La décima lección

La décima lección

LA DÉCIMA LECCIÓN

Por María Jose Moreno

Relato incluido en la Antología «Lecciones de Expertos Asesinos»


Debra pagó con un billete de veinte euros y bajó del taxi. Se colgó el bolso del hombro y, mientras esperaba a que el taxista le diera su maleta, echó un vistazo a su alrededor fascinada. Sentía predilección por los viejos barrios de las capitales europeas con sus estrechas calles, sus edificios clásicos, sus farolas antiguas que alumbraban tenuemente proporcionando cierto ambiente tétrico... Con una sonrisa en los labios, comprobó la hora en su reloj. Las diez en punto de la noche, solo disponía de sesenta minutos antes de la cita. —Es lo que tiene depender siempre de los aviones—, pensó mientras se ajustaba el cinturón de la gabardina reversible que llevaba, dos tallas más grande que la que usaba ella, que impedía que se adivinaran sus formas reales. Tirando de su equipaje entró en el hotel y se acercó a la recepción. Un joven, de sonrisa fácil y hablar circunspecto, le pidió el pasaporte y comenzó a teclear en el ordenador. Debra, oculta tras unas grandes gafas de sol, a pesar de lo inadecuado del momento, lo miraba con insistencia. Su intención era no pasar desapercibida tal como rezaba la primera lección de un asesino experto. Firmó el registro sin quitarse los guantes y cogió la llave que el chico le tendía, la de la habitación que ella había reservado: la 404. Después, con andar decidido se dirigió al ascensor.

En el elevador se quitó las gafas y se contempló en el espejo. Su rostro no evidenciaba cansancio alguno. Con un rápido movimiento se liberó del guante de su mano derecha y con el dedo meñique eliminó un resto de la sombra de los párpados que se había depositado en el lagrimal. Se lo volvió a poner justo antes de llegar a la cuarta planta.

Entró en la habitación sin encender la luz. Se detuvo a observar el edificio de enfrente a través del fino visillo que cubría los cristales de las puertas del balcón. Contó mentalmente las ventanas hasta dar con la que se correspondía con la habitación de Sumiko Makino, su cita de las once. Buscó los prismáticos y enfocó a la ventana. Se cercioró de que el rostro de aquel hombre se correspondía con el de la fotografía que le habían enviado junto a la documentación. Lo vigiló unos minutos desde la impunidad que le aportaba no ser vista. Sumiko, con la luz de la habitación encendida y las cortinas descorridas, paseaba arriba y abajo delante del balcón mientras hablaba por teléfono gesticulando con la mano libre. Debra musitó: «No tiene conciencia alguna del peligro que corre su vida». Sonrió. Esa era la segunda lección que siempre había que tener en cuenta, no asomarte ni pasearte delante de las ventanas, y menos, con la luz encendida, si no quieres convertirte en un blanco fácil.

Del bolsillo exterior de la maleta sacó un plástico que extendió sobre la cama y sobre él puso su equipaje, el bolso y la peluca rubio platino de melena larga que se acababa de quitar y que dejaba al descubierto un corto cabello oscuro como el carbón. Disfrazarte, ocultar tu verdadera identidad era la tercera lección que aprendió en su período de adiestramiento y una de las me más le gustaba. Fingir quien no era, cambiar a voluntad le hacía sentirse grande, poderosa.

Uno a uno, fue sacando los artilugios que necesitaba para ejecutar su plan: una cajita con dos comprimidos de color rosa por si tenía que dormirlo, un conjunto de ropa interior de encaje y seda en color negro, un liguero compañero, unos zapatos nuevos de tacón fino y alto, un látigo y unas esposas.

Se desnudó y colocó su ropa sobre el plástico. Hasta el momento estaba completamente segura de que no había tocado ni se había rozado con nada de la habitación, a excepción de la suela de sus zapatos, de la que se ocuparía al terminar su trabajo. Seguir un perfecto e inamovible ritual era la base de la cuarta lección.

Un escalofrío le recorrió la espalda y sintió como sus pezones se erguían ávidos de contacto. Hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre. Tenía demasiados enemigos... Pasó los dedos enguatados por ellos y se detuvo a contemplar el mandala que tatuaba su pecho izquierdo en la que cada punto representaba a cada una de las personas a las que hasta la fecha había dado muerte. En total, hasta hoy, cincuenta y dos. Cuatro por año, ni una más ni una menos, desde que cumplió los veintidós.

Se puso la ropa interior, sujetó las medias que llevaba con el liguero y sacó de la maleta un vestido rojo, muy ajustado, que dejaba a la vista unas rotundas curvas. A continuación, rebuscó en su bolso hasta que dio con una caja metálica alargada en la que guardaba una jeringa con un centímetro cúbico de un líquido de color azul esmeralda y el «anillo de la muerte». Tal como aprendió en la quinta lección, debería utilizar siempre un arma definitiva con la que se sintiera segura. Por eso escogió un anillo diseñado por ella y hecho ex profeso para inyectar un veneno mortal que no dejaba rastro.

Probó que el resorte, de donde salía una finísima aguja, funcionaba y lo cargó con medio centímetro cúbico del líquido letal. Cuando concluyó, lo colocó sobre su dedo índice por encima del guante. En el bolso guardó el látigo, las esposas y la caja con las pastillas rosas. Cerró la puerta y bajó por las escaleras con la gabardina en el brazo. En la amplia y transitada recepción, nadie reparaba en nadie, lo que la animó a seguir con paso firme hasta la salida.

Al salir, Debra se colocó la gabardina por el revés y se anudó un pañuelo al cuello que le tapaba parte de la cara, nada extraño dado el frío que hacía. Cruzó la calle lateral y entró en el hotel donde se alojaba Sumiko. Faltaban diez minutos para las once. Fue derecha a recepción, le entregó su pasaporte y pidió una habitación. Le explicó a la recepcionista que su equipaje no había llegado en su vuelo y charló amigablemente con ella mientras le hacía el registro a nombre de Janice Morgan. Su propósito era cumplir con la sexta lección, que enseñaba que había que mostrarse como la gente normal que no tiene en mente cometer un asesinato. Y, por supuesto, pagó por adelantado y en efectivo, para cumplir con la séptima instrucción, que indicaba que nunca se debían utilizar tarjetas de crédito. Cogió la llave y se dirigió al ascensor.

Pulsó el botón marcado con un cuatro y respiró hondo. Llegado a ese momento, las mariposas que se alojaban en su estómago borboteaban confundidas. Nunca sabía hasta qué punto lo que sentía era placer o miedo. De cualquier modo, un cóctel que le subía la adrenalina que la excitaba.

Tocó en la puerta y delante de ella apareció su víctima, que la invitó a pasar. Debra le pidió que corriera las gruesas cortinas y él fue diligente a hacerlo. Con eso se aseguraba la intimidad.

—Así está mejor —dijo ella.

—Te has retrasado cinco minutos —le señaló Simiko.

—Lo sé, un imprevisto. Pero no te preocupes que te resarciré —manifestó,  quitándose la gabardina.

—¿Has traído eso?

—Por supuesto —señaló mientras se quitaba el vestido.

—Eso es lo que quería —dijo Sumiko, yendo hacia ella.

Debra lo paró en seco con la mano enguatada.

—No te atrevas a tocarme. ¡Desvístete! —gritó.

Sumiko, obediente, se fue despojando de sus prendas hasta quedarse desnudo. Debra estaba tranquila, todo iba mucho mejor de como lo había planeado. No lo esperaba tan deseoso y entregado. Si seguía con ese entusiasmo no tendría que utilizar el truco de las pastillas en la bebida, por lo que su tiempo en aquella habitación se acortaría.

—Ahora sí. Mira lo que tengo para ti, si eres un niño bueno —dijo Debra, quitándose las braguitas y dejando a la vista su rasurado sexo.

—Lo soy. Soy muy bueno.

—¡Calla! ¡Ponte de rodillas y no me mires! —le ordenó.

Sumiko obedeció sin rechistar y agachó la cabeza.

Debra sacó de su bolso las esposas, le mandó que juntara las manos y se las colocó. Comenzó a pavonearse a su alrededor exhibiendo el látigo ante sus ojos. Se acercaba y le pedía a Sumiko que la lamiera y cuando estaba a punto de rozar su piel con la lengua, ella se alejaba riendo; así pasaron algunos minutos en los que el japonés la miraba de reojo con extremo deseo, pero cumpliendo a la perfección su papel de sumiso en aquel juego que supuestamente lo abocaría a un final feliz.

Debra con disimulo giró su anillo, se colocó tras él y posó sus enguatadas manos sobre el cuello del japonés, lo acarició hasta dar con la carótida y pinchó el líquido mortal. Un leve aguijonazo que ni siquiera fue percibido por el excitado hombre.

Segundos después, Sumiko Makino yacía muerto a sus pies.

Con rapidez guardó el anillo, le quitó las esposas y las guardó, se puso las braguitas y se vistió. No podía demorarse, cuanto antes se fuese, menos peligro corría, pensó recordando la octava lección.

Antes de salir, examinó la escena con ojos expertos para cerciorarse de que todo estaba correcto y dar así por cumplida la novena instrucción. No vio nada fuera de lo normal. Sumiko no la había tocado y el suelo de mármol estaba impoluto. Los zapatos que llevaba no dejarían ningún rastro porque eran nuevos, se los había cambiado justo antes de llamar a la puerta.

Cerró los ojos. Al poco, se imaginó lo que sucedería en aquel mismo lugar a la mañana siguiente: la camarera entraría para hacer la cama y lo hallaría tumbado en el suelo. Se acercaría para ver qué le pasaba, intentaría despertarlo y al comprobar que estaba muerto, gritaría despavorida y saldría de la habitación pidiendo ayuda. En poco tiempo, la habitación se llenaría de gente: los policías, los técnicos, el juez, el forense... Pensarían que se trataba de asesinato y, al encontrarlo desnudo, teorizarían que una puta estaría implicada... La autopsia revelaría que solo había sufrido un infarto de miocardio, durante unos días, algún desocupado inspector seguiría buscando a esa supuesta prostituta...

De pronto, la habitación se iluminó y, unos segundos después, se escuchó un estrepitoso trueno. Debra no pudo contener la furia de su corazón que asustado galopaba sin freno y tuvo que hacer por respirar porque se ahogaba.

En la calma que precedió al siguiente estruendo le pareció escuchar un gemido. Se cercioró de que no procediera de Sumiko. De nuevo, la tormenta rugió tan feroz que temblaron los cristales del viejo balcón. A continuación, escuchó con claridad que alguien pedía auxilio: ¡Debraaaa, Debraaaa, ayúdame!

«No puede ser. Lo que escucho es producto de mi imaginación».

Se tapo los oídos, pero la voz insistía demandando su ayuda. Sacudió la cabeza queriendo ahuyentar aquellas palabras.

—¡¡Noooooo!!

El grito de Debra se confundió con el siguiente trueno. Intentó volver a la realidad, pero las voces seguían reclamando su atención y ella dejó volar su mente, mecida por el viento que arreciaba y por el repiqueteo de las gotas de lluvia, hasta la casa de su madre, el día en que se convirtió en una asesina.

En aquella ocasión, sí era su madre la que pedía auxilio. El hombre enfurecido, con el que se había ido a la cama por un puñado de dólares, la golpeaba sin compasión. Aquel día también se había desatado una terrible tormenta con vientos huracanados. Debra sentía pánico; sobre todo, a los rayos que con frecuencia caían por la zona quemando lo que encontraban a su paso. Desde debajo de la cama, donde se había refugiado, escuchaba los chillidos de su madre, sin ser capaz de abandonar la seguridad de su dormitorio. Se tapó los oídos para no escucharla, pero no sirvió de nada; cada vez vociferaba más fuerte. El miedo la atenazaba, los relámpagos y los truenos se sucedían sin cesar y una fuerza sobrenatural le impedía moverse. Sin saber cómo, recordó las repetitivas palabras de su madre cuando ella le preparaba la inyección de insulina que todos los días se pinchaba: «Solo debes coger la cantidad exacta, la insulina en grandes dosis puede ser mortal». Mortal, matar, mortal, matar, matar..., terminar con aquello. Eso era lo que tenía que hacer. Nunca supo de dónde surgió el impulso que le llevó hasta el armario del cuarto de baño. Cuando se dio cuenta, su rostro pálido y ojeroso se reflejaba en el espejo. Lo abrió, rebuscó hasta dar con la jeringa más grande y la cargó con el líquido transparente. De fondo, seguía oyendo los gritos confundidos con el estruendo de la tormenta. Fue hasta el dormitorio de su madre, abrió con sigilo y, por detrás, sin dudarlo, clavó la aguja en el espalda desnuda de aquel desconocido y apretó el émbolo hasta verter toda la insulina. El hombre se alejó de su madre. Su alterado estado de conciencia no le permitía saber con claridad el alcance de lo que le había sucedido. Manoteó para arrancarse la jeringa y la miró con fijeza antes de comenzar a convulsionar. Cuando cesó la agitación, su madre se incorporó dolorida. Fue hasta él y comprobó que aún respiraba. Estaba en coma, pero ella sabía que si no le administraba glucosa acabaría por morir. Le dijo a Debra que se acostara con ella. La niña se durmió feliz entre sus brazos, contenta de haber ayudado a su madre y vencer su pánico a la tormenta. A la mañana siguiente, la madre llamó a la policía y se inculpó de un crimen que no había cometido. Un año después murió en la cárcel cuando en una reyerta un improvisado estilete le rajó el vientre. Debra fue de una familia de acogida a otra, sin superar aquella culpa, hasta que con veinte años leyó un anuncio en el periódico en el que ofrecían un trabajo seguro, bien remunerado y con un periodo de aprendizaje previo. Sin saber de qué se trataba, pero dispuesta a cambiar su vida, aceptó. En el fondo sabía que tenía alma de asesina, para qué engañarse. Había disfrutado matando a aquel individuo indeseable; ahora, además, cobraría por ello. Dos años de adiestramiento y se convirtió en una experta asesina, desbancando a los clásicos y haciéndose con el mercado mundial.

De nuevo escuchó cómo la lúgubre voz la llamaba: ¡Debraaaa, Debraaaa, Debraaaa, ayúdame!

«No le hagas caso, la mente te está jugando una mala pasada. Ella está muerta, no puede llamarte. No te dejes llevar. Tienes que ser fuerte, luchar contra las alucinaciones», se ordenó, a la vez que su respiración se hacía más caótica y su corazón palpitaba tan rápido que sentía los latidos en sus sienes. «¿Y si no son alucinaciones? ¿Y si de verdad alguien me necesita? Puede que no sea mi madre, parece que proviene de la habitación de al lado. Tengo que comprobarlo».

Tambaleándose por la angustia fue hasta la pared y acercó la oreja. Durante unos interminables segundos esperó sin oír nada. Intentó tranquilizarse. Lo mejor era marcharse. Huir de aquel infierno que la estaba enloqueciendo.

«Cuando pase la tormenta todo volverá a la normalidad. Esto es una mala pasada de mi mente. No puedo dejarme llevar por los recuerdos, es peligroso. Lo que pasó, pasó. Ya no tiene arreglo».

Con la mano en el picaporte de la puerta, a punto de abandonar la habitación, volvió a oír tan claramente que la llamaban, que se volvió hacia el balcón. Estaba segura de que la voz provenía de ahí.

«Ella está tras los cristales, esperando mi ayuda».

El pánico se apoderó de su ser. No era capaz de razonar. Su madre la llamaba, tenía que auxiliarla, no podía abandonarla a su suerte, la necesitaba... Despacio, muy despacio, como poseída por un espectro se acercó. Tras aquellas gruesas cortinas, en medio de la terrible tormenta, su madre la esperaba. Podría volver a abrazarla, decirle cuánto sentía lo que le había ocurrido... Con la mano temblando y el corazón a punto de estallar, descorrió unos centímetros el pesado cortinaje, suficientes para que el francotirador, apostado en el hotel de enfrente, hiciera blanco entre sus ojos.

El asesino recogió con precipitación su arma y la metió en el estuche. Colocó encima la carpeta con la fotografía de Debra y la orden de matarla que acompañaba una serie de peculiaridades que debía tener en cuenta si quería dar caza a esa rigurosa asesina a sueldo. Entre ellas, destacaba: «Enloquece con las tormentas». Cerró el estuche y abandonó la habitación. «La suerte del principiante», pensó, mientras descendía veloz por las escaleras.

El cuerpo de Debra cayó desmadejado por el impacto de la bala que le atravesó el cerebro y le salió por su nuca llegando a alojarse definitivamente en la pared, encima del cabecero. Mientras la moqueta se iba empapando de la sangre, el silencio de la habitación se perturbó con los agonizantes estertores. Su último pensamiento fue para su maestro y su décima lección: no permitas que los problemas de tu pasado te afecten, si lo haces te llevarán a la muerte.

Su maestro nunca se equivocaba.

Cortesía de la editorial La Esfera Cultural

 

© María José Moreno - Todos los derechos reservados.

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Redacción

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