El silencio

El silencio

EL SILENCIO

Por JUAN BOLEA

Relato incluido en la Antología «Lecciones de Expertos Asesinos»


            —¿Es este el departamento de crímenes?

            La que había formulado aquella pregunta era una mujer mayor, ataviada con un cárdigan pasado de moda, una falda de lana y un sombrerito.

La subinspectora Martina de Santo la miró durante unos segundos desde su mesa, pero en seguida volvió a centrar su atención en los papeles que estaba consultando.

La viejecita insistió:

            —Si ésta no es la sala de crímenes, ¿alguien podría decirme qué tengo que hacer, o adónde debo dirigirme, para denunciar uno?

         Esta vez, Martina de Santo alzó la cabeza y observó a la mujer con más detenimiento. La señora permanecía junto a la puerta, pero su actitud era decidida y no parecía intimidada por los uniformes que pasaban a su espalda ni por el trajín de la comisaría, que hervía de actividad a esa hora de la mañana.

            —¡Agentes! —exclamó la vieja dirigiéndose a Martina y a otros dos investigadores de la sección de Homicidios, quienes asimismo estaban trabajando en sus mesas, ocupados con sus expedientes e informes—. ¿Quieren atenderme o deberé dirigirme a los periódicos, en demanda de atención?

            La subinspectora De Santo dirigió una seña amistosa a aquella aguerrida ciudadana.

            —Dudo que los periódicos vayan a solucionar sus problemas, señora. Y no sé si nosotros seremos capaces de hacerlo, pero pase y siéntese.

            Pálida y rígida, la mujer ocupó una silla frente a ella.

            —¿Cómo se llama usted? -preguntó la subinspectora.

            —Úrsula Ortiz de Camposoto.

            —¿Cuál es el motivo de su presencia aquí, señora Ortiz de...?

            —De Camposoto. De los Camposoto de toda la vida. Como le adelantaba, vengo a denunciar una muerte.

            Martina se recostó en su butaca y se abrió la americana. La funda de su pistola destacó sobre su camisa blanca.

            —Exponga los hechos, si es tan amable.

         —Todo sucedió anoche, a eso de las diez —empezó a relatar la anciana, con ímpetu; pero sus manos temblaban sobre su descolorida falda invernal, demasiado calurosa para la primavera que acababan de estrenar—. Mis vecinos, los Ponce, comenzaron a discutir a la hora de la cena. No me extrañó, pues lo hacen con harta frecuencia. A diario, prácticamente, y siempre a la misma hora, al caer la noche. Nuestros pisos son contiguos y las paredes, de papel. ¡Todo se oye, aunque una no quiera!

            —¿Dónde vive usted, señora Ortiz? —preguntó Martina.

        —Resido en el tercero A del número 22 de la calle Virgen de la Alegría, cerca del parque. Ellos, los Ponce, en el tercero B. En nuestra planta todavía hay otro apartamento, el C, pero queda al otro extremo del mío y no puedo oír lo que su inquilino hace. En el C vive un hombre pulcro, soltero, un profesor, creo, que no da ningún problema. Los Ponce, en cambio, sí.

            —Entiendo —aseguró la subinspectora, tomando rápidas notas con su estilográfica de plata; e inquirió, con un deje de ironía—: ¿Cuál de esas personas, según usted, ha sido asesinada?

            —La señora Ponce —repuso sin vacilación Úrsula Ortiz de Camposoto; y añadió, con rotundidad—: Su marido, Rómulo Ponce, la mató ayer, entre las once y las doce de la noche.

            La subinspectora enarcó una ceja.

            —¿Dispone de alguna prueba para sostener su acusación?

Úrsula apretó los labios y dijo:          

           —Una, al menos, que considero irrefutable.

           —¿Cuál es?

           —El silencio.

            Martina sonrió cortésmente.

            —¿Le parece que ésa puede ser una prueba material?

            La testigo no tenía duda.

            —Desde mi experiencia, lo es. Como le decía, subinspectora, todas las noches el matrimonio Ponce protagoniza una violenta discusión a la hora de la cena. Primero son sus voces, subidas de tono; después, los gritos y algún plato roto, u objetos que se rompen al calor de la disputa. Finalmente, se apaciguan, se meten en la cama y hacen... eso.

            —¿El qué?

            —Lo que suelen hacer en la cama marido y mujer —repuso la anciana, ruborizándose.

            —¿El amor, quiere usted decir?

            —Sí, eso.

            —¿Cómo lo sabe?

            —Porque los oigo. Las paredes son de papel, según le decía, y ellos se comportan como... animales en celo. En especial, el marido, Rómulo. Ruge y brama como un toro. Y ella también grita, cuando le sobreviene... eso.

            —Entiendo —dijo Martina, sonriente.

            La denunciante la contempló con severidad.

            —No, subinspectora, creo que usted no me ha entendido en absoluto. Lo que pretendo comunicarle es que esa pareja tiene algo de diabólico porque experimenta un cierto placer en atormentarse, y un cierto tormento en el placer.

Martina la miró con indiferencia.

            —Le sorprendería comprobar a cuántos matrimonios puede aplicarse esa norma.

        —Ya lo imagino —supuso Úrsula—. Pero existe una diferencia con los Ponce: las demás esposas siguen vivas. Ella, María Ponce, no. Anoche dejé de escucharla minutos antes de las once, después de que profiriera una serie de amenazas y voces de socorro. Al otro lado de la pared se oyó un grito ahogado, y algo así como el peso de un cuerpo al caer al suelo. Inmediatamente después, Rómulo Ponce se paseó por el piso como una fiera enjaulada. A eso de las tres de la madrugada se tumbó en la cama —lo sé porque crujieron los muelles— y debió quedarse dormido. Como imaginará, no pude pegar ojo. A las siete de la mañana, Rómulo Ponce se despertó y conectó un ruidoso aparato, un taladrador o una sierra mecánica. Estuvo empleándolo más de una hora, seguramente para desguazar el cuerpo, hasta que el piso quedó en silencio. ¡Un silencio en el que ella, su desdichada esposa, ya no tenía voz, pues había sido asesinada!

            —¿Por qué está tan segura? ¿Hizo usted alguna comprobación?

            —¡Por supuesto! Me temblaban las piernas, pero salí al rellano y llamé al apartamento B. Rómulo Ponce tardó en abrirme. Estaba a medio vestir, con el pantalón del pijama y una chaqueta encima. Lo delato su rostro. ¡Llevaba el crimen grabado en la cara! Me contuve, disimulé y me quejé del ruido. Él intentó despistarme diciéndome que estaba colocando una estantería y que a eso se debían los ruidos… ¡Pero no se engaña tan fácilmente a una Camposoto!

            —¿De los Camposoto de toda la vida? —ironizó Carrasco, otro de los agentes de la sección, que había estado escuchando la conversación.

            Martina lo fulminó con la mirada. Úrsula bajó la cabeza, humillada, y obstinadamente se estuvo mirando las sarmentosas manos, cuajadas de joyas baratas. En su reloj de pulsera eran las doce del mediodía. En las calles debía seguir brillando un sol primaveral, pero sus rayos no iluminaban la sala de Homicidios, que carecía de ventanas. La subinspectora sintió necesidad de respirar un poco de aire fresco.

            —Puedo acompañarla hasta su casa —se ofreció—. De paso, echaré un vistazo al piso de sus vecinos.

            Los ojos de la anciana brillaron de agradecimiento y excitación y se puso en pie como si se hubiera quitado veinte años de encima. Martina le fue indicando el camino de salida de la comisaría, o de lo contrario Úrsula se habría despistado entre las laberínticas salas y despachos. La vieja caminaba despacio. Tenía ojeras y los tobillos hinchados. El insomnio de una noche en vela parecía haber caído sobre ella.

            La subinspectora la invitó a subir a un coche policial. Un cuarto de hora después, aparcaban en la calle Virgen de la Alegría. El número 22 tenía ascensor, pero estaba estropeado. Subieron a pie hasta la tercera planta y entraron al domicilio de la denunciante.

               Era un piso pequeño y angosto, pero bien iluminado; raudales de luz natural entraban por las ventanas.

            Úrsula invitó a la subinspectora a pasar a su dormitorio. Desde allí, le explicó, lo había oído todo: las voces, los gritos, los jadeos, el cuerpo al caer, la sierra mecánica, el revelador silencio y, por fin, el enjaulado deambular del asesino en el trance de ocultar su crimen, hasta que hubo metido en bolsas los restos de su esposa…

            —Ahora no se oye nada —la cortó Martina—. En el piso no debe haber nadie.

            —No se fíe. Puede que ese individuo siga ahí dentro. Recuerde que los asesinos siempre regresan al lugar del crimen.

            La subinspectora salió al rellano y llamó al timbre de la puerta contigua. Al cabo de quince segundos le abrió una mujer joven, no muy alta, bastante atractiva, con grandes ojos de color pizarra y una mata de cabello oscuro cayéndole sobre una camisa vaquera.

            Martina preguntó:

            —¿Señora Ponce?

            —¿Sí?

            —Disculpe las molestias. Represento a la enciclopedia Historia y Mundo. Si dispone de unos minutos, me gustaría exponerle las ventajas de nuestra última oferta editorial. Puedo asegurarle que las condiciones de suscripción son muy ventajosas.

            —No me interesa, lo siento.

            —Le remitiré información, por correo ordinario. Tal vez entonces cambie de opinión.

            —No lo creo. Buenos días.

            La puerta del apartamento B se cerró, pero la subinspectora De Santo no volvió a entrar al piso de Úrsula.

          En lugar de eso, bajó las escaleras, salió del portal y caminó unos metros por la calle. Eligió un punto resguardado y desde la acera de enfrente observó la planta tercera del número 22. Las ventanas correspondientes al piso de Úrsula Ortiz estaban abiertas. Las de los Ponce, sin embargo, permanecían cerradas.

           Martina sacó un cigarrillo y esperó un rato, agradeciendo el fresco soplo de aire primaveral que flotaba desde un parque cercano, hasta que el portal volvió a abrirse y María Ponce salió a la calle.

         Se había puesto un vestido estampado, y recogido su melena negra en una cola de caballo. Miró a ambos lados, como para asegurarse de que nadie la observaba, y rompió a caminar a paso vivo en dirección contraria al chaflán desde el que vigilaba Martina. La subinspectora la siguió hasta una parada de autobús. María Ponce subió al primero que se detuvo, pagó su billete y desapareció entre los pasajeros.

         La subinspectora regresó al número 22, subió las escaleras hasta el tercer piso y volvió a llamar a la puerta de Los Ponce. Nadie contestó. En cambio, se abrió la puerta de Úrsula. La anciana asomó su ávido rostro.

            —¿Y bien, subinspectora? ¿Qué ha podido averiguar?

            —Que sus fundamentos eran erróneos —repuso Martina—. La señora Ponce sigue gozando de buena salud.

            —¡Eso es lo que usted se cree!

            —Acabo de verla.

            —¡No! ¿Ha visto a María Ponce?

            Martina asintió. Úrsula le señaló con un dedo.

            —Descríbamela.

          La subinspectora lo hizo sin perder la paciencia. Úrsula quería saber todos los detalles, cómo eran sus ojos, su pelo, su boca. La descripción de Martina coincidía plenamente con la identidad de su vecina, pero no por eso la anciana se dio por vencida.

            —¡Una suplantadora, eso es lo que vio usted! ¡Una doble!

            —Haga el favor de bajar la voz —rogó Martina, abriendo la puerta para salir—. El resto de los vecinos puede oírla y no hay razón para alarmarles.

            —¡Yo le digo que el marido contrató a alguien para que se hiciese pasar por su mujer, mientras él buscaba dónde enterrar a la verdadera!

            Martina decidió que no tenía nada más que hacer allí. Entregó a la anciana una tarjeta con sus números de teléfono y regresó a comisaría.

            Durante el resto de la tarde, la subinspectora se estuvo ocupando de otros asuntos. A las nueve de la noche salió a tomar un bocado, pues tenía guardia.

A partir de las diez, la Sección de Homicidios quedó vacía. Martina siguió trabajando en casos atrasados hasta que, a medianoche, sonó el teléfono.

            —Diga.

            —¿Subinspectora De Santo?

            —Al aparato.

            —Soy Úrsula Ortiz de Camposoto. ¿Me recuerda?

            —Desde luego, señora.

            —¿Y recuerda lo que le dije acerca del silencio en el piso B? Pues bien, eso es lo que está sucediendo. ¡En el apartamento de los Ponce no se oye volar una mosca!

            La subinspectora preguntó con suave ironía:

            —¿Los Ponce no se han peleado hoy?

            —No. Y eso es lo que resulta alarmante.

            Martina ironizó:

            —¿Tampoco los Ponce han hecho eso?

            —Tampoco —repuso Úrsula, y Martina casi pudo sentir cómo se ruborizaba.

            —Entiendo. ¿Por qué me llama? ¿Tiene algo nuevo que contarme?

            —Nada en absoluto, subinspectora, y eso es lo más inquietante. ¡Ya son dos noches seguidas de un silencio, nunca mejor dicho, sepulcral en el apartamento B!

            La subinspectora apeló a su paciencia.

            —Escuche, Úrsula. Para practicar una inspección debemos disponer de un indicio, por pequeño que sea. ¿Puede proporcionarme algo más que una mera sospecha?

           Al otro lado del hilo hubo un jadeo. Cuando consiguió controlar su respiración, Úrsula repuso en voz queda:

          —He estado pensando en lo que me dijo que había visto esta mañana, subinspectora. Usted llamó al piso B y le abrió una mujer que se negó a atenderla. ¿No es así? Después, esa misma mujer, vestida de otra manera, no como solía hacerlo María Ponce, abandonó la casa. En los años que he tratado a mis vecinos, jamás había visto a María con un vestido estampado, ni con el cabello recogido. Siempre llevaba pantalones y el pelo suelto. Tenía una melena preciosa, negra como ala de cuervo y le gustaba lucirla. ¡Por eso le digo que no era ella, sino una doble, y que la verdadera señora Ponce está muerta! De seguir con vida se habría peleado estas noches con su marido, y después habría hecho eso con él. ¿Es que no lo entiende?

          —Lo siento, señora Ortiz. Comprendo su inquietud, pero no puedo actuar sobre una base tan débil. Procure descansar. Llámeme cuando se despierte, me alegrará saber que se encuentra bien.

            La noche de guardia pasó lentamente para Martina. No hubo alertas. A las ocho de la mañana concluyó el turno y se fue a su casa para dormir unas horas.

          Apenas lo logró. Con resaca de sueño, se levantó a mediodía, tomó un ligero desayuno y se dirigió de nuevo a su puesto de trabajo. Al llegar a Jefatura le esperaba una desagradable sorpresa.

         —Una mujer ha muerto esta noche —le informó su superior, el inspector Buj—. La han encontrado hace unas horas, en el hueco del ascensor de su casa, en la calle de La Virgen. El agente Carrasco se encarga del caso. Me extraña que durante la madrugada se recibiera ningún aviso. Estaba usted de guardia, ¿no?

         —Sí.

         —¿Y no entró ninguna denuncia?

        Martina vaciló, sintiendo un vacío en el estómago, una sensación de vértigo.

        —Estrictamente, no.

       En cuanto el inspector se metió en su despacho, la subinspectora se precipitó a la mesa de Carrasco. Su compañero no estaba, pero había dejado anotada en su libreta una dirección y un nombre: Úrsula Ortiz de Camposoto, calle Virgen de la Alegría, 22.

     El pulso de la subinspectora se desbocó. Llamó a Carrasco al busca. Su compañero, subinspector, como ella, estaba en la casa de la víctima y le informó. La mujer que allí vivía, la anciana, Úrsula Ortiz, estaba muerta. Un vecino había hallado su cadáver bien entrada la mañana, pero el forense acababa de dictaminar que el fallecimiento se había producido de madrugada Era extraño, opinó Carrasco, que una mujer mayor, que, además, vivía sola, hubiera salido de su piso a una hora tan intempestiva. Todavía era más raro que nadie la hubiese oído caer desde un tercer piso.

       Carrasco iba a salir hacia el Anatómico Forense. Con un sentimiento de culpa, Martina se dirigió hacia allá. El forense accedió a mostrarle el cadáver, tendido en una camilla quirúrgica, al que un auxiliar estaba despojando de sus ropas. El rostro magullado de Úrsula Ortiz de Camposoto la contempló desde el silencio de la muerte.

       —Está destrozada por dentro —dijo el médico—. La caída desde quince metros le ha roto los huesos. Fíjese en el cráneo.

       —¿Cabe la posibilidad de que la golpearan antes de morir? —apuntó Martina.

      —¿Sugieres que fue víctima de un asalto, para robarle?—interpretó Carrasco—. No lo creo. En su casa no parecía faltar nada. La cama estaba deshecha, como si la mujer se hubiera levantado en mitad de la noche, pero el resto estaba en orden. Si quieres saber mi opinión, creo que fue un accidente —agregó—. El ascensor estaba averiado, lo hemos comprobado. Es un modelo antiguo, sin cierre de seguridad. La mujer se pondría nerviosa al comprobar que no subía, abriría la puerta, se asomaría y… cayó al vacío.

       —¿Disponemos de llaves de su piso?

      Carrasco asintió.

      —¿Puedes dármelas? Quisiera hacer una comprobación.

      —Tienes alguna pista?

      Martina murmuró:

      —Sólo el silencio.

     Eran las siete de la tarde cuando la subinspectora regresaba al número 22 de la calle Virgen de la Alegría. El ascensor seguía detenido en la planta sótano. Se oían las voces de los operarios que procedían a su reparación. A través de la reja se veía el techo del elevador, contra el que había golpeado el cuerpo de Úrsula al caer. Alguien había limpiado los restos de sangre.

     La subinspectora subió las escaleras hasta la tercera planta. Junto al felpudo del piso de la víctima descubrió una horquilla. Estaba descascarillada, pero tenía adheridos un par de cabellos canosos. Pertenecientes, casi seguro, a su difunta propietaria.

     Sin hacer ruido, Martina abrió y cerró la puerta del piso de Úrsula. Las persianas seguían alzadas. La luz exterior daba paso al atardecer.

    Sobre las ocho y media, anocheció. Martina se sentó en una silla, junto a la cama de Úrsula, y pegó el oído a la pared.

    A las nueve, oyó abrirse la puerta del piso B. Unos pasos deambularon por las habitaciones contiguas, o por el pasillo, para detenerse justamente al otro lado del tabique. La subinspectora oyó toser con claridad a Rómulo Ponce, cómo se tumbaba en la cama y de qué descuidado modo dejaba caer los zapatos sobre el suelo de madera.

   A las diez sonó el timbre. Rómulo se levantó para abrir. Se oyó la voz de una mujer. Martina la reconoció: era la misma a la que ella había ofrecido una suscripción de falsos fascículos.

   La mujer entró al dormitorio. Martina no entendió lo que decía Rómulo, porque había pasado a expresarse en susurros. De pronto, los muelles de la cama empezaron a crujir y la mutua pasión de los amantes se exaltó en jadeos y sofocados gritos. Estuvieron haciendo el amor durante casi una hora.

   Cuando todo quedó en silencio, la voz de Rómulo, ronca y sucia por el placer sonó con claridad al otro lado de la pared.

   —Te quiero más que a mi vida, Raquel.

  Martina de Santo salió al rellano y llamó al timbre de la casa B. Esta vez no iba a ofrecer una enciclopedia, o el cañón de una pistola no brillaría en su mano.

Cortesía de la editorial La Esfera Cultural 

© Juan Bolea. Todos los derechos reservados.

Escritor y Director del Festival Aragón Negro

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Redacción

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