La posibilidad de lo imposible.

La posibilidad de lo imposible.

La posibilidad de lo imposible

Este relato opta al I Premio JUAN MADRID 

 

—¡Explíqueme cómo lo imposible puede ser posible!

—He aquí una buena frase —dijo Poirot—. Lo imposible no puede haber sucedido; por tanto,

lo imposible tiene que ser posible, a pesar de las apariencias.

Asesinato en el Orient Express, Agatha Christie

 

 

 

—Con su permiso, comisario, ahí fuera tenemos una emergencia.

—¿Qué pasa, coño?

La irrupción de Martínez en mi despacho me produce uno de esos despertares bruscos que tanto odio. Estaba echando una cabezadita en un sillón destartalado, que parece haber sido recogido en un contenedor. Algún antecesor mío, con buen tino, lo colocó en el rincón menos visible y más oscuro de la habitación. La verdad es que tuvo una gran idea, porque, a pesar de su aspecto, esa antigualla resulta comodísima. Parece que te abraza el cuerpo, incluso que te acuna. Esta noche toca guardia y antes de que empiecen a llegar borrachos, drogadictos, implicados en peleas callejeras, o vaya usted a saber qué, he decidido coger fuerzas entregándome un ratito en los brazos acogedores de Morfeo.

—Perdone usted, no quería molestar, pero es que tenemos lo que se dice una urgencia, porque ha venido una mujer muy alterada. Habla a gritos de espías, terroristas y de no sé qué más. Creemos que le va a dar un soponcio.

—Pues venga, hágala pasar. A ver si sacamos algo en limpio. Y si no, la mandamos a su casa o al psiquiátrico, según se tercie.

—Viene con un perro.

—Al perro quédeselo usted, a mí los animales no me van, ya lo sabe.

Pelo castaño oscuro, corto y revuelto, como si se lo hubiera estado estrujando con desesperación. Ojos grandes, de color marrón, algo saltones e irritados, ¿por el llanto? Más o menos uno sesenta y cinco de estatura. Ni delgada ni gorda. Pantalones de pana negros y sudadera roja. La mujer, de mediana edad, entra abrazada a un pequeño cocker de color dorado. Por mucho que Martínez lo ha intentado, no ha habido manera de que se separe de él. Me contengo y, a pesar de lo poco que me gustan, dejo que esa mujer se siente al otro lado de la mesa con su mascota. A ver si así se tranquiliza y me cuenta qué demonios la ha traído hasta aquí.

—Me llamo Carmen Serrano y soy profesora en la Complutense.

Eso me tranquiliza de momento, pero enseguida pienso que también hay profesores chiflados. Ha empezado a hablar y, como si le hubieran quitado la válvula a una olla exprés, no ha parado hasta dejarme noqueado con su historia.

*

—Queremos un perro, nosotros lo cuidaremos y nos encargaremos de él.

 Tras un largo tira y afloja, al final consentí en comprar el animalito tan deseado por mis hijos. Sin embargo, solo se ocuparon un par de días de cuidarlo. Después, todo se redujo a jugar un rato con Harry —le pusieron ese nombre pensando en Harry Potter— cuando llegan del cole y ya está. A mí me toca atender sus necesidades, porque Juan, mi marido, escurre el bulto, como era de esperar. Ya lo sabía yo.

Sobre las nueve de la noche lo saco a pasear. El caso es que, mientras el perro abona los árboles del barrio de Chamberí, contemplo a menudo una escena que se repite. Veo a una mujer, que me recuerda a Alida Valli en la escena final de El tercer hombre, porque viste, según la moda vintage, un abrigo de lana fina gris, muy amplio, que le llega por debajo de las rodillas, un sombrero de ala ancha flexible del mismo color y unos zapatos negros con cordones y tacón grueso, más bien bajo. En mis clases de Historia del Cine en la facultad de Ciencias de la Información, los alumnos se ríen cuando menciono esa película, saben que es una de mis favoritas y que su escena final me parece una verdadera joya cinematográfica. Pues bien, la mujer que se parece a Alida Valli llama al portero automático del número 54 de la calle Santa Engracia, yo vivo en el 48. Se oye una voz de hombre que pregunta:

—¿Quién es?

Y ella responde con diversas frases cortas, según he creído entender cuando logro escucharla. Unas veces dice:

—Soy yo.

Otras:

—Aquí estoy.

Otras:

—Tengo prisa.

Y cosas por el estilo.

La mujer que se parece a Alida Valli no espera a que la puerta se abra, que no se abre, se da media vuelta y se va. ¿Qué significa ese diálogo tan escueto? Me intrigó mucho desde el principio, porque, a la vista del comportamiento de la señora, no parece que tenga intención de subir a ningún piso. Lo he comentado en casa y a nadie le interesa el tema.

—Algún ex despechado que no quiere verla —opina mi marido—; ella querrá fastidiarlo recodándole su existencia. Una pesada. Déjate de películas, que no estás en clase, y vamos a cenar.

Piensa que soy una fantasiosa, que imagino historias, lo cual es bastante cierto, la verdad, y sigue mirando la tele sin hacerme el menor caso. Pero yo, mientras preparo la comida, me pongo a fabular: ¿Quién será esa mujer? ¿Dónde vive? ¿A qué se dedica?

*

A lo mejor se llama Ana. Debe de andar cerca de los cincuenta, pero sigue siendo hermosa, a pesar de que su rostro muestra una expresión dura, incluso hostil. Alguna cana se ha abierto ya camino en su media melena rubia. Ojos azules, color de mar. Estatura media, ni gorda ni flaca, en su punto, aunque suele vestir ropa amplia, como si no le interesara mostrar la belleza de su cuerpo.

No se podría decir que vive en un ático, tal y como se entiende el término hoy día: una vivienda, en muchos casos de lujo, situada en el último piso de un edificio con una amplísima terraza. No. Supongamos que su hogar es una especie de caseta construida sobre la azotea de un inmueble en la calle Guzmán el Bueno. Una misma habitación, amplia, eso sí, sirve de sala, dormitorio e incluso de cocina. Ni que decir tiene que en invierno no existe mucha diferencia entre la temperatura del habitáculo con la del frigorífico y en verano se puede disfrutar de una sauna gratuita. Sin embargo, hay que considerar el hecho de que el precio del alquiler se queda en poco más de un tercio de lo que se paga por los estudios convencionales situados en los alrededores.

Digamos que Ana se levanta a las seis de la mañana. Andando a buen paso —un ejercicio diario que le vale sobre todo para pensar en Hasan; en lo que pudo ser y no fue—, se dirige a la Complutense; en concreto, al bar de la facultad de Filología. Tiene que estar allí a las siete para, junto con dos compañeros, recibir a los proveedores, encender la plancha, colocar sobre la barra tazas con platos, cucharas y azucarillos, y demás tareas necesarias para poder servir los desayunos a partir de las ocho.

Nadie parece conocer su nombre. Todos la llaman Rubia.

            —Hola, Rubia, ¿me pones lo de siempre, guapísima? —le pide, por ejemplo, un catedrático de latín, que forma parte de los profesores que a diario le tiran los tejos.

            Pero Ana no se inmuta ante los piropos. Ella cumple con su trabajo sin que se le escape una sonrisa. Puede que, hace ya bastantes años, velara su rostro con un invisible tul de indiferencia, o más bien de odio. Le arrancaron su alegría cuando le arrebataron a Hasan.

            Quizás, detrás de la barra, permanece atenta para recibir el mensaje que le transmitirá Abdel, un estudiante iraquí. Él ha venido a España para obtener el título de doctor. Los doctorados de la Complutense gozan de prestigio en bastantes países musulmanes. Sin embargo, puede que, en su caso, los estudios sean tan solo un pretexto, porque milita en la yihad. Abdel se acercará a la barra, pedirá un té verde y le susurrará a Ana:

—Vuelvo mañana.

La mujer sabrá que, por la noche, deberá acudir a la calle Santa Engracia para repetirle esas mismas palabras a un portero automático. Como siempre, no tendrá ni idea del significado del mensaje, ni sacará provecho material de su «espionaje», ya que solo la empuja el deseo de venganza.

            Supongamos que Hasan era un estudiante palestino, simpático, alegre, hablador.

            —¿Cómo te llamas? Seguro que Rubia no es tu nombre —se lo preguntó nada más conocerla, mientras la miraba embobado.

            Entonces ella, que todavía se sentía joven y reía, soltó una carcajada. Es posible que pronto se hicieran amigos. El chico empezó a esperarla; se quedaba estudiando en la biblioteca hasta que cerraban el bar a las ocho de la tarde. Abandonaban juntos la facultad. Como Hasan vivía en un piso compartido, siempre acababan en el «ático» de Ana. Se entregaron de tal modo el uno al otro que ni sus cuerpos ni sus almas se guardaron secretos sin revelar. Gozaban de una unión que se podría calificar de perfecta. Y eso el destino no lo consiente.

            Bien entrada la noche, Hasan se dirigía al piso que compartía con dos estudiantes marroquíes en la cercana calle de Andrés Mellado. Le chocaba que siempre estuvieran juntos, que hablaran en murmullos cuando él llegaba y se encerraran en una de las habitaciones. Puede que pensara que eran gais, pero le daba igual. Él no era religioso. Que cada uno viviera como quisiera. Estaba equivocado.

            Es posible que entonces ocurriera algo así, que un restaurante muy concurrido del barrio de Salamanca volara por los aires. Uno de los compañeros de piso de Hasan se habría inmolado y el otro desapareció del mapa. La policía irrumpió en el piso de Andrés Mellado y se llevaron a Hasan. Por más que gritó su inocencia, no lo escucharon. Un buen día apareció ahorcado en su celda. ¿Suicidio? Ana no lo creyó. Pensó que lo habían matado, lo mismo que, hacía ya unos cuantos años, en 1977, se sospechó que la muerte en prisión de los fundadores de la Baader-Meinhof alemana, había sido en realidad un asesinato policial.

El recuerdo de Hasan fue seguramente la causa de que Ana se acercara a los estudiantes musulmanes; o quizás Abdel se aprovechó de la situación para conseguir un cómplice del que la policía no recelara. El caso es que ella se convirtió en su correo y transmitía mensajes en clave al misterioso inquilino del piso del barrio de Chamberí, a quien, supongamos, nunca llegará a conocer.

            Imaginemos que después de pasar el día en el bar, y de ejercer de recadera cuando hay que hacerlo, vuelve a su casa, se fuma un porro, que algún compañero de trabajo le ha proporcionado, y cae rendida en la cama deseando no despertar al día siguiente, aunque se obligará a hacerlo para poder cumplir su venganza.

*

            Esta noche ha vuelto a aparecer la mujer que se parece a Alida Valli con su abrigo largo, su sombrero de ala ancha y sus zapatos de tacón bajo. Imposible apartar de mi mente la imagen final de El tercer hombre, cuando ella recorre el largo camino bordeado de árboles a la salida del cementerio. En primer plano, Joseph Cotten aguardando y observándola avanzar desde la lejanía, pero, cuando ella lo alcanza, pasa a su lado sin mirarlo siquiera. Todo esto acompañado por el sonido de una melodía inolvidable.

Ha llamado, como otras veces, al portero automático del número 54. Me he acercado simulando que a Harry se le ha antojado vaciar la vejiga precisamente junto al árbol que crece frente a esa casa. La voz de hombre habitual ha preguntado que quién era. Ella ha respondido con la frase:

—Ya no volveré más.

Después se ha dado la vuelta y ha reparado en mí. Me ha observado con una mirada triste, lenta. ¿Pensará que mi presencia quizás no sea casual? ¿Creerá que trabajo para la policía? Sus ojos me han provocado escalofríos. Cada vez le encuentro más semejanzas con Anna, el enigmático personaje femenino, ideado por Graham Green.

En realidad, sé que nada tiene que ver esa antigua película en blanco y negro con mi fabulación acerca de terroristas islámicos. Entiendo que ha sido el gran parecido físico de la mujer con la actriz italiana lo que ha unido ambas tramas en mi mente. Tiro de la correa de Harry, que se ha arrimado al árbol. En estos momentos, su nombre no me evoca a Harry Potter, sino que me hace pensar en el cínico Harry Lime dando vueltas en la noria del Prater de Viena. Luego sacaré al perro a la terraza, por si aún no ha acabado de hacer sus cosas, pero ahora me urge marcharme de aquí.

Tengo el presentimiento de que la ficción que he ideado acerca de la vida de la mujer que se parece a Alida Valli se está convirtiendo en realidad. Sé que eso no es posible, que mis fantasías me están jugando una mala pasada. Sin embargo, así lo percibo. Con las prisas, se me caen las llaves al intentar abrir el portal. Me tiemblan las manos. Me agacho para recogerlas y noto unos ojos fríos que, como una serpiente, reptan por mi espalda. Los siento como una amenaza y oigo una voz rasposa que me dice: «Ojo con lo que haces, cuidado con tu familia».

*

—He tenido miedo, muchísimo miedo, y, sobre todo, he deseado cobijarme en la seguridad de mi casa. Pero, por más que lo he intentado, no he podido abrir el portal. Supongo que porque me temblaban las manos. Espero que haya sido solo por eso. Entonces he sentido la apremiante necesidad de correr hasta la comisaría más próxima. Y aquí estoy.

Se pone a llorar y hunde la cabeza en el cuerpo peludo de Harry.

Creo que, por lo que sea, a esta mujer se le ha ido la olla. Procuro tranquilizarla, mientras pienso a qué hospital mandarla. Necesita a un médico más que a un policía. Por supuesto, habrá que comprobar primero si, al menos, la familia de la que habla existe. En ese caso, que se encargue de ella el marido y la lleve adonde le parezca oportuno. Profesores o no, cada vez hay más chiflados sueltos por el mundo.

De pronto, irrumpe Martínez con la cara descompuesta y el móvil en la mano. Me señala la pantalla.

—Ha habido una explosión, no se sabe si de gas o de qué. Mire, han interrumpido la programación para dar el parte.

—¡Qué me dice!, ¿dónde?

El agente sube el volumen. Una locutora informa de que, en la calle Guzmán el Bueno de Madrid, se ha producido una gran explosión. Por lo visto ha sido en un ático donde vivía una mujer, una tal Ana Ruiz.  Después pasa la conexión a una reportera que se encuentra en el lugar de los hechos: «Según nos han informado los bomberos, que, alertados por los vecinos, han sido los primeros en acudir al inmueble, en la vivienda había por lo menos dos personas, una mujer y un hombre. Todavía se desconoce la causa del siniestro, pero no se descarta nada, ni siquiera que se haya producido por manipulación de explosivos. El fuego se ha extendido a otros pisos. Se desconoce también si hay más muertos, aparte de los dos hallados en el ático. Sí que debe de haber bastantes heridos, ya que son varias las ambulancias que, como vemos, se hacen cargo de ellos. Parece que los están llevando al Hospital Clínico».

En la pequeña pantalla del móvil, vemos destellos de luces y escuchamos el sonido de las sirenas. La señora que tengo delante, Carmen, según nos ha dicho que se llama, me mira con sus ojos saltones. Parece que, literalmente, se le van a salir de las órbitas. Supongo que a los míos les pasa tres cuartos de lo mismo. Se pone de pie, y empieza a decir:

—Seguro que ella quería dejarlo y…

Pero antes de acabar la frase, se desmaya y cae redonda al suelo. Martínez acude en su auxilio. Yo me quedo paralizado. El perrito se suelta y salta para refugiarse en mis brazos. Estoy tan conmocionado que, sin darme cuenta, a pesar del rechazo que me produce, lo abrazo y hundo la cara en su pelo. Cuando me repongo del bloqueo momentáneo, suelto al chucho y veo que Martínez ha logrado arrastrar a Carmen y acomodarla en el sofá del rincón. Harry vuelve con su dueña y, a base de lamerle la cara, logra que abra los ojos y que se espabile. Yo cojo el teléfono y pido que me pongan con la unidad antiterrorista. Me identifico y —aunque no acabo de creerme lo que estoy diciendo— informo de que, debido a un soplo que acabo de recibir, es posible que la explosión esté relacionada con alguien que vive en la calle Santa Engracia, número 54; que se pongan en marcha a la menor brevedad. Supongo que mañana me interrogarán a fondo, pero hoy no puedo hacer nada más. Lo que concierne a un operativo de este tipo es cosa de ellos.

Me restriego los ojos con la esperanza de que todo haya sido un sueño, producto de una cabezada en una noche de guardia tranquila, pero cuando los abro, me encuentro con la mirada aterrada de Carmen y, para colmo, en el móvil de Martínez suena una cítara que reproduce la melodía de Antón Karas.

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Redacción

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