Orígenes

Orígenes

ORIGENES

Este relato opta al Premio JUAN MADRID al mejor relato negro criminal.

Volver a casa nunca estuvo entre sus preferencias, entre sus objetivos, entre esos deseos que una vez, Julián, anotó decidido en una servilleta de papel, antes de abandonar el pueblo al que se dirige de nuevo, subido en su coche, nostálgico, apretando las mandíbulas mientras la noche se vuelve madrugada. Salió de Madrid a medianoche y esperaba llegar en poco menos de dos horas y media a su localidad de nacimiento, la Puebla del Maestre, en Badajoz. Conduciendo por la autovía de la Ruta de la Plata, mirada al frente, visualiza ante sus ojos los recuerdos de una infancia que ya nunca volvería, de una niñez dulce que desapareció la noche en que su padre les abandonó, lluviosa noche aquella. Recordaba como las gotas de agua golpeaban con fuerza los cristales de su habitación mientras trataba de dormir abrazado a su peluche, oyendo a pocos metros el llanto desconsolado de su madre. Solo tenía diez años. Su madre, menuda era ella. Pero nunca superó aquella marcha. Nunca volvió a ser la misma. Recuerda en ese momento la última vez que se vieron. Fue justo el día que marchó de casa.

Julián portaba las maletas en su mano, una mochila a la espalda y un profundo suspiro antes de cruzar el dintel que le separaba de la calle. De brazos cruzados, Luciana, su madre, una señora de pueblo, con el cabello oscuro y ondulado y una mirada que te penetraba en lo más profundo del corazón, como un puñal, removiéndose, contemplaba impasible como su hijo cumplía con la decisión que tomó días antes.

—Así que te marchas…

—Ya te lo expliqué, mamá. Es el momento de hacer lo que quiero. Siento que es lo que debo hacer.

—¿Y yo?

—Tú seguirás bien. Aquí en tu pueblo, donde te encuentras cómoda. Pero no puedes pedirme que me consuma aquí. Aún soy joven y necesito echar a volar.

—Me vas a abandonar.

—Te he implorado que vinieras conmigo a Madrid. Allí podremos estar bien los dos.

—La ciudad no es para mí.

—El pueblo tampoco lo es para mí, mama—e acercó a ella, para besarla en la mejilla, pero le vuelve la cara—. Te llamaré cada día. Te lo prometo.

—Ya veremos si respondo.

—Espero que, con el tiempo, puedas comprenderme.

—Eso mismo me dijo tu padre el día que cruzó esa puerta. Justo como vas a hacer tú.

—No me compares con él. Por favor te lo pido.

—Sois dos gotas de agua.

Julián y Luciana se quedaron en silencio. El joven bajó la mirada, triste por esas últimas palabras de su madre. Ella no podía contener aquellas lágrimas que bajaban de sus ojos.

—Vamos. Lárgate de una vez —ordenaba Luciana, que casi lo empujaba a salir de su casa. La que le vio crecer.

Observa como el recuerdo se disipa en mitad de aquella carretera tan monótona como firme, mientras sostiene con fuerza el volante.

—Lo siento, madre. Marchar a Madrid fue la decisión más importante que tomé en mi vida, pues pude hacer aquello que anhelaba —dice para sí mismo, mientras observa a su lado sus, carné de periodista, cámara y libreta de apuntes, con una sonrisa.

Prosigue el camino. Ya quedan pocos kilómetros para llegar al pueblo. Cuanto más se acerca, mayores son los recuerdos que se agolpan ante sus ojos. No puede evitar tiritar, pues enfrentarse al pasado no es nada fácil cuando decides dar carpetazo a una vida sin muchas más explicaciones que echar a volar. No solo dejó a su madre en aquel pueblo, su única familia, también a Andrea, su novia de siempre. De su cartera saca una foto algo estropeada, que siempre guardó con ternura y cariño. Allí estaban. Dos jóvenes enamorados, acaramelados, uniendo sus rostros, sonrientes, felices. No puede evitar sonreír, volver a esos momentos. El primer beso, paseando por el pueblo, escondidos para que nadie los viese, cuando solo tenían doce años. Cuando decidieron hacerse novios, poco después, caminando cogidos de la mano por los senderos que recorrían el pueblo. Su primera vez, una tarde de verano, aprovechando que se quedaron solos. Eran recuerdos tan especiales que incluso provocan que los ojos de Julián se cristalicen, hasta el punto de soltar algunas lágrimas que resbalan por las mejillas.

—Te quiero mucho, princesa —le decía, mientras juntos estaban abrazados, tumbados en el suelo, admirando el azulado cielo, respirando la paz alejados del pueblo.

—Y yo a ti, mi príncipe —acompañaba ella, con un beso.

—¿Sabes? Cuando pasen dos años y cumplamos los dieciocho, nos iremos a vivir juntos. La Jacinta va a vender su casa y con lo que tenemos ahorrado, podemos comprársela, ¿Qué te parece?

—¿Ahorrado? Serás tú, porque yo no tengo nada de dinero ahorrado —reía a carcajadas Andrea.

—Bueno, pues le damos algo y lo demás se lo vamos pagando con lo que vayamos ganando.

—Pero, para eso ambos debemos trabajar, ¿no crees? Tú ahora estás estudiando y yo, bueno, yo ayudando en casa a mi madre. No es buen momento para dar ese paso. Creo que debemos esperar un poco más.

—No veo el momento de vivir nuestra propia vida juntos—acariciaba el rostro de su novia, besándola en la mejilla—. ¿Por qué nosotros no podemos tener proyectos de futuro?

—Claro que los tenemos, amorcito —se incorporaba, buscándole con la mirada, mientras él seguía tumbado—, solo que ahora debemos aceptar el momento que nos ha tocado vivir, nuestras circunstancias personales y lidiar con ellas.

—Siempre lo mismo.

—No te frustres, cariño —le besaba en los labios, con ternura—. Ya verás que pronto llega nuestro momento.

Aquella escena vuela lejos de sus ojos, al cerrarlos, rompiéndose en cientos de pedazos como un espejo al que han apedreado con rabia. Fuerte suspiro. El recuerdo de su Andrea hace que su corazón palpite acelerado. Y es que ella su primer y único amor. Tras diez largos años alejado del pueblo, de su vida anterior, fue incapaz de conocer el amor con otra mujer. Y eso que tuvo alguna que otra candidata, pero ninguna le hizo sentir lo que ella. Ninguna le hizo olvidar ese juvenil rostro lleno de vida, deseoso de romper con las ataduras que la atrapaban en aquel pueblo, que paseaba ante sus ojos cuando se sentía solo.

Llega el momento de desviarse, de salir de la autopista para tomar la carretera que desembocaría en el pueblo. Un letrero anuncia que solo quedan veinte kilómetros para llegar. La calidad de la carretera se reduce mientras se aproxima. Justo en una curva, donde apenas se aprecia nada, sus luces de largo alcance golpean con fuerza la figura de un señor extraño que huye despavorido hasta su furgoneta, que tiene orillada en la carretera, mugrosa, sin las luces de emergencia encendidas. Julián frena en seco. Contiene la respiración, algo sobresaltado. El extraño hombre se queda petrificado, frente a él, en mitad de una carretera donde ni siquiera los animales del campo cruzaban. Se puede ver como de sus labios se desprende el vaho, ya que fuera hace bastante frío. Julián baja del coche, para ayudar a ese extraño hombre, con su buena fe, pensando que algo le habría ocurrido, pues no era muy normal ver a alguien en aquellas carreteras a esas horas y sin luces. Quizás una avería. Será lo más seguro.

—Buenas noches. ¿Necesita usted ayuda?

Pero aquel extraño hombre, de cabello canoso, facciones rugosas y ojos negros, abiertos como platos, además de poblada barba canosa, no articula palabra. Apenas mueve una extremidad, ni tan siquiera sus pestañas. Viste un pantalón vaquero pringado de barro hasta las rodillas, una camisa a cuadros y un chaquetón de caza que cubre su cuerpo.

—¿Se encuentra usted bien? —continúa Julián.

De pronto, aquel extraño hombre camina hacia la parte trasera de su furgoneta. Abre la puerta y de ella saca una escopeta de cartuchos. Con ella, apunta con firmeza a Julián quien, sorprendido, asustado, tembloroso, alza sus brazos, tragando saliva.

—¡Fuera de aquí! O le vuelo la tapa de los sesos —grita aquel extraño hombre, con una ruda voz.

—Disculpe, yo solo quería…

—¿Es que no me has oído? —insiste, cargando su escopeta, dispuesto a desenfundar— ¡Que te largues, maldita sea!

Sin esperar un solo segundo, Julián vuelve al coche y reanuda la marcha, tembloroso, temiendo que aquel loco abra fuego mientras marcha. Acelera, arriesgando ponerse en peligro en aquella carretera donde nada se aprecia. Por el espejo retrovisor deja de ver aquella figura. La oscuridad la engulló. Continúa, tratando de calmar su respiración. Manos sudorosas. Estuvo cerca de toparse con la muerte, sin desearlo. Durante varios kilómetros, no puede dejar de mirar el espejo, para cerciorarse de que no le sigue. No lo parece. Suspira algo aliviado. Ya solo quedan cinco kilómetros. Ahora el cuerpo le vuelve a vibrar, pero por el nerviosismo de la cercanía con su pasado, con parte de su vida, la que un día abandonó, aquella que el destino vuelve a poner ante él.

Nada parece haber cambiado en aquel pueblo tras diez años. Es de madrugada y como es normal, el silencio se apodera de sus calles. Nadie aparece en ellas. Toma la calle principal y llega hasta la plaza. Allí deja el coche y se baja. Mira al bar de siempre, donde de joven, pasaba horas con los amigos, y con Andrea. Sonríe al ver a Neño, como conocían al dueño, aún allí, limpiando un poco, pasando la escoba. Era de poco dormir. Está mucho más mayor, más apagado, con mirada decaída y triste. Su vida era ese bar.

—Buenas noches, Neño —saluda Julián.

—Coño, pero si eres tú —camina hacia él tras dejar el escobón y el recogedor y le da un achuchón, dibujándose en su rostro una mueca de felicidad que casi lo ilumina—. Pero, ¡Cuánto tiempo! Ya pensaba que nos habías olvidado.

—Bueno, un poco sí.

—Uno nunca puede olvidarse de sus raíces. Y tú, por mucho que marches lejos, siempre serás del pueblo —da un leve cachete—. Oye, pareces cansado. ¿Has cenado? Yo ya he cerrado, pero puedo ofrecerte algo de chacina del pueblo para comer.

—A eso no puedo decirte que no.

Ambos entran en el bar. Todo parece seguir como lo recuerda, aunque muchas cosas cambiaron. Neño le corta un poco de chorizo y algo de pan que, pese a las horas, Julián degusta con nostalgia. Como los sabores del pueblo, ningunos.

—Esto sí que no lo encuentras en ningún lado —dice, con la boca llena. Está hambriento.

—Bueno, cuéntame, ¿Qué te trae por el pueblo de nuevo?

—Pues no se si lo sabes, pero me hice periodista —contesta Julián, provocando en Neño una mueca alegre, sorprendido—. Y me mandan a cubrir el caso de una joven desaparecida, precisamente en el pueblo. ¿Sabes de quién se trata? No tengo datos. Hoy me han dicho que tenía a toda prisa.

—Claro, sé de quien se trata, hijo…y tú también —pasa su mano por el hombro derecho del joven periodista, que le mira extrañado, al ver como sus ojos se vuelven grises. Neño agarra un cartel que tiene en la barra del bar donde se aprecia la imagen de una chica, muy guapa, con una sonrisa algo forzada. Al ver el nombre, Julián deja de masticar. Palidece—. Es Andrea. La chica con la que tú salías.

—¿Cómo dices? Pero ¿cómo? —Aquella noticia le deja en shock, sin saber bien qué decir, sin apenas poder respirar.

—No se cómo no te has fijado. El pueblo entero está empapelado con su foto —dice Neño, que mira el cartel—. Hace días que no sabemos de ella. Desde aquella noche que…

—¿Qué? ¿Qué paso esa noche?

—Yo solo vi como discutía con alguien por teléfono. Le imploraba que le dejase en paz, que no volviera a llamarla. Estaba tan nerviosa la pobre. Al poco tiempo montó en su coche y salió del pueblo a toda velocidad, como un rayo.

—¿Sabe esto la Guardia Civil?

—Yo mismo se lo conté desde el momento que dejamos de saber de ella —contesta Neño, asintiendo—. Pero de momento no han encontrado nada. Tan siquiera una pista. Por eso, llamamos a los medios de comunicación. ¿Quién nos iba a decir que serias precisamente tú quien viniera? Tenía que ser el destino.

—Neño, escúchame. Tienes que contarme todo, con pelos y señales, por favor —pide Julián, casi zarandeando al hombre mayor de calva imponente y camisa blanca con algún que otro lamparón—. Ya poco me importa cubrir la noticia. Quiero, necesito ayudar.

—Yo te he dicho lo que sé, Julián —dice Neño, mirándole a los ojos, sincero—. Lo mismo que a los agentes. Si necesitas saber más, debes acudir a la Guardia Civil y preguntarles a ellos. Nosotros no podemos hacer más que seguir cuidando de su impedida madre, que aún vive.

Aceptando que no tiene demasiado que hacer, sube al coche y pone rumbo al puesto de la Guardia Civil de Puebla del Maestre. Mientras lo hace, no puede evitar recordar aquella última conversación con Andrea, mientras recuerda el cartel donde se podía leer «DESAPARECIDA».

Fue en el bar del Neño. Ambos ocupaban una mesa fuera. Hacía buen tiempo y eso invitaba a ello. Tomaban un café. El rostro de Julián era serio, mientras que Andrea trataba de asimilar esa noticia.

—¿Y qué va a pasar con nosotros? —preguntaba, entre sollozos.

—Puedes venir conmigo. Empezar esa vida que tanto anhelamos lejos de aquí.

—Sabes de sobra que no puedo dejar a mi madre sola. Ella no puede valerse por sí misma.

—Bueno, pues llevémosla con nosotros. Allí seguro que podremos encontrarle los cuidados que necesita —proponía Julián, agarrando las manos de su chica, que pronto se soltaban.

—Ella no quiere marcharse. Los médicos no recomiendan que se mueva.

—Andrea, no podemos seguir atrapados por el destino que nos ha tocado asumir. Hemos de emprender nuestro camino. Yo terminaré la carrera allí y comenzaré a trabajar de periodista. Es algo a lo que no pienso renunciar.

—Si es lo que quieres…adelante.

—Es lo que quiero…pero quiero que estés conmigo en esto —intentó agarrarle las manos de nuevo, pero no se dejó. Le lanzó una mirada furtiva—. Andrea, no quiero una vida donde tú no estés.

—Si tomas esa decisión, no nos quedará otra —sentenció, con los ojos lagrimosos—. Hemos sido muy felices estos años. Quedémonos con ello.

Casi se lleva por delante el Patrol de la Guardia Civil, que se halla aparcado en la puerta. Frena bruscamente, mientras aprecia cómo ese recuerdo se destiñe. Lo último que sus ojos ven es a él mismo marchándose, mientras Andrea se quedaba sola, llorando. Entra al puesto de mando, donde un agente le recibe.

—Buenas noches, soy Julián Garralda, periodista de Planeta Tierra —muestra su identificación, mientras el guardia bosteza—. Venía para hablar con el inspector al mando de la desaparición de Andrea Bermúdez.

—Esa investigación se está llevando a cabo desde la capital —le espeta el guardia—. El inspector viene mañana, ya que ha instalado aquí su despacho mientras tanto.

—Mire, necesito llamarle, que me reciba ahora —insiste Julián.

—Y yo le digo que venga mañana.

De pronto, el teléfono suena. El guardia lo atiende. A medida que la voz al otro lado del mismo habla, su rostro dibuja una mueca de estupefacción, con los ojos abiertos como platos y casi conteniendo la respiración. Cuelga y llama por teléfono.

—Inspector Miranda, le hablo del puesto de mando de Puebla del Maestre. Al parecer —mira a Julián, rostro serio— han encontrado el cadáver de la chica, a pocos kilómetros de aquí.

Aquella noticia golpea con dureza el pecho de Julián, que apenas es capaz de asimilar lo que oye. El movimiento a su alrededor es atronador. Los agentes de guardia se disponen a salir.

—Si quiere, puede seguirnos. Tendrá la exclusiva que busca.

¿Exclusiva? ¿Qué importa eso ahora? Sin esperarlo, como si estuviese en un túnel oscuro, tratando de digerir aquellas palabras que oyó de boca de aquel guardia, llega justo al punto kilométrico donde se encuentra un operativo. Un carril cortado, en aquella curva que tan familiar le resulta. Al bajarse del coche, se acerca al precinto. Los agentes de la benemérita no le dejan proseguir. Mira en rededor. Allí estuvo antes, ¿cuándo? Recuerda entonces la escena que vivió hacía ni una hora. Ante sus ojos, pasa la imagen de aquel extraño hombre, apuntándole con esa escopeta, pidiéndole que marchase de aquel lugar o le mataba. Aquella mugrosa furgoneta, aquella oscuridad. Ahora todo parece tener sentido. El inspector Lucas Miranda aparece en escena, con una gabardina gris, fumándose un cigarro. Es joven, pero aparenta muchos más años. Se acerca a él.

—Inspector, ¿Qué tienen?

—¿Y usted es?

—Julián Garralda, periodista —vuelve a mostrar sus credenciales.

—Lo siento, joven. De momento, el caso está en secreto de sumario.

Aquellas palabras apenas las asume. Decide saltarse el cordón y correr hacia la escena, mientras el inspector ordena a dos agentes que le atrapen. Puede verla, al amor de su vida, a su novia de siempre, diez años después, desnuda, sobre aquel frío suelo, degollada, con moretones sobre su débil cuerpo. Aquella estampa le encoge el corazón. Le hiela la sangre. Apenas siente las piernas. No puede evitarlo. Se desmaya.

Despierta en una habitación que le trae recuerdos. Todo está tal y como lo dejó. Es su habitación. Está en casa. Da un brinco y nombrando a Andrea, se pone en pie. Se mira al espejo. Está en paños menores. Se viste a toda prisa, mientras echa una mirada en rededor. Admira sus recuerdos, sus cosas de siempre. Le hace evadirse de la realidad tan solo unos segundos, hasta que mira su teléfono móvil. Numerosas llamadas perdidas de su jefe. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? Mira por la ventana. Día gris. Llueve. Sale de la habitación. Baja las escaleras. Sentada en un butacón, su madre, Luciana, hace ganchillo, mientras mira la televisión. No se habla de otra cosa que del suceso que todos comentan. Está mucho más mayor, como si en lugar de diez años, hubieran pasado por ella al menos treinta. Cabello canoso, arrugas que casi contraen su rostro y una mirada oscura que apenas destila una mota de alegría. Al verla de nuevo, Julián se mantiene firme, eterno suspiro. Toca enfrentar el pasado, aún sin asumir lo que sus ojos vieron por última vez.

—Hola mamá.

—En la cocina te he dejado un poco de comida, por si tienes hambre —contesta, sin mirarlo.

—No tengo demasiada hambre.

—Pues deberías comer. Llevas dos días durmiendo.

—¿Tanto tiempo? —se sorprende Julián.

—Los agentes te trajeron aquella noche. Podrías haberme dicho que volvías al pueblo.

—No sabía si querías verme —contesta Julián, inseguro, con la voz algo trabada—. En todos estos años no hemos vuelto a hablar. Desde el día que marché.

—Fue lo que decidiste —lo mira ahora. Miradas de madre e hijo conectan de nuevo, años después, mientras un silencio les envuelve—. Deberías vestirte e ir a su entierro. Es en poco menos de una hora.

—Joder, aún no lo asimilo —termina de bajar las escaleras y se coloca junto a su madre, admirando la televisión, donde el inspector Lucas Miranda cuenta los últimos detalles de la investigación, sin nada fijo—. Me mandaron a cubrir la noticia de su desaparición. No supe nada hasta que llegué al pueblo.

—Si no te hubieras marchado, nada de esto hubiera ocurrido.

—¿De qué hablas, mamá?

—Esa chica estaba perdidamente enamorada de ti —contesta Luciana, sin dejar el ganchillo—. Desde que te marchaste, dejó de ser esa joven alegre para convertirse en una muchacha triste y apagada. ¡Tú la mataste!

—Eso que dices es cruel —dice Julián, compungido.

—Al menos, ve a despedirte de ella.

Aquella última mirada que su madre le lanza penetra de nuevo en su corazón como la última que le dedicó cuando cruzó la puerta tiempo atrás. Vuelve sus ojos al televisor mientras sigue moviendo sus manos. Parece una bufanda lo que teje. Aquellas palabras retumban en sus oídos, en bucle. Tanto que, mientras se viste, de rabia arremete un fuerte puñetazo contra la puerta de su armario, dejando un enorme boquete. Sale de su casa. Esta vez será la definitiva. Última mirada al interior. Hogar, ¿Dulce hogar? Esta vez su madre no sale, como lo hizo aquel día al verle marchar calle arriba en busca de un destino que pudiera escribir con sus propias manos. Da un fuerte portazo. Una manera de cerrar con el pasado para siempre.

Camina unos pasos y se une a todos los vecinos, caminando en silencio hacia el camposanto, para dar cristiana sepultura a su amor de juventud, al amor de su vida. Prácticamente todos quieren asistir. Nadie se lo pierde. Rostros tristes, paraguas abiertos. El cielo llora lágrimas de tristeza por la pérdida de una vecina querida en un pueblo pequeño, donde casi todos son familia. Mientras es enterrada, con el alcalde de la localidad presidiendo dicho acto, su madre sigue postrada en una cama, Julián no puede contener las lágrimas, mientras un último recuerdo recorre sus pupilas.

Subía a aquel bus, destino a Mérida, desde donde partiría hacia Madrid. Tomaba asiento. Sensaciones extrañas. Por un lado, la ilusión de emprender una nueva vida lejos del pueblo. Por otro, la tristeza de dejarlo todo atrás. Las duras palabras de su madre comparándole con su padre aún retumbaban, pero si había algo que echaba en falta, fue ver por última vez a Andrea. Ni siquiera acudió a despedirlo, tal y como le pidió la noche antes. Miraba por el cristal, rostro fruncido, ojos húmedos. El motor arrancaba. Ya no había vuelta atrás. Allí la vio. Corriendo tras el bus. Golpeando el cristal, mientras lo nombraba. Sus ojos lagrimosos, aquel rostro tan dulce que se volvía triste. Julián colocaba sus manos en el cristal, mientras repetía una y otra vez que la amaba y que volvería a por ella. Que le esperase. Pero nunca regresó. Lo hizo, pero fue tarde.

Algunos vecinos aprovechan para saludarlo, pero no tiene ánimos para responder. Cuando se dispone a salir del camposanto, aprecia una figura a lo lejos. Un rostro familiar. Era él. El mismo hombre que encontró en aquella carretera. Quien con una escopeta le encañonó, justo en el lugar donde apareció el cuerpo de Andrea. Llevaba la misma ropa. Manos en los bolsillos, rostro de tristeza, se aleja. Julián no deja de seguirle con la mirada. Le interrumpe el inspector Lucas Miranda.

—¿Cómo se encuentra? Nos dio un susto de muerte.

—Ya algo mejor, inspector —responde, con algo de prisa.

—Solo quiero que sepa que estamos trabajando duro para encontrar al asesino, pero nos resulta muy complicado. Hemos encontrado unas huellas de unas botas de cazador, pero pueden ser de mucha gente. Por esa zona, pasan muchos —informa el inspector.

—Gracias, inspector —emprende la marcha Julián, pero se detiene en seco—. Un momento—. Medita si contarle lo que sus ojos vieron aquella noche, y que está tan cerca que no lo puede imaginar, pero toma una decisión drástica—. No se preocupe. No es nada. Espero que pueda dar pronto con ese criminal.

—No lo dude.

Julián sale del camposanto, buscando con la mirada a aquel misterioso hombre. Lo ve a lo lejos, subirse de nuevo a aquella furgoneta mugrosa. Monta en su coche y le sigue, con cuidado. Se aleja del pueblo, rumbo a una especie de cabaña en una montaña. Mantiene una distancia considerable para que no sospeche de ser seguido. Se detiene. Baja de la furgoneta y entra en aquella cabaña, mientras Julián aguarda, oculto, con los labios apretados. Tirita, pero tiene claro lo que debe hacer. ¿Para qué dejarlo en manos de la justicia? ¿Para que se declare loco y a los pocos años esté en la calle? ¿Para que pueda seguir con su vida en el futuro próximo mientras arrebató la de una mujer? No era una mujer cualquiera. Era su chica.

Baja del coche y camina decidido hacia aquella cabaña. La puerta se halla entreabierta. Con cuidado, la atraviesa. En un pequeño salón, el hombre solloza, sentado en una silla, acodado sobre sus rodillas, sin parar. Niega, se golpea el rostro, se maldice, se pregunta por qué.

—Asesino —le espeta Julián, entre dientes.

Aquel hombre da un brinco y se vuelve hacia Julián. Se miran bajo un tenso silencio. Los ojos del joven periodista destilan una rabia infinita, mientras que los del hombre extraño tiemblan.

—Tú la mataste. ¿Por qué?

—Yo no quería, de veras que no quería. Solo quería que viniera conmigo. La necesitaba conmigo.

—¿Qué tienes que ver con ella, maldito seas?

—Ella era mi todo —contesta aquel misterioso señor—. Sin ella mi vida no tenía sentido.

—Así que fuiste tú quien la llamó aquella noche por teléfono.

—Le dije que si no venía haría lo mismo que la otra vez, cuando nos conocimos.

—¿De qué hablas, maldito loco?

—Ella me salvó. Me salvó cuando lo creía todo perdido. Cuando no veía salida, cuando me encontraba perdido. Estuve a punto de hacerlo. De quitarme la vida. Me subí a aquel puente para lanzarme al vacío. Entonces apareció ella. Me pidió que no lo hiciera. Su rostro, tan hermoso, me recordaba tanto a mi Virginia. A ella la perdí meses antes. Desde entonces, dejé de ser el mismo y si no hubiera sido por Andrea —se lleva las manos al rostro. Profundo resoplo contra sus manos. Cuando de nuevo lo descubre, sus ojos están embadurnados en lágrimas—. Ella fue mi ángel de la guarda. La que dio sentido a mi vida de nuevo.

Se vuelve a sentar derrotado en la silla. Julián echa una mirada en rededor de aquel diminuto salón, desordenado, lleno de botellas de whisky barato, de pastillas sobre la mesa y una foto al fondo donde se aprecia una familia feliz: el hombre, una mujer que no era Andrea —sería Virginia— y un niño pequeño. Junto a la misma, un recorte de periódico, donde se puede leer un titular: «Un incendio en el supermercado de Llerena provoca la muerte de dos personas». Junto a ese titular, una foto de Virginia y ese crío. Julián se vuelve hacia aquel extraño hombre. Poco le importa su historia. Su pasado. Su justificación. Había asesinado al amor de su vida. El rostro sonriente de Andrea pasaba una y otra vez ante sus ojos. De nuevo, aquellos recuerdos. Aquellos momentos junto a ella. Contrastando con todo ello, la imagen de su cuerpo sin vida, desnudo, degollada. Sus ojos cerrados para siempre. Siente que flota de nuevo ante él. Apretando los labios, no puede contener esa ira que lo invade, que le invita a volverse diablo por unos minutos. Agarra un báculo que encuentra cercano y, sin pensarlo dos veces, le asesta un cruel golpe, mientras continúa llorando sin cesar, de espaldas. Dolorido, cae al suelo. Julián se acerca a él, apretando los dientes, respiración acelerada. Aquel extraño hombre le mira.

—Por favor, envíame con ella. De vuelta con ella y con mi familia. Necesito volver a ser feliz.

—La gente como tú va al infierno, maldito seas.

Julián la emprende a golpes contra el cuerpo de aquel hombre, haciéndole sufrir lo que, según él, merece. Cada vez le quedan menos fuerzas, mientras el báculo se empaña de rojo y las manos de Julián igual, así como su ropa. Con cada golpe, un dulce momento junto a Andrea y sus deseos frustrados de volverla a ver. Queda inconsciente, pero aún respira. Nadie debe saber que estuve aquí. Rocía con gasolina que saca de la furgoneta y le prende fuego a la cabaña. Está alejada de cualquier núcleo urbano, nadie puede percatarse, al menos, hasta pasadas unas horas. Julián emprende camino de regreso a Madrid, para siempre, mientras visualiza en la distancia como las llamas devoran la cabaña, con el asesino del amor de su vida, con el que no pudo reencontrarse diez años después.

A los pocos días, firma la crónica del suceso: «La joven Andrea Bermúdez, de tan solo veintiocho años, fue hallada asesinada a pocos kilómetros de su localidad natal, la Puebla del Maestre, en Badajoz. La Guardia Civil cree haber encontrado un nexo de unión entre esta muerte y el incendio de una cabaña a pocos kilómetros, donde se halló el cuerpo de un hombre carbonizado. Entre las pertenencias halladas en su furgoneta, se ha podido encontrar ADN de la joven, así como alguna prenda íntima de la chica. Aunque no es oficial, todo indica a que ese hombre fue el asesino. La Guardia Civil trabaja a destajo para identificar al presunto asesino»

Impactos: 29

Redacción

Redacción

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies