anotado las manifestaciones del viejo, debió tardar poco en romper el papel, por impertinente y por ido. Además, ocho o nueve noches seguían siendo demasiadas.

Entonces volvió a encendérseme la lucecita de alerta en la cabeza.

—Ha dicho que ha pasado una semana desde la primera vez que lo vio.

—O quizás más. Ya se lo dije a tu compañero.

—Entiendo. Pero dígame una cosa: ¿qué día es hoy?

El abuelo se me quedó mirando estupefacto, mientras la chica le cogía una mano.

—¿Qué mierda de pregunta es esa, chico? —dejó ir, mientras se dejaba arrastrar hacia la casa—. Hoy es domingo, no me jodas. ¿Es que no sabes en qué día vives?

Recogí mi coche, no sin antes echar otro vistazo al fondo de la riera, al contenedor y a la iglesia. También vi que mi cliente me había enviado un WhatsApp, avisándome de que a la mañana siguiente se pasaría por la agencia para comentarme algunas cosas. Pero yo tenía una cita en el Instituto Anatómico Forense y le escribí que mejor me acercaría por su domicilio, antes de irme a la Ciudad de la Justicia.

La vivienda era una casa reformada del casco antiguo de Sant Andreu, que antes había sido un taller con un piso independiente encima.

—La parte de abajo sirve ahora de garaje, trastero y bodega con despensa. La de arriba la reformamos y es la vivienda propiamente dicha —me dijo mientras subíamos.

La decoración del salón era exquisita, con alfombras y cuadros en las paredes, y un aplique sobre la chimenea. Las lámparas las había rescatado de un anticuario y los muebles eran recios. El sofá me resultó acogedor.

—¿Ha averiguado algo?

—Aún es pronto para obtener resultados.

—¿Sabe por qué han dejado escapar al de la secta?

—Usted mismo lo dijo, por falta de pruebas.

—¿Se lo ha dicho el fiscal? Le voy a decir algo en confianza, Jesús Lara estuvo ennoviado con Mónica y estoy seguro de que aún le gustaba. Seguro que pondrá todo su empeño, pero lo que a mí me interesa es saber qué van a hacer ahora.

—Supongo que explorar más alternativas. No padezca, no van a dar el caso por cerrado. Su esposa era una fiscal y, aunque me duela decírselo, las circunstancias de su muerte son tan cruentas que se emplearán a fondo.

—Me han llamado de varias cadenas para que haga declaraciones —me dijo tras una pausa—. He declinado conceder entrevistas, pero iré a donde haga falta si sirve para que encierren a ese tipejo. Usted no ceje, ese hombre ha matado a Mónica y debe pagar por ello.

Después me pasó a su habitación.

—Aquí dormíamos —me dijo—, hasta que se trasladó a la habitación de al lado.

Entramos y quedé impresionado por la parafernalia espiritualista que la revestía.

—Me avergüenza decirle que mi esposa y yo no teníamos sexo. Ella sentía que su alma y su cuerpo pertenecían a la secta y se reservaba para los ritos.

—¿Ritos con contenido sexual?

El hombre enrojeció y asintió con pesar.

Me considero una persona tan normal como cualquiera de las que me cruzo por la calle. Me angustia el olor a hospital y la sangre me produce repelús, como a todos. Si las fotos que me mostró el inspector Perera me habían impresionado, el cadáver diseccionado de Mónica Echavarría me revolvió el estómago. Fonseca retiró la sábana azulada que tapaba la mesa de autopsias y vi que había reunido todas las partes del cuerpo, hasta recomponerlo, y sentí la vaharada a podrido que emanaba de él. Allí estaba el brazo derecho, sin dedos, pero faltaba su pareja del otro lado.

—Justo hemos empezado a hacerle pruebas. ¿Quieres verlo?

Le dije que no y tuvo la piedad de trasladarme a su despacho.

—Hay tres detalles especialmente significativos. ¿Te has fijado en la herida que presenta la bóveda del cráneo? Cae en medio de ambos parietales, sobre la sutura sagital. Justo a medio camino entre la sutura coronal y la sutura lambdoidea —el forense se señaló sobre su propia cabeza un punto cercano a la coronilla—. Ahí recibió el golpe que la mató. Un golpe muy fuerte, probablemente dado con un objeto metálico, pesado y estrecho. Quizás con el mango de algún utensilio.

Yo también me palpé el mismo sitio de la cabeza.

—¿Quién la mató estaba detrás de la víctima?

—Me inclino a pensarlo. Pero sigamos con el segundo detalle. La víctima había mantenido relaciones un poco antes de la muerte, aunque todavía no puedo afirmar si fue justo antes de la agresión o con horas de antelación.

El inspector Perera también había omitido aquel detalle cuando habló conmigo.

—¿La violaron antes de matarla?

—No lo creo. No he visto más lesiones que el golpe en el cráneo y los cortes al descuartizarla. Los miembros y el cuello fueron serrados y los dedos de la mano derecha pudieron ser cortados con unas tijeras de podar.

Fonseca me confirmó el final que habían tenido los de la otra extremidad, comidos por los jabalís.

—Ha dicho que había tres detalles significativos —animé al profesor Fonseca.

—El tercero es que congelaron el cuerpo a las pocas horas de ser fragmentado. El torso aún estaba como una piedra, cuando se descubrió, y opino que todos los pedazos se depositaron en sus emplazamientos de una sola tacada.

Perera también me había escatimado esa información.

—¿Se puede datar la hora de la muerte?

—La congelación me lo pone difícil. Esperaré a los resultados del laboratorio.

Recapitulé. A la Fiscal Echevarría se la vio por última vez el viernes y sus pedazos aparecieron entre tres y cuatro días después, a medio descongelar; y antes había tenido sexo. Era una lástima que no se pudiera determinar la hora exacta del óbito.

Me dirigía al barrio de Gracia y me sorprendió que me llamara el fiscal Lara.

—De momento no tengo nada —dije—. Este caso está resultando un tanto hermético. Ahora voy camino de la sede de la secta, para echarle un vistazo. ¿Usted tiene algún indicio nuevo?

—Ninguno —me dijo—. Pero mi principal sospechoso sigue siendo el detenido que dejó ir la policía. Ahora he de dejarle, pero llámame si averigua algo. Y vaya con cuidado en su visita.

Sentí que Lara me ocultaba algo. Pero uno no puede ir interrogando a la gente de la judicatura, si quiere sobrevivir.

Rebasé la Casa Vicens, seguí acera adelante y dos calles más allá giré en la intersección. La sede era una casa soberbia con no menos de un siglo de historia. Vista desde fuera, nada indicaba a qué se dedicaban sus ocupantes. Delante habían aparcado una furgoneta blanca, medio llena de fardos. Nadie pareció oír el timbre y la puerta de la casa estaba entornada. La empujé, lo justo para observar un amplio recibidor y el pasillo que venía a continuación. Un hombre caminaba hacia mí, cargando una caja de cartón.

—¿Tú quién carajo eres? —me interpeló, malcarado—. ¿Periodista o policía?

—Ni lo uno ni lo otro —le respondí sin inmutarme—. Busco al jefe del tinglado.

Dejó la caja en el suelo. Tendría menos de cuarenta años y era alto y fibrado, llevaba el cabello a lo Jesucristo. Vestía una túnica hasta las rodillas, y debajo un tejano. Me recordó a un actor argentino de los de ahora. También hablaba con deje porteño cuando se me presentó.

—Me llamo Reynaldo Múgica, soy el Maestre de la Orden —dijo–. ¿Quién eres tú?

Por fin pude poner nombre al principal sospechoso. Le enseñé la credencial que identifica mi profesión y su cara mutó a auténtico asombro, aunque enseguida arrugó el entrecejo.

—¡La pucha, ya solo me faltaba un detective para cerrar el círculo!

Con todo, respondió a mis preguntas. Era consciente de que su carrera había tocado fondo en Barcelona, y posiblemente en España. Quizás pensó que cerraba un capitulo si cumplía conmigo. A partir de ahí, ya vería que hacía.

—No me busquen implicaciones en el crimen. Estimaba a raudales a la hermana Mónica —enfatizó—. Todos la queríamos, y ella contribuía a la causa como la que más.

—¿También con dinero?

—También. Pero sobre todo con la enormidad de su alma y todo su cuerpo.

Lo había pillado en plena mudanza y en el pasillo se apilaban las cajas que iba sacando a la furgoneta.

—Puedes registrar lo que quieras. La policía ya lo hizo, pero no me importa que le des un ojo tú también. Hace dos horas se fue uno de la Científica que vino con una orden para sacarme una muestra de saliva.

Buscaba su ADN para compararla con los resultados del examen del cuerpo de la muerta, comprendí. Deduje que era Julia quien había autorizado la extracción y que el fiscal lo sabía, aunque no me había dicho nada minutos atrás.

—¿Te imaginas para qué quieren la muestra?

—Supongo que encontraron semen en Mónica y quieren saber si es mío.

—¿Lo es?

El hombre se limitó a sonreír, sin responderme.

—Si me preguntas si alguna vez lo hice con ella, te digo que sí. Con ella y con todas las hermanas. Pero como parte de nuestras solemnidades.

—¿Jodiste con ella la pasada semana?

Volvió a sonreír, pero ahora le capté una sombra de preocupación.

—Yo estaba en Girona, hubo gente que lo atestiguó.

Acababa de conocerlo y el tipo empezaba a caerme gordo.

—Supongo que serían algunas de esas hermanas que se te entregan en cuerpo y alma.

Reynaldo usaba la casa para las reuniones grupales, pero vivía en un piso de General Mitre que le había cedido gratuitamente uno de sus feligreses.

—Veo que te mudas —le dije—. La policía te habrá dicho que no debes alejarte de Barcelona hasta que se resuelva el caso.

—¿Por qué iban a hacerlo? Ya te dije que no estoy involucrado —reiteró mientras volvía a cargar la caja que le había visto portear—. Si no quieres nada más, voy a seguir con lo mío.

—Solo hacerte una pregunta ¿Tienes un coche pequeño, de color oscuro?

El hombre me miró fijamente.

—No, solo tengo la furgoneta que hay aparcada ahí delante. ¿A qué viene lo del coche oscuro? Nadie me preguntó por él, antes.

Me di la vuelta y salí sin contestarle.

Romina regresaba al despacho tras ingresar el adelanto de Fernández y la invité a almorzar para celebrar el cobro. También como a salto de mata la mayoría de días, pero los jueves hago una excepción. Me dijo que hoy no podía ser, aunque me tomó la palabra para mejor ocasión. Sonó mi móvil, pero vi que me llamaba el inspector Pereda, no le hice caso. Al instante volvió a sonar, ahora aparecía el nombre de Julia en la pantalla.

 –Los Mossos han vuelto a detener al de la secta y esta vez será la definitiva. El caso está resuelto —me dijo, pero no le descubrí alegría en la voz.

—Déjame que adivine, su ADN concuerda con el de los residuos vaginales de la fiscal.

—No solo eso, hemos registrado su piso y encontrado los dedos que faltan en la mano de Mónica. Es un poco raro, ¿pero qué no lo es en este caso? Puede que los quisiera para sus prácticas satánicas.

—Deberías estar exultante —observé—, pero no lo pareces.

Julia se debatía entre dar el paso que la había llevado a llamarme, o colgar.

—Dice que quiere hablar contigo.

—¿Reynaldo quiere hablar conmigo?

—Sí, contigo. Se ha negado a declarar si antes no te ve. Dice que tú sabes algo importante y que solo después responderá a nuestras preguntas. ¿Me ocultas algo, Andrés?

—Te juro que no sé a qué se refiere, Julia.

—Bueno, ahora ya da igual. Si estás de acuerdo, accederé. A pesar de que lo que voy a disponer no es ortodoxo y que el fiscal se opone abiertamente. Espero no tener que arrepentirme.

—No sé nada de los dedos, alguien me los dejó en el piso —me dijo Reynaldo en una sala de los juzgados, a solas pero esposado—. No me moví de Girona en toda la semana, te lo juro. Fue Mónica la que subió para allá, pero se fue mucho antes de la cena y no volví a verla.

—Hiciste mentir a las que te acompañaban y ahora tienes un problema. Las declaraciones de tus amiguitas serán una prueba decisiva en tu contra.

—Lo sé, pero tuve miedo.

—¿Me has llamado para confirmarme que echaste un polvo con ella? Podías habérselo dicho tú mismo a la jueza y al fiscal.

—Del fiscal no me fio, Mónica también jodía con él, me lo dijo ella. Pero antes de hablar con ellos quiero que me digas algo. ¿Por qué me preguntaste por un coche oscuro?

—Tengo uno dándome vueltas por la cabeza. Pero puede que ni siquiera exista.

El detenido se me quedó mirando.

—Sí que existe —me aseguró con vehemencia— es un Peugeot 207 de color azul marino.

El fiscal Lara le había dicho a Julia que él no se prestaba a parodias, y no estuvo presente en aquel acto que consideraba ilegal. La jueza me interrogó con los ojos.

—Ya puedes entrar —le dije señalando la sala donde aguardaba Reynaldo, al tiempo que me encaminaba hacia la salida.

—¿No quieres ver cómo acaba todo?

Le contesté que debía hacer una última visita y continué adelante. El forense salía del ascensor y se detuvo a darme un par de noticias.

—Si vienes del despacho de la juez Del Río ya sabrás que los análisis acusan al jefe de la secta. Yo no daría un duro por el futuro de ese hombre. Pero hay algo que me confunde

Agitó el dosier que empuñaba su mano izquierda.

—Es algo relativo al brazo encontrado en Vallvidrera y quiero participárselo a la jueza de inmediato.

Las pruebas habían dictado que no fue congelado como el resto del cuerpo, y las dentelladas de los animales habían incrustado en la carne algunas partículas de la bolsa de basura que probablemente lo envolvía, antes de que los animales la arrancaran por completo.

—Es un misterio que esta pieza no fuera congelada —siguió—. Pero me ha permitido datar el asesinato de una manera bastante acotada: fue el viernes, entre las veintidós horas y la media noche o quizás la una de la madrugada.

El detalle exculpaba a Reynaldo. Pensé que el fiscal iba a sentirse frustrado, como poco.

*    *    *

Detienen al verdadero asesino de la fiscal, reza el titular del diario que Romina ha traído al restaurante donde saldaré mi deuda. Como era de suponer, mi nombre no aparece entre las líneas que componen el artículo, pero ella se siente tan orgullosa como si figurara en primera plana.

—La ira provocó que la golpeara y a la ira la sustituyó la confusión. Tenía que deshacerse del cuerpo y erró al pensar que sería complicado ocultarlo. La ofuscación le llevó a desmembrarlo. Metió los trozos en bolsas, para no manchar el vehículo, y empezó a dar vueltas buscando dónde ir tirándolos. Se le había hecho tarde y temió que le sorprendiera la luz del día. Se acordó del paraje de Vallvidrera y se fue para allá, a la desesperada.

—Debía conocer el lugar —dice Romina—. A mí nunca se me hubiera ocurrido irme tan lejos.

—Lo conocía, había caminado por los senderos de Collserola bastantes veces, con ella. Pero no contaba con el viejo insomne que vive al lado, y huyó cuando solo había metido un trozo en el contenedor.

Regresó a su domicilio y se serenó. Acabó de limpiar, sacó cada pieza de su bolsa y las congeló para darse tiempo a elaborar un plan que inculpara a Reynaldo. Tardó bastantes menos de lo que había supuesto en dar con la idea.

Se había bajado el mapa de la ciudad y eligió minuciosamente los templos que debían alinearse para formar la delatora estrella. Luego dejó cada parte en los lugares elegidos.

—¿Eligió esas otras iglesias porque ya había abandonado un brazo en el contenedor?

—Sí. El único trozo no congelado. Supuso que el camión lo habría retirado ya y que lo hallarían en algún vertedero, pero que la policía concluiría de dónde había salido.

Dejó todos los restos y se acercó a Vallvidrera para hacer la última comprobación. Para su desgracia, el contenedor estaba tal como lo dejó, y entonces vio que lo recogían de tanto en tanto.

—La ceguera de la primera noche no le dejó ver un aviso que pide que se llame a un número de teléfono cuando esté lleno.

    Temió que aquel detalle de su plan pudiera quedar demasiado diferido en el tiempo y trató de sacar la extremidad, para desenvolverla y colocarla ante el templo, como las otras.

   Pero estaba tan al fondo, debajo de tanta basura, que no pudo alcanzarla. Entonces volcó el contenedor. Volvió a levantarlo, pero el abuelo se había despertado. La luz le hizo huir despavorido, de nuevo, y el brazo se quedó en el suelo.

Romina escucha arrobada mi relato y yo me siento sublimado.

—¿Cómo supiste dónde encontrarías el coche? — pregunta.

A diferencia de la otra visita, ahora la puerta del garaje estaba medio levantada. Pude ver el Peugeot detrás de un sedán y también lo vi a él, abocado en el maletero.

—No se moleste —le dije, sobresaltándolo—. Por más que uno limpie, siempre queda algún residuo que la policía puede identificar.

Juan Fernández se levantó.

—Sólo lo registrarán si usted me delata —respondió—. ¿Va a hacerlo?

En lugar de contestarle le hice otra pregunta.

—¿Por qué usó el vehículo de Mónica como coche fúnebre?

—Acababa de llegar con él y lo dejó delante del mío. Me quedaba más a mano en aquel momento.

—Lo entiendo para un primer momento. Pero después, cuando trasladó los pedazos congelados, usted ya se había serenado.

—Es un coche viejo que no se usará más. A nadie le extrañará que de aquí a poco lo mande al desguace.

Ciertamente, pensé. Hasta yo entendería que se deshiciera de él para no angustiarse cada vez que lo viera en el garaje.

—Usted sabe lo que he sufrido —me dijo—. Nunca pensé en matarla, pero cuando me dijo con tanto desparpajo que había pasado las últimas horas follándoselo, y que volvería con él cada vez que la llamara, darle muerte fue inevitable.

Por un momento pensé qué hubiera hecho yo de estar en su piel, y me imaginé machacándola con el atizador de la chimenea, en el piso de arriba.

—Algo de potra sí has tenido —me dice Romina, para hacerme volver a la tierra—. Si Juan Fernández no hubiera venido a nuestra oficina, y si tú no hubieras otorgado credibilidad al viejo de Vallvidrera, el argentino estaría en la cárcel y el marido de la fiscal andaría tan campante.

—Tienes razón —le digo—. Pero quiso conocer los pormenores de la investigación para poder maniobrar, y me contrató. Se había reservado los dedos por si necesitaba aportar más pruebas contra Reynaldo, y los usó cuando le dije que con las actuales no le acusarían. Mónica tenía una llave del piso del argentino, y él la usó.

Romina sigue cuanto le digo palabra a palabra, asimilándolo. Luego la veo reflexionar.

—Lástima que ya no cobraremos el resto del trabajo —me dice.

 

 

 

 

 

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Redacción

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