Las chicas de Javi

Las chicas de Javi

LAS CHICAS DE JAVI


 PRÓLOGO

Valencia, año 2000.

Javi Garrido miraba sin compasión a su víctima. La tenía atada de pies y manos en una vieja y endeble silla de plástico, el típico asiento barato de una terraza de bar.  Pese a su juventud, dieciséis años, albergaba en su interior toda la ira del mundo. Ese gañán al que había secuestrado esa misma tarde era el culpable de su rabia. Le pegó numerosos golpes con una barra de hierro en la cabeza y desfigurado parte del rostro. Lo conocía. No era otro que el malnacido de Pepe Pacheco, un mal bicho famoso en la ciudad por regentar y explotar a las mujeres que trabajaban en el prostíbulo llamado El Sombrerito, ubicado en las afueras de Valencia. El muchacho, que había mantenido multitud de conversaciones con el proxeneta, tenía claro cuál iba a ser su final, pero todavía no había decidido cómo hacerlo. Y lejos de atormentarlo, le provocaba cierto placer; solo quería que sufriera hasta el último segundo, porque había hecho daño a sus chicas y debía pagar por ello.

  —Veo que disfrutas —dijo Pepe con un gesto indefinible debido a la hinchazón de su rostro.

  Javi cogió una silla y se sentó frente a él. Prendió un canuto de marihuana y dio una larga calada. Después exhaló todo el humo sobre la cara de su víctima.

  —Eso te matará, chaval —volvió a decir.

  —Solo tengo clara una cosa —añadió Javi.

  —¿El qué?

  —Moriré, pero tú lo harás antes. —El chico miró su reloj. Marcaban las nueve y media de la noche—. Y no tardarás en ver tu puta vida en imágenes antes de morir.

  A Pepe le pareció una respuesta graciosa y, aunque sabía que se lo decía en serio, no pudo sino hartarse de reír. Cuando se cansó, continuó con el diálogo.

  —Tienes huevos, chaval.

  —Los que a ti siempre te han faltado, fill de puta.

  —No entiendo a qué coño viene todo esto, mocoso. ¿Lo dices por esas zorras que te criaron? Ten en cuenta esto, maldito crío, ¡solo son putas!

  Se levantó agitado, le propinó una brutal patada en el pecho que logró tirarlo al suelo. Mientras el secuestrado se ahogaba, el joven lo reincorporó. No iba a permitir que la palmara así. Tras comprobar que recuperaba el aliento, le dio un par de cachetes que sonaron entre las paredes del almacén.

  —Así me gusta. Aún no te ha llegado la hora.

  Cogió una soga y, ante la mirada del malherido, la manipuló hasta hacer un nudo corredizo.

  —¿Me vas a regalar una corbata? —preguntó divertido.

  Javi lo miró en silencio; sonrió. Cuando se aseguró de haber logrado un buen lazo capaz de soportar el grueso pescuezo de la víctima, le enseñó la atadura al tipejo intentando encontrar en su rostro una pizca de temor. Lo que no detectó fue ni un solo atisbo de arrepentimiento.

  —Creo que no sabes quién soy, chaval —amenazó.

  —¿Acaso no te has preguntado por qué estamos aquí? Igual sí lo sé.

Pepe Pacheco sintió pánico por primera vez. No porque fuera consciente de que su vida peligraba, sino por mero pudor. Su secreto, su gran secreto, quizá había sido descubierto.

  El joven lanzó la cuerda sobre la enorme viga de madera que cruzaba el techo de la sala. Después acicaló la misma sobre la papada de su presa.

  —Sí, te queda bien —sonrió—. Antes de que este juego termine, te irás de este mundo sabiendo tres cosas.

  Pacheco tragó saliva.

  —La primera, que siempre hiciste un daño irreparable a mis chicas. Ni Julia ni Roberta merecieron cada uno de tus golpes ni desprecios.

  El chulo notó la boca seca. No recordaba cuándo fue la última vez que el miedo le encogió el estómago.

  —La segunda razón tiene que ver con Joana. ¿Crees que no sé lo que hiciste con ella? Puedo asegurarte que es este asunto el que me ha llevado a planear todo esto.

  Hizo una pausa. Se puso de cuclillas para asegurarse de que pudiera escucharle con claridad.

  —Y la tercera razón… mamá. Tres motivos con demasiadas víctimas de por medio.

  Pacheco sintió recorrer el sudor por sus sienes ensangrentadas. Volvió a tragar saliva, y notando que su vida estaba a punto de llegar a su fin, murmuró algo que no era habitual en él.

  —Lo siento.

  Su disculpa ya no servía de nada. El muy despreciable había derramado demasiadas lágrimas y sangre. Ahora le tocaba cumplir penitencia.

 

JOANA

 

La brasileña Joana Da Silva era la prostituta más demandada de El Sombrerito. Sus veintiséis años y su piel tostada, de color café con leche, la convirtieron en la carne predilecta de los puteros que acudían con asiduidad al prostíbulo. Llevaba trabajando alrededor de una década para el deleznable y alcohólico Pepe Pacheco. Cuando la chica llegó a Valencia todavía era menor de edad y, aunque en realidad él no sabía a ciencia cierta este dato; de haberlo sabido tampoco le habría importado, se gastó en ella casi un millón de pesetas: novecientas cincuenta mil para el tipejo que se la vendió y el resto en ropa de talla minúscula para que la jovencita pudiera mostrar su prieto culo.

  No tardó en convertirse en la predilecta del chuloputas. Los mejores caprichos siempre eran para Joana; desde que murió Mercedes, una de las furcias por la que él sentía inusitada devoción, la brasileña pasó a ser su favorita. Sus únicas compañeras, Julia y Roberta; mayores que ella, lejos de profesar algún tipo de celo o envidia por la recién llegada, la arroparon con toda la dulzura que pudieron profesarle; porque esa niña, a la que también le habían extirpado a su familia de forma dramática y precoz, se había topado con la cruda realidad de sentirse como un pedazo de suculenta carnaza para un sinfín de depredadores. Incluso el propio chulo, con su deleznable costumbre ante la llegada de una nueva, la violó de forma muy despreciable. Lo hizo por el culo, sin compasión, para que ese dolor se convirtiera en miedo: «Recuerda esto. Cada noche que tu coño no sea follado por al menos diez personas, mi cipote se follará tu culo». Ese era su gran temor, por eso, con el tiempo y aconsejada por las compañeras, aprendió a engatusar a cuantos clientes entraban en el local.

  Las prostitutas que ejercen de manera forzada nunca llegan a olvidarse de quiénes son, de sus raíces; simplemente aprenden a vivir con miedo, con el anhelo de llegar a ver cumplido su único sueño: escapar, dejar a un lado el pasado para poder respirar en paz. Joana encontró en Julia y en Roberta a esa nueva familia que se preocupaba de ella cada vez que la invadía la depresión tras jornadas de verdadero infierno, en las que amanecía impregnada de un sudor que no era el suyo; de ser forzada a probar labios y comer pollas malolientes. Justo empezó a odiar toda la bollería rellena de crema cuando, cierta noche, un putero compatriota suyo, sin ningún tipo de compasión, la hizo atragantarse con toda la simiente.

  Y así, cliente a cliente, con insufrible lentitud y noches en bucle, pasaron los años en plena agonía. Tan solo le ilusionaba ver crecer a Javi, el niño huérfano que dejó Mercedes tras morir por culpa de una horrible pulmonía. Nunca llegó a conocerla, pero allí, en El Sombrerito todo el mundo le había hablado muy bien de ella. Sin ningún familiar directo que quisiera encargarse del mocoso, quedó a cargo de Roberta y Julia. Siempre con el consentimiento de Pacheco, con la única condición de que lo criaran alejado del puticlub. Y así fue; a partir de los cuatro años, el niño creció en un piso céntrico de la ciudad cuyo alquiler pagaba el proxeneta para que el pequeño estuviera alejado de su negocio. En el fondo, parecía que ese cretino sentía cierta compasión por él.

  El roce trajo consigo el cariño, y la brasileña no tardó en convertirse en alguien muy especial para Javi. Lejos de llegar a verla como a una hermana, o tal vez una prima lejana, el joven, sumido en la adolescencia, sintió una gran atracción hacia ella. Los diez años que los separaban no parecía ser un gran inconveniente para él. Cuando se topaba con Joana, notaba cómo el amor crecía desde su estómago hacia el pecho. La amaba, y ese sentimiento era muy diferente al que profesaba por Julia y Roberta; a ellas sí las sentía como unas madres de verdad. En cambio, la carioca se había alojado en su cabeza: su belleza, su sonrisa, su gracioso acento cuando intentaba hablarle en valenciano, sus manos que le acariciaban siempre que se sentía roto, que no eran pocas veces. Para ella, que lo había visto crecer desde los cuatro años, no era más que un amor fraternal. Y aunque en más de una ocasión le hubiera gustado escurrirse por el enorme cuerpo y grandes brazos del joven, se apeaba de ese ensueño sabiendo que, de hacerlo, generaría problemas para ambos. Los contras superaban a los pros. Y a pesar de todas esas cábalas, era consciente de que el gran punto negativo, el que multiplicaba cada uno de esos inconvenientes, era su oficio; le hacía sentirse más furcia que nunca por el impúdico hecho de pensar que pudiera enamorar a un jovencito que ya conocía sus noches de trabajo

  Javi tuvo que madurar a pasos agigantados. Con once años ya sabía más de la vida que un chico en edad adulta. No tardó en descubrir a qué se dedicaban sus madres, Julia y Roberta. Aprendió que, si se vestía, alimentaba e iba al instituto todos los días, era por el esfuerzo de ellas, nunca mejor dicho. Por tener que soportar a hediondos, mientras las follaban jornada tras jornada, para destinar una parte del dinero que recibían a ese niño de pelo negro y mirada penetrante; nunca se quejaron de criarlo. Poco más tarde supo que Joana, su amada Joana, también era víctima de ese atroz oficio en el bar de su tío Pepe. El muy cabrón, en su niñez, le dijo que era familiar suyo. Por ese motivo le daba una paga de mil pesetas cada vez que llegaba el día de los Reyes Magos. En cierta ocasión, cuando el huérfano ya empezaba a hacer preguntas sobre su pasado, el canalla de Pacheco le llegó a contar que su madre, la guapa Mercedes, trabajó sirviendo copas en el bar que él mismo regentaba junto a una carretera muy transitada. Javi, tras enterarse de la realidad, rememoró esa milonga; la remarcó en fluorescente en su cabeza, con la única intención de vengarse.

La noche del miércoles estaba siendo muy floja, pocos clientes en El Sombrerito para engordar la caja de Pepe Pacheco. La crisis económica del país no ayudaba, casi nadie se acercaba entre semana para dejar parte del sueldo en el pequeño garito de fachada blanca que había junto a la carretera. Ni siquiera el letrero luminoso, que el dueño había encargado instalar para llamar la atención de los conductores, fue una solución. A lo sumo media docena de clientes en toda la velada, que preferían pagar más caras las copas por el único hecho de ver las sugerentes curvas de las prostitutas mientras desfilaban de un lado a otro del local.

  Joana permanecía encerrada en su habitación. Esa tarde-noche ni siquiera había bajado para hablar con sus compañeras. Se encontraba tirada en la cama, ensimismada con sus pensamientos, mientras lloraba encogida, con la almohada abrazada a su pecho. El sonido de los pasos apresurados de Pacheco interrumpió el llanto de la brasileña. De una fuerte patada, el orondo hombre abrió la puerta.

  ­­­—¿Qué coño estás haciendo?

  Enfurecido, intentó levantarla de la cama, pero no se dejó, forcejeó. El canalla, sin mediar palabra, la abofeteó.

  ­—Lo siento, Pepe… lo siento.

  Cuando la chica se disculpó, él se detuvo. La encontró apesadumbrada, y por eso pensó que la había forzado demasiado, que quizá había llegado a su límite. Y se temió lo peor.

  ­—¿Se puede saber qué te ocurre?

  No era misericordia lo que sentía por ella, sino simplemente quería averiguar qué podía hacer para que no se viniera abajo y poder, así, seguir explotándola.

  ­Ella contuvo el llanto. Después miró a Pacheco y le dijo.

  ­—Tiene que saberlo todo, no puedo ocultárselo.

  ­—¿Quién? ­—preguntó con cierto temor.

  Ella dudó en responder. Pensó en no hacerlo, pero había prendido la mecha y Pepe no pararía hasta saber de qué estaba hablando. Así que, cansada de todo, se lo dijo sin tapujos.

  ­—Javi… Javi debe saber tu secreto.

  ­—¿Estás loca? ¿Cómo te has enterado, puta?

  ­­—Tengo que contárselo, Pepe. Debe saberlo.

  Sin decir nada más, cerró los ojos y empezó a llorar. Cuando Joana los abrió, se encontró a Pacheco estrangulándola.

  —¡Maldita zorra!

  Presionó la garganta con tal fuerza que ambos escucharon un horrible crujido; le partió la tráquea. Segundos después, la brasileña caía desplomada y sin vida sobre la cama.

  Cuando Pepe Pacheco recobró la poca cordura que habitaba en él, se dio cuenta de la tragedia que había cometido al acabar con su vida. Lejos de sentirse apenado por la pérdida, sentía mucha rabia por lo que Joana le pudiera haber revelado a Javi. La miró por última vez y, con excesivo desprecio, escupió al cadáver. Envolvió el cuerpo en las sábanas y lo ocultó bajo el catre para que nadie lo encontrase, a la espera de que todo el mundo se marchara a casa.

 

JULIA Y ROBERTA

 

Julia era una hermosa burgalesa que halló en El Sombrerito al amor de su vida, Roberta, una uruguaya que huyó de su país por culpa de una horrible tragedia familiar. Cuando llegó a España, sin papeles, solo pudo encontrar trabajo en un burdel de Valencia. Al tiempo de estar allí conoció a Pepe Pacheco, quien quedó prendado por su labia, sobre todo, por sus grandes ideas para los negocios. Confió en él, pero el proxeneta, haciendo gala de su inagotable falta de escrúpulos, solo se apropiaba de sus ideas para generar más ganancias, aprovechándose de la extranjera de cuerpo redondo y ojos claros. Físicamente no era la mejor de sus chicas, pero sus consejos siempre le valían para sacarlo de apuros. Si el chulo sentía algo cercano al respeto por alguna de sus prostitutas, esa era Roberta. Y aunque la uruguaya llegó hasta el garito de Valencia por mutuo acuerdo con él, su querida, la rubita de Burgos de aspecto modélico, no lo hizo así. Arribó un tanto decepcionada por la vida, con alguna que otra promesa sin cumplir pero que, con los años y con el amor que le profesaba su novia, aprendió a soportar a los hombres sedientos de sexo que le pedían que abriera las piernas, sin mayor intención que echar un polvo bien pagado; solía ser la más cotizada del garito hasta que llegó Joana. Además, si ella y su amor no habían intentado dejar esa mierda de existencia fue por dos motivos: el primero, Javi. Cuando la madre del niño murió, ambas le prometieron que se harían cargo de él. Y la segunda, el miedo que tenían a Pacheco. Las dos sabían que el tío era capaz de hacer cualquier cosa para que ese «contrato» que las mantenía unidas a él no se resolviera de forma unilateral. A la uruguaya no solía pegarle; solo alguna que otra bofetada para recordarle quién mandaba allí. En cambio, a Julia, aparte de haberle propinado diversas palizas que la dejaron postrada varios días, la despreciaba a menudo con frases del tipo «Zorra come morcillas», o cualquier otra desagradable ocurrencia que tuviera que ver con su procedencia.

  Ellas creían que Pepe Pacheco desconocía la relación homosexual que mantenían. Fueron muy cautas al respecto. Si de vez en cuando se habían acariciado en público, se trataron tan solo de mimos mutuos para no decaer en las angustiosas e interminables jornadas del burdel. Pero estaban equivocadas. El proxeneta conocía el estado amoroso que las unía y, aunque no le importaba, siempre y cuando le procuraran sus beneficios, se tocó sus partes más nobles en multitud de ocasiones al escucharlas gemir en el baño del piso en el que vivían, ubicado muy próximo al Palacio del Marqués de Dos Aguas. No llegaba a entender cómo a la modélica Julia le gustaba hendir su bonita boca en lo más profundo de la oronda Roberta; le excitaba pensarlo y se pajeaba como un orangután. Nunca reveló que conocía el secreto más íntimo de ambas mujeres.

Era lunes a mediodía cuando Javi entró por la puerta del piso. Encontró a Julia llorando a pleno pulmón. Su pareja intentaba consolarla: arrumacos, caricias en el pelo y besos en la cabeza. El joven, intrigado, se acercó a ellas. Besó a las dos en las mejillas y después preguntó.

  —¿Qué ocurre?

  Julia no pudo responder, sus llantos incesantes la mantenían dispersa en su propia agonía.

  —Pero ¿queréis decirme qué cojones ocurre?

  Roberta miró al muchacho muy molesta, no le gustaba nada que se expresara de tal manera.

  —¡No seas mal hablado! —le reprochó la uruguaya, a la vez que le dio una ligera colleja. El chico, lejos de enfadarse, sonrió; le encantaba fastidiarla.

  —Se trata de Joana —le sacó de dudas.

  —¿Qué pasa con ella? —preguntó visiblemente agitado. Todo lo que tuviera que ver con sus chicas le incumbía demasiado. Si la cosa tenía que ver con Joana, mucho más.

  —¡No sabemos nada de ella desde el viernes! ¡No es normal, Javi! ¡Ha tenido que pasarle algo! —en esa ocasión respondió Julia, que lloraba a moco tendido.

  El chico se quedó un minuto en silencio. Después intentó razonar una respuesta.

  —¿Cuándo fue la última vez que la visteis? —interrogó

  —El viernes, en el bar —Roberta le sacó de dudas. Aunque el muchacho conocía a qué se dedicaban sus madres, en casa siempre hablaban del bar como en el lugar donde trabajaban; eso facilitaba las cosas—. La vimos entrar, pero nunca salir.

  —Entonces —caviló él.

  —¡Ha sido Pacheco! —Admitió Julia sin cesar en sus lloros— ¡Ese cerdo se la tenía jurada a la pobre!

  —¿Por qué dices eso? —preguntó una vez más.

  Roberta se apresuró a calmarla. Le ofreció un vaso de agua y, después, ella misma se encargó de sacarlo de dudas.

  —A Pepe tampoco lo hemos visto desde el viernes ¿No es extraño?

  El chaval se echó la mano al mentón.

  —Demasiado, la verdad —dijo él con gesto serio—. ¡Ese malnacido!

  Se acercó a Julia e intentó tranquilizarla. Después, besó de nuevo sus mejillas. Hizo lo mismo con Roberta; era el alma positiva de la casa que siempre consolaba al resto. A continuación, dirigiéndose a la entrada, dijo algo que puso los pelos de punta a las mujeres.

  —¡Tranquilas! ¡La encontraré! Esta mierda debe acabar de una puta vez.

  Salió con paso decidido y cerró la puerta de manera brusca.

 

 

MERCEDES

 

Valencia, año 1988.

Mercedes Garrido estaba postrada en una cama del hospital. Los médicos no sabían qué tipo de infección corría por su interior; habían realizado todo tipo de pruebas para conseguir un diagnóstico certero, pero no daban con la medicación adecuada con la que tratar la enfermedad que se había alojado en su pulmón. Y, al final, empezaron a temerse lo peor. Tampoco es que las dos cajetillas de tabaco rubio que fumaba a diario le hubieran ayudado demasiado, pero era el único vicio que tenía para despertar de ese mal sueño que vivía noche tras noche entre las paredes de El Sombrerito. Siempre fue una soñadora que cayó en las manos de su primer amor, posiblemente la persona más ruin de todo Benimaclet: Pepe Pacheco.

  Se conocieron a una edad muy temprana, entre copas del whisky más barato que se podía encontrar en las estanterías de cualquier supermercado, mientras en pleno descampado del parking de la Playa de la Malvarrosa, ellos y sus amigos bailaban y palmoteaban al ritmo de Dame veneno. Pero ella, la joven delgadita, morena y de ojos oscuros penetrantes, por culpa de la pasión, todavía no se había percatado de que su pareja era la misma toxina a la que hacía referencia esa canción.

  Si alguna virtud tuvo Pepe en su juventud, esa fue el arte de saber seducir a las niñas como Mercedes. Lucía un bonito físico, sonrisa cautivadora, un flamante Seat 127 y, sobre todo, ese carácter de joven malo que sale impune en situaciones difíciles; en Valencia era conocido y respetado. Lo que desconocía la chica es que, tras su aparente atractivo, habitaba un ser de mala calaña que traficaba con marihuana y había empezado a chulear a varias mujeres del Cabañal y Nazaret. Y al final, como todo buen drama, ella se percató demasiado tarde de la realidad, justo cuando logró apartarla de su familia y se la llevó a vivir con él. Un par de años después, ella descubrió al verdadero Pacheco, entre bofetadas y violaciones. Y pese a todo, el amor ciego que sentía por él y el temor a la muerte; no dudaba que sería capaz de asesinarla, la mantuvo a su lado, entre la amargura de ser explotada sexualmente en el puticlub, (él llamaba así a su local, con mucha sorna) en el que había invertido una gran suma de dinero. Si hubiera sido solo eso, Mercedes quizá habría superado la situación con coraje con el mismo empuje que la había llevado a sobrevivir, pero cuando quedó embarazada se derrumbó. Resultó una desgracia para todos; una concepción no deseada; tanto, que el paradero del padre siempre fue un secreto.

  Javi Garrido, el hijo de Mercedes, tuvo el infortunio de crecer los primeros años de su vida en aquel garito de mala reputación. A su madre le hubiera gustado que el niño no aprendiera sus primeras palabras en la diminuta habitación en la que residían y que se había convertido en una especie de burbuja en la que mantener aislado al crío, pero el infame Pacheco, ante el recelo de que ella huyera, no le permitió buscar una vivienda en la que criar a su pequeño en la más absoluta normalidad.

  Se sentía tan afligida que esa angustia la llevó a considerarse desgraciada por haber llevado al mundo a un hijo sin nada a lo que aferrarse, sin un futuro, sin una mamá, porque ella misma, consumida en la cama del hospital, intuía que se moría. Se mordía los brazos con mucha fuerza cada vez que imaginaba al bueno de Javi en manos de Pepe Pacheco, arrebatándole la existencia y convirtiéndolo en un mal personaje como él.

   Sus compañeras Julia y Roberta acudían al hospital de Valencia para atender a Mercedes cuando terminaban sus jornadas en El Sombrerito. Las tres se querían tanto que, desde hacía años, se habían convertido en esa familia que cada una de ellas perdió por sus motivos; todos ellos trágicos. Nunca hizo falta que la enferma le pidiera a la más mayor, Roberta, que cuidara de su hijo. El niño siempre fue atendido por ella como si de su propia estirpe se tratara. Le profesaba tanto amor, tanta ternura que, sin querer sustituir a su madre de verdad, se convirtió en ese jugador de reserva tan necesario que espera su oportunidad en el banquillo. Pero en esa ocasión, atacada por la fiebre y una horrible tos, mientras observaba la guadaña que la esperaba al lado de la puerta, Mercedes tuvo que hacerlo.

  —Berta… —En la intimidad la llamaba así—. Tengo que pedirte un gran favor.

  Su amiga se acercó a la cama y la cogió de la mano.

  —Por favor, cuida de Javi.

  Roberta lloró. Las lágrimas contagiaron también a Mercedes.

  —Dile que siento mucho no haberle dado la vida que merece. Me ha sido imposible.

  Su amiga se enjugó las mejillas.

  —Sabes que no ha sido culpa tuya, cariño —pretendió tranquilizarla.

  Mercedes, con las lágrimas resbalando por los pómulos, sonrió.

  —Para una madre, cuando las cosas a su hijo no le salen bien, la responsabilidad es suya. Pese a todo, lo procuré con toda mi alma…

  —No digas tonterías, te pondrás bien —intentó animarla.

  La enferma sonrió de nuevo. Después le dio un sobre cerrado.

  —Cuando creas que sea el momento oportuno, por favor, dale esta carta a Javi.

  Con un último estertor, Mercedes cerró los ojos para no abrirlos nunca más.

  La uruguaya presionaba con una mano el sobre en su pecho. Con la otra, todavía sentía el calor de la finada. Tras varios minutos, empezó a apreciar el frío: el del cadáver, y el de la realidad más cruda y asquerosa.

 

PEPE PACHECO

 

Por qué el diablo es tan diablo no es un acertijo con fácil respuesta. Quizá tengan algo que ver esos pecados capitales que se citan en la biblia, que la maldad solo mira por uno mismo, y quizá por ese motivo, Pepe Pacheco había aprendido todas las lecciones necesarias para pensar en él y en nadie más que en él. Ya en el vientre de su madre la hizo sufrir: un complicado parto que casi le cuesta la existencia a la mujer. En realidad, de haber tenido opción, ella hubiera preferido morir en ese momento, porque la vida que le dio su hijo fue un cúmulo de disgustos. Su juventud, precoz, se convirtió en una colección de riñas familiares, de peleas en bares, de gente reclamándole deudas, de policía preguntando por su paradero… y al final, sus padres, con mucho dolor, no tuvieron más remedio que echarlo de casa. Eso sí, se fue con doscientas mil pesetas ahorradas por sus progenitores y todo el oro que pudo robar.

  Pacheco abrió el maletero. Miró a un lado y a otro, no había nadie en el lugar y eso le dio el coraje suficiente para entrar en su local y sacar de incógnito el cadáver de Joana. No es que fuera muy metódico, ya que lo enrolló en las sábanas de la cama, sin mayor preocupación. Introdujo el cuerpo en el coche y, cuando creyó que casi todo estaba hecho, recibió un fuerte golpe en la cabeza. Se desplomó inconsciente.

  Minutos después, despertó en el almacén en el que guardaba todas las bebidas alcohólicas.

  Se percató de que estaba maniatado. Luego, frente a él, vio a Javi que sostenía una gruesa barra de hierro. Pacheco sonrió, pero pronto borró la sonrisa de su rostro al ver que el chico le ponía una soga en el cuello.

  —Muchacho, ¿qué ganas con todo esto?

  Javi no respondió.

  —Te lo diré yo, ¡nada! —Fue el mismo Pacheco quien respondió—. Podríamos ser socios, chaval. Yo con mis contactos, tú con esa fuerza que me estás demostrando.

  El joven lo miró. Cuando se aseguró de que la cuerda estaba bien amarrada al grueso cuello de su víctima, se volvió a sentar frente a él.

  —No soy gente de negocios —dijo Javi—. ¿Pero sabes? Me gusta la literatura.

  Pepe no pudo evitar reír. Al abrir la boca para echar una carcajada, el chico pudo apreciar que salía sangre de su boca; le faltaban algunos dientes que acababa de perder debido a los golpes.

  —¿Literatura en plan Cervantes? —sonrió.

  Javi sacó un sobre arrugado del bolsillo trasero de su pantalón

  —No soy tan erudito. Más bien en plan epistolar, primera persona y sangrando sentimientos.

  El chulo volvió a reír. Javi le atizó una vez más, para que no se dispersara.

  —Un poco de miramiento, hombre. Esta carta no trata de una comedia, más bien es un drama que he descubierto por casualidad. Presta atención.

  Pepe Pacheco sintió curiosidad. Quedó en silencio y escuchó con detenimiento la lectura.

  «Querido Javi, hijo mío. A partir de hoy no volveré a estar a tu lado, y me cuesta tanto dejarte solo en este mundo tan miserable…»

  La primera frase sorprendió al chulo, tanto, que intentó levantarse para arrebatarle el escrito. No pudo hacerlo. El chico sacó un enorme cuchillo y amenazó con rebanarle la garganta.

  —Shhh… no seas impaciente. Lo mejor está por llegar —dijo Javi—. Sigo…

«En el fondo estoy muy tranquila porque sé que las chicas harán lo imposible para que seas feliz…».

  Detuvo su narración. El joven miró con furia a los ojos de Pacheco.

  —Esas zorras se van a enterar… —amenazó.

  El chico no soportó la chulería, le clavó el cuchillo con fuerza en el muslo derecho. La víctima emitió un grito desgarrador. El corte provocó una gran herida de la que empezó a brotar una cantidad ingente de sangre.

  —Pero espera, espera, no quiero que te pierdas el final —le pidió atención.

  Se saltó un par de párrafos por leer y, luego, señalando con su dedo índice, llegó al sitio que buscaba.

  «Te preguntarás sobre tu padre… Quizá no tendría que decirte nada sobre él. Es un despreciable ser que no deberías conocer. He hecho tantas cosas mal, que ahora mismo acierto al decírtelo, para que no sigas mis pasos ni los suyos. Huye de él, cuanto más lejos de ese animal, mejor para ti. Nos ha hecho tanto daño a las chicas y a mí. Por favor, hijo mío. Aléjate de Pepe, él es tu padre».

  La confesión heló el semblante de Pacheco. Intentó explicarse.

—Ahora ya lo sabes. Y eso significa que no puedes matarme…

Javi no permitió que continuara. Le cubrió la boca con cinta americana. Después, con mucha rabia, tensó la cuerda para que su víctima se ahogara al mínimo esfuerzo que hiciese.

—Escucha, malnacido. No se te ocurra moverte porque, si lo intentas, morirás asfixiado.

Le hizo caso. Pacheco permaneció inmóvil por primera vez desde que su hijo lo maniatara a la silla.

—Como verás no tengo gran cosa que añadir. Te desprecio por todo el mal que has hecho a Joana, Roberta, Julia… a mamá; a mis chicas.

Cogió una botella que previamente había rellenado con gasolina de su moto y la vertió sobre el cuerpo del proxeneta que, con la soga al cuello, apenas podía agitarse para escapar del martirio que se le venía encima.

Javi se encendió un porro y le pegó la calada más satisfactoria de su vida. Después, se retiró un par de metros y echó la colilla sobre su padre.

Se prendió de inmediato. Fue algo horrible. Aunque el hombre intentó escapar de las llamas, no pudo hacer nada. Lo único que logró fue caer de la silla, mientras moría asfixiado, con el vacío de sus gritos ahogados por la soga, al tiempo que era preso de las llamas.

—Al diablo con el diablo… —dijo Javi.

Cuando lo vio calcinarse hizo lo mismo con El Sombrerito. Usó más gasolina para empapar las cortinas y el mobiliario del interior y, tras dirigir una última mirada al maldito club que tanto le había quitado, lo quemó.

Con paso lento, se perdió entre las huertas colindantes con el firme convencimiento de que, desde ese mismo instante, todo en su vida iba a cambiar.

De un modo u otro sus chicas, todas ellas, por fin eran libres.

Impactos: 7

Redacción

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