La pesadilla

La pesadilla

LA PESADILLA

 

Cuando desperté supuse que no había despuntado el día, ni un solo detalle a través de las cortinas me lo anunciaba. La oscuridad era total. Pulsé el interruptor y no funcionó, repetí la acción varias veces con idéntico resultado. Opté por incorporarme de la cama y recorrer los pasos que me separaban del mueble donde dejé el reloj de pulsera. Apenas pude ver las manillas. Avancé hacia la puerta, tropecé con cuanto encontré a mi paso. Al llegar junto al interruptor general de la habitación lo tanteé y pulsé repetidas veces. Primero despacio, luego, cada vez más nervioso, ansioso de luz. No obtuve respuesta, la oscuridad se mantuvo.

Decidí volver en busca del teléfono situado en la mesilla de noche, a la derecha. Mis zapatos, tirados en el suelo, me hicieron tropezar con una silla que provocó que cayera sobre el lecho. Una especie de líquido viscoso se pegó a mi cuerpo, expelía un olor extraño y desagradable ¿Estaré soñando? —pensé—. No alcanzaba a comprender, acababa de salir de entre aquellas sábanas que hacía escasos minutos. Estaban secas, tal vez algo sudorosas e impregnadas de olores de Nadia y míos, sin embargo, ahora ninguno de ellos se mantenía.

Me incorporé con esfuerzo y asco. Palpé con ambas manos la almohada, luego el lateral. Así, recorrí todo el perímetro hasta encontrarla de nuevo en el otro extremo. Mis manos se deslizaron sobre la desnuda cama hasta rozar lo que parecía ser un cuerpo, las retiré asustado.

Me mantuve en silencio. No entendía nada. Nervioso, lancé los brazos a cada lado de la habitación. Necesitaba luz. Caminé de nuevo, ahora cubierto del viscoso líquido, hacia el interruptor general. Por fin se rompió la negritud existente hasta ese momento.

Una visión general me dejó ver mi ropa amontonada en el suelo, y en la cama, un cadáver. Cerré los ojos, quería convencerme de estar viviendo una pesadilla. No era así, aquel cuerpo inerte y ensangrentado permanecía allí. Presentaba una herida de bala en la frente y otras dos en ambos extremos del pecho formando un cruel triángulo.

Sin afeitarme y con el cabello húmedo tras haberme duchado, me vestí. Necesitaba salir con urgencia de aquella siniestra habitación. Una vez en la recepción entregué una tarjeta para pagar la factura. Después el recepcionista preguntó.

—¿Le ocurre algo?

—Nada. No me ocurre nada. ¿Por qué lo pregunta?

—Un cliente llamó anoche quejándose de los ruidos que, al parecer, se producían en su habitación.

—He tenido pesadillas, además suelo hablar en sueños. Lo siento.

Tras salir del hotel y recoger el coche, conduje hasta mi casa. Lo primero que hice al llegar, fue ducharme de nuevo y cambiarme la ropa. Debía llevarla a la tintorería para desprenderme no solo de los recuerdos vividos, sino también de los desagradables olores a muerte y sangre.

Abrí el ordenador portátil para comprobar la fecha. Mi sospecha se confirmó, era viernes. Inmediatamente comprendí, llevaba dos días sin aparecer por la oficina y por supuesto por mi casa. No recordaba nada de cuanto pude vivir esos días. Tan solo la llegada al hotel y el momento en que me despedí de Nadia en aquella misma habitación, alquilada como en otras ocasiones, aunque en distintos hoteles, para pasar la noche juntos, antes de algún viaje, que en este caso era a Niza. En esta ocasión no pude acompañarla, mi trabajo en la ciudad requería mi presencia.

Cuanto precede lo relaté en dos ocasiones, una ante el inspector Fisella, más tarde en presencia del comisario.

Horas antes, supongo que, tras sentarme en uno de los sofás, volví a quedarme dormido. El timbre de la puerta me despertó. Me incorporé, restregué mis ojos y con pasos lentos, acudí a la puerta de entrada. Ni siquiera pregunté quien había roto mi sueño, simplemente abrí la puerta. Frente a ella aparecieron dos hombres. Uno de ellos guardó silencio, el otro preguntó:

—Buenas noches. Soy el inspector Fisella de la Brigada de Homicidios ¿Es usted Darío Bustos?

—¿Buenas noches? He debido dormir más de diez horas seguidas. Perdón, sí, soy Darío Bustos. ¿Qué motivo les trae aquí?

—¿Puede mostrarnos algún documento que le identifique?

—Naturalmente. Pero pasen, por favor, no sigamos hablando en el umbral de la puerta.

—Gracias, no tardaremos mucho. ¿Quiere acompañar al señor Bustos? —añadió inmediatamente, dirigiéndose al otro hombre.

—No es preciso.

—Sí lo es. ¡Acompáñele!, yo esperaré.

Apenas tardamos un minuto en regresar. De la cartera saqué el documento de identidad, el carné de conducir y la tarjeta identificativa de mi empresa. Se las mostré.

—¿Y ahora?

—Debe acompañarnos a comisaría, necesitamos que responda a unas preguntas.

—¿Respecto a qué? ¿Voy en calidad de detenido?

—Si lo prefiere.

A la mañana siguiente ingresé en prisión. Tuve oportunidad de llamar por teléfono a Nadia, aunque no respondió. Sí lo hizo uno de los abogados de mi empresa quien prometió asistirme cuando solicité su ayuda.

Al cuarto día recibí la visita de Nadia, debió regresar del viaje antes de lo previsto. La sala donde me llevaron para la entrevista era pequeña, dos mesas y cuatro sillas únicamente.

—Me han dicho que no podemos tocarnos —dijo ella nada más sentarse al otro lado de la mesa.

—Supongo que son así de estrictos.

—¿Por qué lo hiciste?

—¿Qué hice?

—Has matado a un hombre.

—Nadia, debes creerme, no he matado a nadie.

—Te creo.

—Pues no lo parece.

—Según dice la policía, tienen demasiadas evidencias inculpatorias tuyas.

—¿A qué has venido?

—Para ayudarte.

No quise hablar más. Ni siquiera me despedí. Solo me levanté, caminé hasta la puerta y pedí al funcionario que me devolviera a la celda.

La policía no me creyó, tampoco el abogado de la empresa, ni los otros que le siguieron después. No se fijó fecha para la celebración del juicio, así pues, esperé. Necesitaba organizar mi mente, asumir cuanto había sucedido.

Transcurridos seis días desde mi ingreso en prisión, mi cabeza comenzó a ajustarse, la memoria también. La pesadez y semi mareo que mantuve desde que salí del hotel aquel día, parecían haber desaparecido. Recibí la visita de un nuevo abogado.

—No le pasaré minuta alguna. Solo permítame ayudarle —dijo casi con vehemencia.

—¿Qué razones tiene?

—Prefiero no comentárselas por ahora, tal vez más adelante. Sí debo pedirle un favor, no le interesa recibir visitas de su amante Nadia. Tampoco sobre eso puedo añadir razones.

Acepté su petición, de todas formas, había decidido no volver a verla.

Tres días después se fijó la fecha del juicio. Mi provisionalidad allí continuaría. El abogado no cesó de preguntarme una y otra vez detalles de aquella nefasta noche y los días en blanco. No llegaba a comprender la razón. Una y otra vez repetí, tal vez con otras palabras, la misma verdad, la mía, la que viví. Claro que siempre añadiendo algún detalle que en ocasiones anteriores pude haber olvidado. Seguía sin comprender.

—Permanezca tranquilo, saldrá de prisión como hombre libre e inocente—escuché al finalizar cada visita. Yo le respondí.

—Es que soy inocente, no maté a nadie.

—Lo sé, —añadió seguidamente.

Faltaban seis días, cinco horas y algunos minutos para ir al juzgado. Por uno de los altavoces escuché.

—Darío Bustos preséntese en la sala de visitas urgentemente, su abogado reclama su presencia.

Saludos e interrogantes que desvelar por la inquietud. No eran ni fechas ni horarios para recibir visitas.

—¿Quién es usted? —pregunté al comprobar que no era mi abogado.

—Me explicaré. Soy investigador privado, el abogado señor Díez trabaja para mí. Yo pedí que le atendiera.

—¿Debo creerle?

—Debería, me ocupo en ayudarle. Y ahora, por favor, trabajemos. Voy a mostrarle unas fotos, después le haré unas preguntas.

Presentó una serie de fotos mías con Nadia. Algunas, las más recientes, entrando la tarde noche del miércoles anterior al fatídico encuentro, en el hotel. Otras más antiguas mostrando la mayoría de viajes hechos juntos. Más fotos. Ella con otros hombres en situaciones y lugares similares a mis encuentros. Al acabar, llegaron las preguntas.

—¿Quién reservó la habitación del hotel aquel día?

—Yo.

—Por cuanto tiempo.

—Solo para aquella tarde noche. Tal vez hasta la mañana siguiente. Su avión a Niza salía después de las doce de la mañana, yo no pude acompañarla como otras veces, tenía trabajo en la ciudad.

—¿En qué habitación estuvieron?

—En la 212, de la segunda planta. A la derecha del pasillo, con vistas a la plaza.

—¿Pagó la factura? ¿Dónde la tiene?

—Sí, al salir el sábado por la mañana. Seguramente en mi casa. Me la eché a un bolsillo.

—Necesitaré entrar en su domicilio, la recogeré si me dice dónde puede estar, es una prueba importante. ¿Por qué no fueron a su casa para una despedida amorosa?

—De acuerdo, le autorizo a entrar. Desde que se negó la primera vez que se lo propuse al poco de conocernos, no volví a preguntárselo.

—¿Y usted?, ¿visitó la suya?

—Tampoco.

—¿Por alguna razón especial?

—Ninguna. Nuestra relación, aunque constante, no era diaria, ella estaba continuamente viajando por su trabajo, en la mayoría de las ocasiones la acompañaba. También lo hacía ella en los que yo realizaba por motivos del mío.

—¿Visitas a cines, teatros, algún evento cultural, donde los vieran juntos?

—La verdad es que no.

—Bien, ahora mire estas imágenes. ¿Dígame si conoce a quienes aparecen?

Fundamentalmente era instantáneas de hombres, solo dos mujeres entre todos ellos. En los dorsos que vi, aparecían escritos los nombres de los personajes y a continuación el de una ciudad.

—Una última cuestión señor. Bustos ¿Viajó con Nadia a esas ciudades?

—En efecto, pero ¿estas preguntas a qué obedecen?

—Por ahora no puedo responder.

—Dígale a mi abogado que no estoy dispuesto a continuar con este juego, si no me hacen partícipe de cuanto investigan.

—Está bien. Le comentaré algo, pero no debe hablar con nadie de ello.

—De acuerdo.

—Tenemos suficientes pruebas para pensar que Nadia, su amante, es una asesina a sueldo. Aprovecha sus viajes para cumplir contratos y asesinar a ciertas personas. Las últimas fotos que ha visto pertenecen a sus víctimas. Dos banqueros, varios empresarios de la construcción, dos gerentes de medios de comunicación, varios actores y actrices, y algunos otros sin importancia o destacada personalidad mediática.

—Dios mío, así que estuve conviviendo con una asesina.

—En efecto. Seguimos sus pasos desde hace tiempo. Según se desprende, en el último asesinato, el ocurrido en la habitación del hotel, por la dificultad de estar con usted, debió asustarse y marcharse de la ciudad.

—Entonces según su tesis ¿saldré libre?

—Ya se lo dijimos.

—Una pregunta ¿Estuve en peligro?

—No. Pero a partir de ahora, como dejó de ser su amante, no lo sabemos. Aquí, en prisión, está más seguro. Por eso le pedimos que no admitiera visitas de ella.

—Pero estuve dos días sin conocimiento, al menos no recuerdo nada.

—Debió utilizar alguna droga para mantenerle en esa situación de ausencia y olvido para poder trabajar sin problema. Llevaría a su víctima con algún tipo de engaño, lo mató y lo dejó allí para culparle, suele hacerlo en alguna ocasión. El Fiscal tiene en sus manos toda la información que hemos ido recopilando sobre ella. Ahora solo resta presentar un escrito al Juez pidiendo le exoneren del crimen atribuido. En unos días estará libre.

—Es una inmensa alegría. Gracias.

—La próxima vez nos veremos en la calle.

—Gracias de nuevo.

Tuve suerte, antes de lo previsto salí de prisión. Supe, por información directa de mi abogado e investigador, que la policía, pese a emitir una orden de busca y captura de Nadia, aún no la detuvieron. Era hora de retomar mi cotidiana vida y olvidar la pesadilla. Ahora viajaría solo, pese a no agradarme. ¿Acaso me obligaría a buscar una nueva compañera?

La empresa me ha concedido unos días de descanso antes de incorporarme de nuevo a mi puesto de captación de investigadores en I+D+I en Biología Molecular. Estoy deseando viajar de nuevo a todas las universidades europeas. Mientras tanto, he tenido tiempo para ordenar aquello que no pude hacer antes de ingresar en prisión: destruir la factura de la habitación 212, donde estuve y enviársela al abogado, que según dijo no llegó a encontrar. Normalmente las pruebas de mi trabajo suelo meterlas en la caja de seguridad que mandé instalar en el cuarto de baño, a espaldas del armario de las toallas. Allí también mantengo algunas dosis de escopolamina, como la que tomé recientemente en el hotel, y diversas armas, silenciadores y munición de diversos calibres.

Hoy me he incorporado al trabajo. A mi regreso he recibido un aviso en el móvil. Acuso recibo y enciendo el ordenador. Tengo un nuevo encargo. En esta ocasión en Alemania, concretamente cerca de Göttingen.

Creo que antes viajaré a Barcelona, allí vive la madre de Nadia donde ha debido refugiarse. Estoy casi seguro. Después saldré en un vuelo a Hannover y alquilaré un coche hasta Göttingen. El viaje me llevará a su universidad, donde intentaré captar algún miembro del equipo de graduados y doctores en biología molecular. Es mi trabajo.

Leo la prensa en la butaca de pasillo del Airbus A-380. Una noticia apenas destacada de Pamplona señala que el cuerpo de una mujer llamada Nadia Sidorova, apareció con tres disparos de bala, uno en la frente y dos en ambos extremos de pecho, formando un cruel triangulo. La noticia añade que la policía carece de pistas del posible asesino.

A mi regreso de Hannover y ya en la empresa, alguien me ha dicho: ¿Has visto? Han asesinado con tres disparos a un importante investigador de la Universidad de Göttingen. Al parecer estaba a punto de registrar una fórmula sobre un trabajo similar a uno nuestro. También le han robado el expediente completo con detalles de su desarrollo. No habrás sido tú ¿verdad? Acabó la frase con una amplia sonrisa. Le he mirado y respondido: En efecto, he sido yo. Mi respuesta también la he acompañado con una sonrisa, claro que, sarcástica. Mi compañero ha vuelto a sonreír y creo que esta vez con una sospechosa mueca de miedo.

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Redacción

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