Muerte en la silla eléctrica.

Muerte en la silla eléctrica.

MUERTE EN LA SILLA ELÉCTRICA

Este relato opta al Premio «JUAN MADRID» 2022


1

          —¿Estás bien de la cabeza?

            Al subcomisario Javier Echeverría, de natural tranquilo, se le veía enojado. Sobre la mesa se le acumulaban varios montones de carpetas. Montones de casos sin resolver por la unidad de Policía Judicial. Hurtos, robos, lesiones, atentados a la autoridad, conducción bajo la influencia de bebidas alcohólicas, tráfico de estupefacientes. Eran más de las ocho de la tarde y llevaba en su despacho de la Guardia Municipal de Donostia-San Sebastián desde doce horas antes. Lo único que necesitaba para completar un día espantoso era que, a última hora de la tarde, cuando ya estaba pensando en poder ir a casa a descansar, viniera el oficial Arrieta, de Tráfico, con aquella historia. Siempre había tenido en buen concepto a Arrieta, pero lo que le acababa de decir le había sonado en exceso increíble.

            —Disculpa… Es un decir. —Lamentó su reacción, estaba demasiado cansado—. ¿Estás seguro de lo que me dices?

          —Me temo que sí. Le he dado muchas vueltas y no creo que haya otra explicación. Son tres homicidios, por no decir asesinatos.

            Sobre la mesa, el oficial Arrieta había depositado tres carpetas más. Tres gruesas carpetas que traía de su despacho.

            —A ver, explícamelo con detalle.

          —Pues, como decía, aparentemente son tres accidentes de circulación. Los tres sucedidos en los últimos cinco meses y con varias circunstancias en común. En todos los casos hubo un atropello de una persona que se desplazaba en silla de ruedas; en todos los casos el atropello se produjo en un paso de cebra sin semáforos, en una calle larga, estrecha y recta en la cual muchos conductores tienen la costumbre de ignorar los límites de velocidad y acelerar. En los tres casos los conductores reconocieron que iban demasiado rápido, pero alegaron que no vieron la silla de ruedas, que se les echó encima. En dos de ellos la víctima del atropello falleció, y solo en el último sobrevivió al accidente, aunque con lesiones graves. Los tres conductores reconocieron su responsabilidad por imprudencia ante el juez.

            —Bien, hasta ahí nada de particular —se impacientó el subcomisario.

            —Las tres sillas eran eléctricas y sus usuarios se desplazaban solos.

            —Tampoco lo veo anormal. Hay muchas sillas de ruedas y cada vez más sillas eléctricas. La población envejece.

         —Sí, eso es verdad, lo sé de sobra, mi madre lleva varios años en silla de ruedas y estoy acostumbrado a llevarla a pasear y por eso me fijo en que hay muchas personas mayores en las mismas circunstancias —explicó el oficial—. Pero no creas que son tantas las sillas eléctricas con usuarios autosuficientes. Y tres accidentes en pocos meses no es una estadística normal.

            —Los atropellos de peatones están creciendo, si no me equivoco —replicó Echeverría, aunque las estadísticas sobre tráfico no era una materia que dominara—. Porque los usuarios de sillas de ruedas se consideran peatones, ¿no?

            —Sí, así es. Por desgracia, quince mil peatones atropellados al año, cuatrocientos muertos. La mayoría circulaban correctamente, sin cometer ninguna infracción. En Donostia solo uno o dos peatones muertos al año y, hasta estos últimos meses, ninguno circulaba en silla de ruedas. Eso es lo estadísticamente anormal. De pronto se multiplican los casos con usuarios de sillas eléctricas. Por eso, aunque se habían clasificado como accidentes, me pareció raro y me puse a investigar.

            —Bien, ¿y qué te lleva a suponer que no son accidentes?

            —Casualmente, las tres sillas eran de la misma marca y se habían comprado en el mismo establecimiento, en un polígono industrial de Martutene.

            —¿Hay muchos que suministren ese tipo de sillas? —preguntó el subcomisario, que empezaba a sentir curiosidad.

         —Hay varios en la ciudad y sus alrededores, media docena en toda Gipuzkoa, por eso es curioso que las tres sillas relacionadas con los accidentes vinieran del mismo lugar. Lo primero que pensé es en algún tipo de avería de las sillas que hubiera provocado los accidentes, no sé, un fallo en los frenos o algo así.

            —Pero no va por ahí la cosa... ⸺adivinó Echeverría.

            —Eso es. En la empresa que suministra las sillas eléctricas me explicaron que la posibilidad de un accidente, por avería o sin avería, es muy remota. Una de esas sillas suele circular a seis kilómetros por hora, se mueve con un mando que sirve para subir o bajar la velocidad. Si el mando se sitúa al mínimo, la silla se detiene. Apenas necesita de freno, la inercia es escasa y la distancia de frenada es mínima. No coge tanta velocidad como para suponer que se pueda lanzar desbocada en un paso de cebra y sorprenda al conductor. No es como una bicicleta, o como un patinete eléctrico, que van a veinte por hora y es preciso frenar para que se detengan.

            —Así que descartamos la avería de las sillas como causa de accidente.

            —Eso es. La avería más frecuente, además, es quedarse sin batería y que la silla se quede detenida. Tienen autonomía para unos veinticinco kilómetros, a veces los usuarios se olvidan de recargar. Me olvidé de una posible avería, pero después de hablar con la última víctima, la que sobrevivió al accidente, he retomado la idea de que la causa pudo estar en el funcionamiento de la silla.

            —A ver, explícate. No una avería, sí el funcionamiento de la silla. ¿Se volvió loca la silla?

            —No exactamente, pero dejó de obedecer a su conductor, por decirlo así, y aceleró en el paso de cebra en lugar de detenerse.

            —¿Cómo puede ser? —se extrañó Echeverría.

            —La víctima superviviente me dijo que justo eso es lo que recordaba que pasó, que al llegar al paso de cebra y ver llegar un coche que circulaba muy rápido y no hacía mención de frenar, intentó detener la silla, pero esta no le obedeció, al contrario, aceleró y se lanzó hacia el centro de la calle, con lo cual el vehículo se la llevó por delante.

            —¿Eso es técnicamente posible?

            —Sí, ahora te lo explico. Volví a la empresa que suministra las sillas y hablé de nuevo con el encargado. Me dijo que eso solo puede suceder si la silla cuenta con un mando adicional para acompañante.

           —¿Qué es eso?

        —Hay sillas que, además del mando del usuario, que es una especie de joystick con el cual puede dirigirla, regular el asiento o manejar las luces y suele estar colocado en uno de los brazos, tienen otro mando más, algo así como un mando a distancia, para un acompañante. Hay usuarios de sillas que no pueden manejarlas por alguna discapacidad física o cognitiva y necesitan un acompañante. El mando de acompañante suele ser extraíble y permite que sea este el que controle la silla, a veces solo se instala el mando del acompañante, otras veces los dos. Si existen los dos mandos y ambos están encendidos, el que dirige, el que tiene prioridad, es el del acompañante.

            —Es decir, que si hay mando de acompañante este puede darle instrucciones distintas a las de quien ocupa la silla y son las que valen.

            —Eso es.

            —¿Me quieres decir que estas sillas tenían todas un mando de acompañante? —El subcomisario empezaba a comprender por dónde iban las sospechas del oficial.

         —Ahí está la clave. En un principio, no, eran sillas sin mando de acompañante, así constaba en los pedidos y en las facturas de la empresa, las iban a manejar sus usuarios, que eran perfectamente capaces de desplazarse solos con su silla. Sin embargo, al examinar las sillas, o más bien los restos de las sillas, porque quedaron inutilizadas por los accidentes y estaban en el almacén de la empresa para aprovechar las piezas, resultó que sí, que en algún momento se les había instalado una caja de control adicional para ser dirigidas por un mando de acompañante. Y lo más sorprendente es que se había instalado sin que sus propietarios fueran conscientes de ello. Eso me dijo la víctima superviviente, y también me lo dijeron las familias de las otras dos víctimas. Ninguna de ellas tenía mando de acompañante, pero las sillas estaban preparadas para funcionar con un mando de acompañante.

            —En otras palabras, me estás diciendo que alguien utilizó ese mando para lanzar a las sillas debajo de los coches.

            —Eso creo yo. Esos mandos pueden funcionar a varios metros de distancia. Alguien pudo operarlo desde la acera, al ver acercarse al paso de peatones el automóvil a velocidad excesiva en cada caso, algo demasiado frecuente, y provocar el atropello. Por eso te dije que no eran accidentes sino asesinatos. Por eso se salen de la estadística.

            —¿Y tienes alguna sospecha de quién pudo ser? ¿Y por qué?

           —No. Necesito tu colaboración. Habría que investigar el entorno de las tres víctimas, familias, amigos, vecinos, comprobar si tienen algún nexo común, quién podría desear la muerte de todas ellas.

            —Podría ser un loco… —observó el subcomisario.

            —Puede estar loco, pero tiene que estar relacionado con las tres víctimas de algún modo para haber tenido acceso a sus sillas eléctricas y haberles podido instalar el mando de acompañante.

            —Eso es cierto. Está bien, cuenta con nuestro apoyo, continuaremos con el caso a partir de aquí. Por supuesto, seguirás siendo el responsable, si el subcomisario de Tráfico no pone impedimento.

            —Gracias, subcomisario. —El oficial era sincero en el agradecimiento, no le hubiera gustado quedar apartado de una investigación que había iniciado y seguido personalmente.

2

            El oficial Arrieta acudió tres días más tarde al despacho del subcomisario Echeverría acompañado del suboficial Aizpurua, de la unidad de Atestados.

            —Tenemos un sospechoso —soltó Arrieta apenas acabaron con los saludos y todos se sentaron en torno a una mesa.

            —Escucho —le animó a continuar Echeverría.

        —Hemos investigado el entorno de las tres víctimas de los accidentes. No tenían en común otra cosa que las sillas eléctricas. Ni parientes comunes, ni amigos comunes, ni han sido vecinos, vivían en barrios distintos, ni han coincidido en los estudios ni en ningún trabajo, ni eran socios de la misma piscina o de la misma sociedad gastronómica. Al parecer, ni se conocían. No tenían nada que ver unas con otras. Ni la edad. Había una mujer de 62 años, un hombre de 45 y otra mujer, la única que sobrevivió al atropello, de 34 años. La discapacidad que les obligaba a usar silla de ruedas también tenía origen diferente, ni siquiera habían coincidido en el médico, hospital o centro de salud.

            —¿Estáis seguros? —preguntó el subcomisario, más por costumbre que por desconfiar de sus subordinados.

            —Hemos sido todo lo exhaustivos que se puede ser —aseguró Aizpurua.

          —Estamos bastante seguros —confirmó Arrieta—. Nada que ver, salvo las sillas. Y la empresa que les vendió las sillas.

          —Entonces, ¿las sospechas van hacia la empresa?

        —Exactamente —dijo el oficial—. Más en concreto, hacia uno de los empleados de la empresa. Fue el mismo, de los dos técnicos que se ocupan de las sillas eléctricas, quien las montó y las entregó a las víctimas, y el que les hizo las correspondientes revisiones periódicas.

        —Creemos que en una de las revisiones pudo aprovechar para montar el dispositivo de control que permitía usar el mando del acompañante ¾precisó el suboficial.

        —Y estaba cerca del lugar del último accidente en el momento en que se produjo —añadió Arrieta—. Aparece en la grabación de una cámara de seguridad próxima.

        —¿Y qué motivo pudo tener? —quiso saber el subcomisario.

      —Ni idea. Hemos hablado con él, aunque solo sobre las sillas en general, intentando no advertirle de nuestras sospechas. Parece una persona muy normal. Javier Garmendia, se llama. 44 años. Sin antecedentes penales. Sin enfermedades mentales, que sepamos. Un tipo corriente. Serio y reservado, pero corriente.

            —Está bien —decidió el subcomisario—. Vamos a tramitar la orden de detención y a por él, en cuanto lo autorice el comisario.

            ⸺¿No avisamos a la Ertzaintza?

            ⸺No, creo que podemos resolverlo nosotros perfectamente.

3

            La empresa que suministraba las sillas eléctricas y otros productos ortopédicos estaba pegada a una autovía en un polígono cerca de Martutene. Los policías dejaron los dos vehículos en los que habían llegado desde Amara aparcados junto a la nave, bajo el letrero que anunciaba el establecimiento: Ortopedia Hermanos García Egaña. Dos agentes uniformados se quedaron en el exterior mientras entraba el subcomisario Echeverría, acompañado por el oficial Arrieta y el suboficial Aizpurua. No necesitaron preguntar por nadie, ya que desde el fondo un hombre de unos cincuenta años, vestido con una inmaculada bata blanca y encorbatado, a todas luces el encargado, se dirigió hacia ellos apenas habían traspasado la puerta.

            —Egun on. ¿En qué puedo atenderles? —se dirigió al oficial, que era la única que reconoció de entre las tres caras que le miraban con circunspección.

            —Egun on. Queremos hablar con Javier Garmendia —respondió gravemente Arrieta.

            —Por supuesto, aunque no sé si tendrá algo más que contarles…

          —Haga el favor de llamarle.

          —Ahora mismo.

Garmendia apareció de inmediato, con un buzo de mecánico adornado de manchas de grasa, y con gesto de desconfianza.

—Queda usted detenido como sospechoso de asesinato —dijo el suboficial Aizpurua apenas llegó hasta donde se hallaban, asiéndole por un brazo. El otro no dijo nada, pero dirigió una furiosa mirada a los policías.

—¿Por qué? ¿Qué sucede? —acertó a decir el confundido encargado.

—Ya le explicaremos. De momento, vamos a conducir al detenido a la Comisaría de la Rotonda de Morlans ¾zanjó Echeverría la cuestión.

       Los tres policías se dirigieron hacia la puerta, con Aizpurua conduciendo a Javier Garmendia del brazo. Uno de los dos agentes que esperaban allí tenía un par de grilletes preparado para ponérselo al detenido.

—Las manos sobre el coche ¾le indicó con voz firme.

Garmendia colocó ambas manos sobre el techo del coche patrulla, tal como le indicaba el agente. Pero, de pronto, se volvió dando un brinco y echó a correr.

         —¡Alto! —gritaron los agentes de uniforme, saliendo en su persecución. Sus superiores, que se habían retirado unos pasos del coche, también iniciaron la carrera tras el detenido, aunque este había logrado unos metros de ventaja gracias a la sorpresa. Cruzó toda la calle, atravesó de tres zancadas la zona verde que separaba el polígono de la autovía, saltó por encima del quitamiedos y siguió cruzando a toda velocidad la calzada sin mirar ni a sus perseguidores ni a los vehículos en circulación.

       Los policías se detuvieron al borde de la autovía para presenciar cómo un camión, pese a frenar con un estridente chirrido, golpeaba al fugitivo y enviaba su cuerpo, inerte como el de un pelele, varios metros hacia adelante y por encima de la mediana. Un automóvil que circulaba por el otro carril no pudo evitar pasarle por encima. El tráfico se detuvo, todos los vehículos pusieron los intermitentes de emergencia y los estupefactos conductores se asomaron para comprobar qué había pasado.

       —Vayan a ver en qué estado ha quedado —indicó el subcomisario Echeverría a los demás policías, mientras marcaba en su teléfono móvil para pedir una ambulancia y refuerzos. Uno de los agentes uniformados se dirigió hacia el conductor del camión, detenido unos metros más adelante, mientras los demás se acercaban corriendo hacia el lugar donde se divisaba el cuerpo tendido en el suelo. Desde allí, Arrieta hizo una señal negativa al subcomisario, indicando que no había nada que hacer. Era evidente que estaba muerto.

—¡Dios mío! ¿Qué ha sucedido? —el encargado de la empresa de ortopedia se hallaba junto al subcomisario, descompuesto, con los ojos desorbitados.

      —Ha tratado de huir cruzando la autovía y ha sido atropellado ¾respondió el subcomisario, confiando en calmar al hombre. Otras personas se iban acercando, provenientes de las naves vecinas.

—¡Vaya, qué desgracia!

—Sí. Ha sido una fuga suicida, se ha lanzado a la autovía sin mirar siquiera el tráfico.

—Pobre hombre —se lamentó el encargado—. Otra tragedia más.

—¿Por qué dice otra?

       —Precisamente su mujer murió hace unos meses en otro desgraciado accidente. Se fracturó el cráneo en una mala caída, fue un accidente de lo más tonto mientras andaba por la acera. El pobre lo llevaba muy mal, claro, como cualquiera en su caso, pero no había vuelto a ser el mismo. Estaba especialmente amargado por, cómo decirlo… por la forma macabra en que había sido castigado por el destino. Toda una ironía, en su caso.

—¿Ironía? ¿Por qué?

—A su mujer la atropelló una silla de ruedas eléctrica.

 

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Redacción

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