Obsesión criminal

Obsesión criminal

OBSESIÓN CRIMINAL

Este relato opta al Premio JUAN MADRID


            Ubicada en la calle Buensuceso, de Granada, la consulta exhalaba un aire anticuado. Algo fría, pero confortable. La luz entraba por la ventana sin incidir directamente sobre el escritorio, y el diván estaba colocado en el ángulo perfecto para que el paciente se sintiera relajado y sin distracciones. Un ventilador de pie convertía las consultas calurosas, en los días de verano, en algo más amenas y relajadas. La pequeña librería que albergaba libros de medicina general y psicología en particular daba al lugar un toque serio y erudito, a juego con la vitrina de fármacos específicos en caso de que algún paciente demandara ayuda para aplacar desde un episodio de ansiedad hasta un ataque de nervios. La pared frente a la mesa denotaba tiempo a medio pintar. Un gran trozo de plástico negro cubría parte del suelo, por supuesto, para evitar mancharlo de pintura.

Javier llevaba tres sesiones tratando a Roberto. Regentaba un pequeño kiosco de prensa y revista en la calle Bruselas. Servicial, simpático y charlatán, de 35 años, con un trastorno cardíaco que podía pasarle factura en cualquier momento. La típica persona de la que nadie podría sospechar jamás. ¿Quién iba a pensar que solo estaba fingiendo? Amable con todo aquel que se acercaba a su establecimiento. Corpulento, de tez nívea, ojos llamativos, con algo de sobrepeso. Siempre dando buenos consejos a sus clientes más habituales, inoculando información subliminal para hacerles cambiar de opinión o simplemente inculcarles miedo, duda y crear así confusiones mentales. Era un asesino cuyos delitos sobrepasan la razón. Hasta el momento, salía impune de todos los cargos. Era imposible culparle de los crímenes perpetrados, a pesar de que las autoridades estaban seguras de ello. Los jueces eran tajantes. Sin pruebas no podían acusarle y Roberto era un hombre muy inteligente. Conocía perfectamente cómo funcionaba el Sistema. Cuidaba mucho de no dejar huellas, ni la más pequeña prueba de haber sido el causante de todas aquellas atrocidades. Pero también supo que la policía le pisaba los talones las veinticuatro horas del día y no debía exponerse. Algo que le ponía muy nervioso y la probabilidad de sufrir un infarto era alta. Aun así, controlaba la situación.

Javier necesitaba comprender el funcionamiento de la mente de ese hombre antes de llegar a una firme decisión. El paciente pasaba consulta tres veces al mes, con un facultativo de la Seguridad Social, gracias al consejo del doctor de cabecera. Nadie podía sospechar que era un asesino psicópata, pero sí que denotaba cierto desequilibrio mental que su médico interpretó como principio de depresión. Javier se las ingenió para reconducirle a la consulta, gracias a un buen amigo psiquiatra que le había hecho todo el papeleo antes de irse destinado, como médico sin fronteras, a la India.

Aquel diván soportaba algo más de cuarenta y cinco minutos por sesión las revelaciones de su verdugo. Las hacía sin tapujo alguno. Sabía perfectamente que todo facultativo, fuese de la especialidad que fuese, debía acatar a rajatabla la confidencialidad entre médico y paciente, más aún, tratándose de los paradigmas de la mente. De todas formas, Javier no tenía pruebas de que todo lo que le contaba fuese cierto o, simplemente, producto de su imaginación. Tenía un objetivo bien claro y definido. Le daba igual si los asesinatos cometidos los realizó de aquella forma. Comprendía, a conciencia, cuál era la situación que tenía entre manos y el objetivo que quería conseguir. Un caso cuando menos curioso y estremecedor a la vez.

No estaba pasando por su mejor momento. Apenas pasó un año desde que perdiera a su mujer. Las pruebas eran concluyentes: cáncer de páncreas fue el resultado. El médico le pronosticó un año más de lo que la paciente vivió. Ocurrió el 14 de febrero de 1998. La policía encontró un Seat Ibiza de gasolina, calcinado junto a una farola, arrojando humo negro, y los cuerpos carbonizados de ella y su hijo en el aparcamiento de un hipermercado. Ulteriores investigaciones confirmaron que el automóvil sufrió una combustión espontánea a causa de una pérdida de combustible y un cable defectuoso. Las puertas quedaron bloqueadas y los ocupantes atrapados. La tragedia se cobró dos vidas inocentes y Javier quedó destrozado el resto de la suya.

Como buen profesional, anteponía su buen hacer a los problemas personales, por muy duros que estos fuesen. Aun así, el recuerdo de su familia estaba presente cada momento. Por un lado, ella; su pelo rubio como el oro, sus ojos verdes como esmeraldas, una nariz recta que él denominaba como «una geometría perfecta» y la barbilla, suave y simétrica, parecía hecha a conciencia por la gracia de Dios. Pero lo que más le gustaba era su bondad, la comprensión de los problemas que surgían, ya fuesen entre ellos o con el resto de la familia y amigos. Siempre tuvo una palabra agradable para alegrar el momento o el día a cualquiera. El amor que profesó por su esposa no podía medirse con ningún instrumento existente. Iba más allá de lo físico y lo tangible. Su hijo era lo que más quería en el mundo. La razón por la cual su vida tenía sentido. Un niño de ojos azules como el mar intenso en un día despejado. De pelo liso y castaño, carita redonda que irradiaba simpatía por los cuatro costados. Sin embargo, todo aquello se desvaneció como el humo de un cigarrillo. Era consciente de ello. Debía seguir viviendo y trabajando. La vida continuaba a pesar de las circunstancias.

Roberto cruzó los dedos de las manos y las apoyó en su abdomen. Clavó los ojos en el techo sin ver nada. Solo un trozo blanco de escayola que hacía de pantalla imaginaria a todo aquel que se acostaba en él. Javier, desde su mesa y con la carpeta abierta del paciente, examinaba con detalle todo lo que reflejaba.

Durante el primer día y en los sucesivos contó cronológicamente los asesinatos cometidos. La primera vez, se encontraba cerca del cine Madrigal, en la Carrera del Genil. Desde la acera de enfrente observó a Sofía, una mujer de 40 años, clienta habitual de su negocio. Estaba sola. Gastaba una altura de metro setenta, aproximadamente. No era problema. Roberto medía casi metro ochenta y era corpulento. La dama sacó su entrada y brindó una sonrisa a la taquillera antes de pasar por la gran puerta. El depredador cruzó la calle y sacó también su tique. La gorra le ocultaba el rostro. Abandonó la ventanilla sin dar las gracias y entró sin más preámbulo. Ella se sentó dos filas más abajo. Roberto optó por ponerse detrás, dos asientos más alejados. Desde aquella posición la controlaba sin problema. La sala albergaba pocos espectadores. Eso lo ponía más fácil aún. En el momento en que comenzó la película aprovechó la distracción de su presa y la del público, en general, para acercarse con tiento al asiento justo detrás de la mujer y sacar del bolsillo un trozo de cuerda de cáñamo. Todos los espectadores estaban atentos a la gran pantalla. Norman Bates daba las llaves del apartamiento a la protagonista. Aquella cinta era una reposición que proyectaban en el recinto durante dos semanas consecutivas. La tensión se notaba en la mirada de los asistentes. Roberto también denotaba interés por el filme. De hecho, la vio varias veces. Era una de sus favoritas, sobre todo, cuando la chica está tomando la ducha tan relajante. Su mirada iba de la pantalla a la nuca de la muchacha. Poco a poco, llegaba la escena culmen, la más famosa de aquel clásico. La sombra tras la cortina hizo que algunos espectadores se llevasen las manos a los ojos, en un acto reflejo de nerviosismo y miedo. Roberto enarcó una ceja, pero en este caso, de puro placer. Sabía lo que le deparaba a la chica, ajena a lo que acontecía más allá de la bañera. La imagen del agua saliendo de la alcachofa y cayendo sobre su cuerpo, al mismo tiempo que una mano extraña se acercaba a las cortinas de plástico, hizo que casi todo el mundo cerrase los ojos. Justo cuando Janet Leigh comenzaba a disfrutar de su baño, aquellas cortinas infernales fueron descorridas para coserla a puñaladas, momento que aprovechó Roberto para rodear el cuello de la mujer y apretar con fuerza hasta estrangularla. Mientras todo el mundo gritaba al compás de Janet, Sofía abría sus ojos en un acto de sorpresa y terror. Llevó las manos a su cuello intentando meter los dedos entre la cuerda y su garganta. La presión ejercida era brutal. Al tiempo que pataleaba intermitentemente, dejaba escapar pequeños sonidos guturales en un intento inútil por huir de la situación. Poco a poco, los movimientos fueron cesando, sus manos aflojaron hasta caer a plomo en ambos lados de su torso. Su cabeza quedó ladeada y su lengua, fuera de la boca, en una representación grotesca y vulgar. No tanto como el cuerpo de la protagonista deslizándose suavemente por los azulejos, cayendo de golpe fuera de la bañera.

El monstruo cerró los ojos sintiendo el placer de un trabajo bien hecho. Aspiró a fondo para disfrutar un instante. Un par de minutos después se levantó de allí, con toda naturalidad, procurando no ser visto por el resto de los presentes. Salió por la puerta principal sin dejar rastro ni miradas.

Javier era un profesional. Escuchaba paciente y con atención todo lo que aquel engendro le iba relatando con detalle. Su segundo asesinato fue el de una mujer de 45 años, Noelia. Compraba los cromos a sus niños en el kiosco. Según este, contó cómo la siguió desde su vivienda hasta el Centro Parroquial San Pablo II. No le supuso trabajo elegirla para sus propósitos. La mujer era muy llamativa y vestía con gran sensualidad, según sus declaraciones. Los pantalones ajustados y la blusa escotada combinaban a la perfección con la chaqueta vaquera. Sus ojos negros conjuntaban con su pelo azabache. Una mujer que resaltaba del resto de transeúntes. La esperó paciente a que saliera de aquel lugar. Volvió a seguirla hasta el bar El Albergue. Allí contactó con un individuo de complexión delgada y estatura media. Se sentaron en una mesa y tomaron café. Podía observarlos desde un punto en el que no podía ser visto por ellos. Al cabo de un buen rato, la mujer se despidió con un par de besos en las mejillas y una sonrisa afable. Marchó a su casa. Para ello, dio un rodeo al edificio. Roberto la siguió a unos diez metros de distancia. Procuró aplacar los ruidos de sus zapatos. La calle estaba oscura y desierta. Apenas las luces pobres de algunas farolas iluminaban de amarillo la zona. Entonces, el verdugo sacó del bolsillo del pantalón unos guantes de látex y dio unas zancadas abalanzándose sobre su presa, tapándole la boca con un pañuelo impregnado en suficiente cloroformo como para dejarla semi inconsciente. No tuvo tiempo para gritar ni darse cuenta de lo que estaba sucediendo. La llevó a los soportales de una vivienda abandonada. Allí, la reanimó con un par de bofetadas. La mujer abrió los ojos y le miró con terror. Vio una mirada de lujuria y deseo. El deseo de matar. El endriago torció la boca denotando un odio descomunal. Llevó las manos al frágil cuello de su víctima y apretó con todas sus fuerzas. Los ojos desencajados de la fémina perdían luz a cada segundo, hasta que se cerraron para siempre. Se compuso las ropas sacudiéndose los pantalones y tirando de la chaqueta para acomodarla a su talle. La contempló por un momento con prepotencia, se quitó los guantes y los metió en el bolsillo. Abandonó el lugar dando un paseo.

Javier no podía dar crédito a las declaraciones de aquel psicópata que iba explicando con detalle las barbaridades sin omitir nada.

La tercera víctima que, según él, le produjo un placer inconmensurable fue una mujer de 67 años, Flora. La señora compraba todas las mañanas el periódico en el kiosco del homicida. Siempre tenía una palabra de amabilidad para Roberto. Contó a Javier que no podía permitir que tuviese esa chispa de atractivo y personalidad con esa edad. Una dama así no podía ser tan jovial, como si fuese una adolescente o de mediana edad. Tenía que ser consecuente con su etapa. Era algo que no soportaba en personas que se acercaban a lo que él definía como «línea final». Se preguntó en qué pensaban esos cuerpos a esas edades. ¿Creían que eran unas jovencitas para comportarse así con tales entusiasmos? Odiaba ese tipo de comportamiento en personas muy maduras. Las maldijo con odio. Incluso las condenó a morir por no comportarse con disciplina y seriedad. ¿Por qué tenían que sonreír de esa forma? ¿Qué motivos tenían para hacerlo? Al fin y al cabo, se encontraban al borde del precipicio. Solo debían quedarse en casa, esperando a la Parca y entregarse a ella, sin más. A esas alturas, lo único que hacían era estorbar. Pero no ocurría así. La Naturaleza era caprichosa e injusta. Debía poner remedio a esa imperfección biológica en la que, según sus reglas, Dios miraba para otro lado con el destino de la Humanidad. Tenía la obligación de poner fin a la existencia de aquella mujer, que no encajaba en el modelo de una sociedad distorsionada en la mente de un sociópata.

Cerró el kiosco a la hora de siempre. Pero, aquel día, no fue a casa, como de costumbre. Se cambió de ropa allí mismo. Pantalones negros y una sudadera a juego. Cubrió su cabeza con la capucha y metió las manos en los bolsillos de la prenda. Dentro, un estilete automático de 22 centímetros de longitud, lo agarraba con vigor. Sabía que doña Flora acostumbraba a ver a su hija y nietos antes de ir a casa. A cierta distancia, esperó que saliera. Apretó el paso hasta llegar a los soportales y entró sin encender la luz del rellano. Tomó asiento bajo las escaleras con las piernas cruzadas y permaneció en silencio. Desde donde estaba, no podía ver nada, a menos que inclinara el cuerpo y asomara la cabeza. No podía ser visto por nadie. Miró su reloj: las veintiuna y trece minutos. Metió la mano en el bolsillo de la sudadera y sacó la navaja. Pulsó el botón y, de repente, salió la hoja a una velocidad increíble. Volvió a plegarla repitiendo la acción varias veces. El clic que emitía el juguetito le producía una sensación de bienestar. Lo abría y cerraba una y otra vez, acelerando la acción en cada apertura y cierre anterior. La percepción de control lo llevó al éxtasis. Le vinieron a la mente unas imágenes de cuando era un niño: estaba en casa de sus padres, en el salón. Jugaba con un cochecito de plástico. Su padre le miró y se lo arrebató de las manos. Lo tiró al suelo y lo pisoteó con fuerza. Estaba borracho. Comenzó a llorar y su madre llegó desde la cocina. Miró a ambos. La mujer gritó a su marido y este le propinó una bofetada. El labio comenzó a sangrar y se cubrió con las manos. Sin mediar palabra, cogió al niño y lo llevó a la habitación. Un sonido de llaves le despertó de aquellos pensamientos. Paró en seco de jugar con la faca. Se inclinó y asomó un poco la cabeza. Era doña Flora, intentando abrir la puerta. Se posicionó en cuclillas, preparado para saltar sobre ella. Probó a meter la llave, pero no entraba. La mujer hacía movimientos de cabeza denotando sensación de malestar. Puso el manojo en su mano y buscó con dificultad por entre las demás. Sonrió en señal de haber dado con la llave correcta. La tomó entre sus dedos y por fin entró en la cerradura. Giró hacia un lado y la puerta cedió a su deseo. La oscuridad la recibió como un manto, envolviéndola por completo. Ya dentro, tanteó la pared para pulsar el interruptor. La luz de una farola permitió a Roberto ver la silueta. Cuando acertó a pulsar el botón, este ya estaba justo delante con la hoja desplegada, en posición de ataque. La mujer abrió los ojos en señal de sorpresa. Luego, frunció el ceño. Aquella cara le era familiar. Al mismo tiempo que cayó en la cuenta de quién se trataba, la hoja ya estaba dentro de su vientre, pero no notó ningún dolor, solo una pequeña punzada que hizo enarcar sus finas cejas. El depredador sonrió cínico y la mujer dirigió la mirada a su abdomen. Entonces, observó el puño de su asesino apoyada en su torso. Cuando la sacó, vio la hoja ensangrentada. Lo miró confusa. No supo qué estaba ocurriendo. Roberto repitió la acción, esta vez, alzó su brazo y la acuchilló en el cuello. Un chorro de sangre salió a presión dejando un gran charco en el suelo. La víctima llevó su mano a la carótida en un acto de aferrarse a la vida. Una vida que escapaba rauda. Abrió los ojos como una flor se abre a un nuevo día, pero en este caso, por la desorientación que la envolvía. Un sueño dulce la arropó sin permiso. El asesino la observó con desprecio, con aire vencedor. Segundos más tarde, abandonó el lugar con la satisfacción del deber cumplido.

El departamento de criminalística no encontró indicios que lo relacionaran con las víctimas. Las investigaciones realizadas concluyeron que todas ellas eran clientes habituales de Roberto. Era el único nexo que las vinculaba. Por lo demás, no se hallaron pruebas de que fuese el culpable de sus muertes.

Allí estaba, tendido en aquel diván, exponiendo con detalle los asesinatos cometidos. Javier no percibía ningún tipo de duda o invención, por su parte. Solo frialdad, serenidad y, sobre todo, la ausencia de culpabilidad que un monstruo así puede transmitir. Cuando terminó su hora, se despidió del facultativo hasta la siguiente sesión. Javier escribió en el expediente todo lo que consideró oportuno. Se preguntó cómo aquel desgraciado podía permanecer tranquilo y sereno, sin un ápice de remordimiento. ¡¿Qué ocurriría en aquel cerebro tan lleno de maldad y podredumbre?! También cuestionó los sentimientos humanos. Los creyentes los relacionaban con el bien y el mal. Una especie de materia invisible que los unía a Dios y a Satán. Pero para los científicos, los sentimientos eran el resultado de una emoción que permitía al sujeto ser consciente de su estado anímico. Los sentimientos estaban ligados a la dinámica cerebral y determinaban cómo una persona reaccionaba ante distintos eventos, capaz de matar a sangre fría o ayudar a cruzar a una anciana la calle para protegerla del peligro.

Unos días después, Javier volvió a esperar paciente la llegada de aquel sociópata que, sin mediar palabra, se tendió en el lugar de siempre.

—¿Cómo se encuentra hoy? —preguntó Javier mientras terminaba de escribir.

—Yo siempre estoy bien, doctor. Ya lo sabe. Como también sé que tengo a la policía pegada a mis talones. También soy consciente de que han hablado con usted —contestó con las manos cruzadas, apoyándolas en su torso y la mirada fija en el techo.

—¿Quiere decirme algo en concreto, Roberto? —interpeló Javier conociendo la respuesta.

—Usted sabe muy bien lo que quiero decir. Sé que le ha puesto al corriente de todo lo que le he contado.

—Y usted sabe perfectamente que, como profesional, no puedo revelar nada de lo que un paciente me cuenta —contestó tranquilizador.

—¿Me va a decir que es como los clérigos?, ¿que es usted mi sacerdote y yo su oveja?

—Algo así, sí —contestó firme.

—Si usted lo dice…Como sabe, hoy es mi cuarta sesión y he decidido no venir más.

—¿Está seguro de que quiere abandonar la terapia? —Javier frunció el ceño.

—Así es, doctor. Además, voy a confesarle algo. Pero se lo diré antes de irme.

—Dígame solo una cosa, ¿es importante?

—Estoy seguro de que le interesará mucho saberlo —sonrió de medio lado.

—Muy bien. ¿Quiere contarme algo más de su vida?

—-Claro, doctor. Voy a contarle el caso que más placer me produjo de todos. Intentaré no emocionarme, ya sabe que estoy delicado del corazón —se atusó el cabello sonriendo de puro placer y volvió a entrelazar las manos.

—Muy bien, soy todo oídos —dijo intrigado. Corrigió su postura en la silla, acomodándose.

—Sucedió el día de los enamorados. Me acuerdo perfectamente. Seguí con mi coche a una mujer hasta el centro comercial que hay junto a la Carretera de Armilla. Confieso que fue una suerte. No la había visto en mi vida. Una mujer muy bella. Detrás, llevaba a un niño. La criatura era una ricura y parecía muy simpática. La madre debía estar hablándole de cosas graciosas porque no hacía más que reír—sonrió—. Así que le eché el ojo de inmediato. Dentro del establecimiento la estuve siguiendo a distancia por cada uno de los pasillos que transitaba. Reía y jugueteaba con su chiquillo. Lo llevaba en el carrito. De vez en cuando, ella le permitía coger un artículo de las estanterías y le daba besos en su cabecita. Admito que me produjo una sensación de superioridad. Comprobé que era una mujer cariñosa y eso la hacía débil —dijo con gran estremecimiento.

Por alguna razón, Javier frunció el ceño. Hubo algo en aquel relato que llamó su atención.

—Doctor, estoy sintiendo un dolor punzante muy fuerte —dijo mientras llevaba su mano al pecho y lo asió con fuerza al mismo tiempo que apretaba los ojos.

Roberto se incorporó en el diván y apoyó una de sus manos en el asiento, mientras la otra la aferraba a su tórax. Javier se dirigió al pequeño armario que albergaba medicamentos del tipo opioides y otros fármacos similares. Abrió la puerta y alcanzó un pequeño frasco con un nombre difícil de pronunciar. De un pequeño cajón sacó una jeringuilla con su aguja. Agitó el tarrito y lo colocó bocabajo. Extrajo el líquido transparente. Remangó la camisa del paciente y le buscó la vena. Una vez localizada le inyectó con rapidez el remedio en cuestión. Ayudó al paciente a echarse.

—Gracias, ya me siento algo más relajado. No me conviene excitarme de esta forma. Puede costarme la vida—aludió fatigado—. ¿Sabe?, va a ser cierto.

—¿El qué? —preguntó Javier, confuso.

—Eso de que ustedes son como los curas. Aunque sepan que tiene delante a un asesino, le deben secreto de confesión. Dígame, ¿por qué no ha intentado matarme?

—Por favor, cálmese e intente seguir con el relato —demandó Javier con diligencia. Quería conocer toda la exposición de aquel caso.

—Pues, como le iba diciendo, aquella mujer me causó desprecio. No soporto la gente débil. Me dan lástima y las repudio por ello. Creen que van a conseguir amor, dinero, éxito por ser buenas y blandas. Lo único que consiguen en la vida es compasión y sufrimiento. Que los demás sientan asco. Son presas fáciles para los depredadores como yo.

—¿Qué hizo después? —Javier sentía cómo su ritmo cardíaco se aceleraba por momentos. Era como una presión que le machacaba todo el cuerpo.

—Esperé a que pasara por caja. Mientras estaba en la cola, esperando ser atendida, me fui al aparcamiento. Cogí una garrafa de gasolina que llevaba en mi maletero y rocié la maquinaria de su coche. Le desconecté un cable y lo dejé sobre el motor para que creara una chispa. Después, amañé los seguros de las puertas para bloquearlas. Me quedé allí esperando a que arrancara. Metió la compra en el maletero, puso al niño en la sillita de atrás. Cuando giró la llave, una explosión arrancó el capó y rápidamente comenzó a arder. El fuego se extendió por todo el vehículo en cuestión de segundos. Ella intentó salir, pero no pudo. Me aseguré bien de ello. Se puso muy nerviosa y golpeaba los cristales y el volante. Sus gritos eran aterradores. El niño también gritaba, «mamá, mamá, quiero salir, mamá». «Me estoy quemando, mamá». Aquello me produjo un placer como ningún otro. De nuevo, otra explosión. Los dos cuerpos se retorcían en un baile esperpéntico y horrible. Disfruté como nunca, doctor.

Javier sentía un fuego que le arrasaba las entrañas. No podía creer lo que aquel monstruo le estaba contando. Le faltaba el aire y el despacho comenzó a darle vueltas. Sus ojos comenzaron a llenarse de agua que de inmediato se derramó por todo su rostro.

—Doctor, no me encuentro bien. Me estoy emocionando demasiado y eso no es bueno en mis condiciones—dijo con dificultad—. Estoy notando un dolor agudo en mi cabeza y en el pecho. Tengo la sensación de que todo me va a estallar. Me temo que no voy a poder darle la sorpresa que le tenía preparada.

Javier intentó controlar sus nervios y sentimientos. Su mente estaba bloqueada. Había perdido la capacidad de reacción y el raciocinio. Hizo un esfuerzo sobrehumano y volvió a tomar el control de sus funciones.

—¿A qué sorpresa se refiere? —preguntó con gran entereza.

—¡Pensaba matarle después de la sesión! —sonrió con dificultad—. ¡Me duele mucho, doctor! —añadió.

—No se preocupe, es normal. El fármaco que le he dado es muy fuerte. Tan fuerte que, una dosis mayor de lo normal sería letal. Tan letal como la que le he inyectado.

—Que… ¿me ha inyectado? ¿De qué está hablando? —preguntó Roberto, confuso. Le costaba hablar y no pensaba con claridad.

—No soy doctor, psicópata hijo de puta. Soy inspector de policía. Llevamos mucho tiempo detrás de ti. Pensaba matarte y ¡ya! Después de lo que me has contado, he pensado en darte una muerte lenta y dolorosa. Esa mujer y ese niño eran mi esposa y mi hijo—sus ojos volvieron a llenarse de agua y fuego, pero supo contenerse—. No estoy dispuesto a que un juez te dé por loco y tengas que ir a parar a un centro de salud mental. Mereces la muerte y yo me voy a encargar de ello. Vas a sufrir como nunca nadie lo ha hecho, aunque me temo que jamás igualarás el sufrimiento que llevaron mi mujer y mi niño, mientras tú los veías arder y consumirse hasta la muerte.

—¡¿Qué me has inyectado, cabrón de mierda?! —dijo con voz rota y apagada.

—Con la dosis que te he metido en las venas, un hierro candente en los ojos te parecería un simple picor con lo que vas a empezar a sentir. El corazón se te romperá en mil pedazos, aunque todavía le bombee sangre a tu asqueroso cerebro—dijo mientras se posicionaba frente a él—. Notarás cómo tus vías respiratorias se van cerrando hasta dejarte sólo con un hilo de oxígeno. Te irás apagando poco a poco. Serás consciente de tu propia muerte. La verás llegar y entrar en tu cuerpo para arrebatarte lo que tú más aprecias y has arrebatado a otros.

—¡Hijo de puta! ¡Me has engañado! ¡Cabrón de mierda! —farfulló mientras clavaba las rodillas en el plástico negro.

Las dos manos las aferraba fuertemente a su pecho en un acto por sobrevivir. Abrió la boca intentando tomar todo el aire posible, a pesar de que sus pulmones menguaban por momentos. Alzó la cabeza y miró a Javier. Era una mirada entre desprecio, odio y clemencia, pero supo que yo no había vuelta atrás. Javier secó sus ojos y se acuclilló. Acercó su boca al oído de aquel ser repugnante.

—¿Ves este plástico? Es para envolverte mientras mueres agónicamente. Después te echaré al maletero de mi coche y te llevaré a un descampado donde te prenderé fuego. No sé si estarás vivo mientras ardes en el infierno, pero créeme, eso es algo que disfrutaré pensando el resto de mi vida.

Roberto abrió los ojos en un acto de impotencia. Cayó al suelo y Javier fue enrollando la cubierta hasta envolverlo del todo. Rasgó un trozo para que siguiera teniendo ese hilo de aire. Durante el trayecto hasta el lugar indicado, Javier pensó muchas cosas. Todo este tiempo creyendo que su familia fue víctima de un accidente fortuito. Su esposa podía haber vivido un año más. Haber disfrutado un año más con ella y tenía el resto de su vida para ver crecer a su hijo, llevarlo al colegio, jugar con él, sus primeras salidas con chicas. Las lágrimas fueron cayendo como una cascada de agua. Maldijo la vida, maldijo el destino y maldijo a la humanidad entera.

Llegó al descampado de la Chana. Antes de bajar comprobó el lugar. Observó a lo lejos unos cuantos yonquis alrededor de un bidón con fuego. Estaban en lo suyo. Nada de qué preocuparse. Salió del coche y abrió el maletero. Roberto todavía respiraba. Intentó hablar sin conseguirlo. Lo echó en su hombro como un saco de cemento y lo tiró al suelo. Sacó un trozo de manguera y abrió la tapa del depósito. Introdujo el manguito y succionó hasta que sintió el líquido en sus labios. Escupió y apretó con los dedos para derramar el combustible sobre el cuerpo y lo arrastró unos metros, fuera del alcance del vehículo. Metió la mano en su bolsillo y sacó un Zippo. Roberto se retorcía en un acto de escapar de aquella situación. Parecía un gusano con aquellos movimientos. Eso fue lo que pensó Javier. Al fin y al cabo, era un asqueroso gusano. Con el dedo gordo abrió la tapa del encendedor. Miró al psicópata con desprecio unos instantes. Accionó la rueda y la llama se alzó como un guerrero a punto de entrar en combate. Antes de soltar el Zippo, articuló unas palabras:

—Saluda al Diablo de mi parte, ¡hijo de la gran puta!

Una llamarada se extendió por todo el bulto. Susurros de agonía se escapaban de su garganta medio cerrada. Aquello se doblaba y retorcía en un acto de dolor que se fue apagando a medida que el fuego lo consumía. Entonces, silencio. Un silencio en el que las llamas tomaban el control de una lucha que estaba ganada desde que el encendedor cayera sobre aquel moribundo. Javier entró en el coche y se alejó de allí. Sin remordimientos. Con la satisfacción de haber hecho justicia, o eso quería pensar.

Impactos: 9

Redacción

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