Perturbación crepuscular

Perturbación crepuscular

PERTURBACIÓN CREPUSCULAR

Este relato opta al Premio JUAN MADRID.


Julio finiquitó la botella de ron de un trago. Hacía tiempo que los destilados no le quemaban en su descenso por el esófago. No albergaba duda alguna de que sus órganos se habían vuelto insensibles al trasiego de alcohol. «Seguro que ellos mismos se habrán recubierto de una capa de células resistentes y los tenemos insensibles», le había dicho hacía tan solo una hora al tipo que dormía a su lado cubierto con un viejo edredón de flores descoloridas.

         La oscuridad de la noche cubría los parterres del antiguo cauce del río que atravesaba la ciudad de Valencia, y solo alguna farola peatonal se atrevía a presentarle batalla con su tenue luz pajiza. Desde su posición bajo el puente podía ver un tramo de las numerosas sendas de tierra que recorrían los jardines del Turia. En el límite de su campo visual, una de las bombillas que alumbraban los paseos solitarios titilaba incansable.

         Hacía tiempo que sus lagrimales se habían gripado, cosa que no le impedía sufrir continuos lamentos emocionales. De hecho, su existencia se había convertido en un castigo eterno y el transcurrir de las horas no era más que un fingido acto sin sentido. Durante los periodos en que permanecía lúcido, la retahíla de pensamientos amargos desfilaba por su cabeza como una procesión fúnebre de imágenes que aguijoneaban su corazón. Se asemejaba a las cintas transportadoras de los aeropuertos, en las que los equipajes de dueños despistados dan una vuelta tras otra hasta que alguien las retira del bucle en que se mueven. Julio no lo soportaba, y por eso bebía.

         Se apropió del tetrabrik de vino de su amigo durmiente y comprobó que estaba casi entero. Dio tres sorbos y eliminó los restos de sus labios con la manga de su cazadora. Un tipo montado en un patinete pasó bajo sus pies como una exhalación, por el camino que atravesaba el ojo del puente donde se encontraba sentado. Un viejo contenedor de basura, sobre el que su compañero de borracheras había apoyado un palé de madera, servía de improvisada escalera para encaramarse hasta la hornacina en la que su anciano colega pasaba las noches. Julio no era más que un invitado en el nicho rectangular horadado en una de las pilastras del puente, a cinco metros de altura, entre el estribo y la línea de impostas, ya que Adolfo era el dueño moral del reducido espacio en el que se encontraban.

          Lo había conocido una noche en la que la gran cantidad de alcohol consumido lo desvió de las calles de la ciudad hasta desembarcar bajo el puente de Serranos, donde se desplomó inconsciente. Despertó arropado por un par de raídas mantas que pertenecían a su nuevo compañero de tragos. Sin duda le habían salvado de una más que probable muerte por hipotermia. El viejo Adolfo vivía de la caridad de los valencianos y de las comidas que servían en un centro social para indigentes de la ciudad. Cuando lo visitaba, cosa que últimamente hacía a diario, le llevaba una bolsa con comida y lo que más le gustaba: el vino peleón de tetrabrik. «Media hora después de haberlo tomado, aún puedes notar el regusto agrio en la boca. Me encanta esa sensación», le dijo el primer día que bebieron juntos.

        Dio un nuevo sorbo, y de nuevo se vio asaltado por los recuerdos que mordisqueaban su alma desde la muerte de su hijo. Fueron duros meses de visitas a hospitales hasta que, ironías del destino, ingresó de forma definitiva el mismo día que cumplía años. No hubo tarta ni regalos, solo el dolor y el sufrimiento con los que la maldita enfermedad del cáncer devastó a su familia, tras decidir arraigarse en los frágiles huesos de su único hijo. Fue como un proyectil que impactó en los cimientos de la estable estructura que había levantado junto a Noemí, su reina, su diosa y su amada esposa.

         Desde su posición elevada vio pasar una mujer a la carrera, con un modelito deportivo ceñido al cuerpo, zapatillas blancas y unos AirPods empotrados en las orejas. «Mala idea circular sola por aquí a estas horas», pensó Julio mientras acercaba el orificio del tetrabrik a su boca por tercera vez. Adolfo se removió sobre las capas de cartones que conformaban su lecho. Julio comenzó a experimentar cómo la embriaguez enturbiaba su forma de pensar.  Sabía que su cuerpo y su alma pronto entrarían en un estado de falsa ingravidez, y que al final su cerebro se desconectaría de la consciencia sin previo aviso. Pero aún tuvo tiempo de proyectar sus recuerdos hasta el funeral de su pequeño Bruno.

         En el cementerio de Mislata, a la pobre de Noemí hubo que sentarla en una silla porque sus piernas apenas podían mantenerla en pie. Estuvo como ausente durante toda la ceremonia en la que, tras un breve responso, introdujeron el pequeño ataúd en el nicho y lo tapiaron con una placa de yeso. Solo pareció volver en si después de que los familiares se hubieran marchado del camposanto. Se puso en pie con ímpetu y gritó enfurecida: «Ocho años. Solo tenía ocho años, maldito Dios. ¿Por qué? ¿Por qué a él? ¡Quiero saber por qué a él y no a mí!». Julio necesitó la ayuda de su compañero, el subinspector Torres, para sujetar a su esposa, desbocada y dominada por la rabia que le generaba la maldita impotencia. No encontró palabras de consuelo ni razonamientos que ofrecerle. No solo ese día, tampoco en los meses en los que ella se encerró en sí misma y rechazó cualquier contacto con amigos o familiares. Su prometedora carrera de modelo de manos y de cabello se fue al traste en pocos meses, al incumplir los contratos que tenía firmados. Rezumaba pesadumbre, y su incapacidad de sobreponerse a la adversidad la llevó al abandono físico y a un final desastroso: su adicción por la bebida.

         Sonó la alarma de la tristeza en su teléfono móvil y recibió una nueva dentellada de dolor. Era el mismo latigazo de tortura que se infligía todos los días a las 02:14 de la madrugada, la hora exacta en que falleció su hijo Bruno. Cuando aún vivía con Noemí, y con un absurdo ánimo de autoflagelación, programó una alarma en modo perpetuo para recordar el trágico momento de su muerte, como si fuese posible olvidar un detalle tan doloroso como aquel.

         Soltó un quejido, al que le siguió otro lingotazo de vino. Se apoyó en el borde de piedra de la pilastra de puente y dejó que sus piernas colgaran sobre el vacío. Por un segundo pareció perder el equilibrio, y a punto estuvo de desplomarse sobre el contenedor de basura. Se recompuso y se encogió de hombros, como si con ese gesto pudiera lograr que la fría humedad nocturna pasara de largo. El efecto sedante de otro trago lo trasladó de nuevo en el tiempo.

         La relación de Julio con Noemí fue de mal en peor. Ella se encerraba en el dormitorio y apenas salía de casa. La comunicación entre ambos era casi nula, y la magia que un día provocó su enamoramiento se había esfumado hasta el punto de sentirse extraños uno en presencia del otro. Un amigo médico le recetó Lorazepam, con intención de proporcionarle horas de calma con las que pudiera conciliar el sueño, pero su esposa no tardó en descubrir los potentes efectos que tenía el somnífero si lo mezclaba con alcohol. La irritabilidad y el agotamiento se sumaron a la depresión profunda en la que se encontraba la mujer, y los vínculos que aún permanecían en pie corrían el riesgo de saltar por los aires.

         Apenas quedaba un culín de vino en el tetrabrik. Bebió la mitad y tuvo la candorosa idea de dejarle el resto al viejo Adolfo para cuando despertara. Creyó percibir que el puente se movía bajo sus posaderas. Le costaba fijar la mirada con nitidez más allá de la farola que titilaba, pero pudo ver cómo una meretriz de gruesas carnes, embutidas en un imposible vestido de cuero rojo, se detenía con intención de encenderse un cigarro en un banco cercano. «Un poco tarde ya para encontrar clientes», hubiera pensado si el alcohol consumido no perturbara una cantidad significativa de sus conexiones neuronales.

         La tragedia acabó de golpearle una noche al volver a casa tras una guardia doble. Julio, pese al dolor y a la aflicción, se mantuvo lo suficientemente entero como para seguir ejerciendo su labor de inspector en el grupo de robos de la Brigada de Policía Judicial de Valencia. El trabajo, al contrario que le ocurría a su esposa, le ofrecía la tensión y la adrenalina suficientes con las que mantener a raya los recuerdos y encontrar un precario equilibrio con el que seguir arrastrándose por la vida. Tras entrar en su piso, llamó a voz en grito a Noemí sin obtener respuesta alguna. Golpeó con delicadeza la puerta del dormitorio con los nudillos y, ante la falta de contestación, entró. La encontró vacía. Quiso repetir la operación con la puerta del baño, pero esta permanecía cerrada desde el interior.

         —¡Noemí, abre por favor!

         Los repetidos ruegos no surtieron efecto, y el silencio preocupante que provenía del otro lado provocó el terror en Julio, que se temió lo peor. Tomó impulso, cargó contra la madera endeble y arrancó los goznes de su sitio. En cuanto entró vio la imagen más espeluznante que su mente torturada pudiera concebir, esa para la que nadie nace preparado. La cabeza de Noemí apoyada sobre el borde de la bañera y su brazo no lacerado colgaba por fuera del cubeto lleno de un líquido rojo. Descubrió en el suelo un cuchillo con el filo aserrado, de los que se usan para trinchar carne, idóneo para desgarrar las venas sin posibilidad alguna de remiendo. Sus ojos a medio cerrar, los pliegues acentuados de su frente y el rictus que constreñía sus labios eran la señal inequívoca del sufrimiento que la muerte marcó en su rostro durante los últimos segundos de su existencia. La locura se apoderó de Julio, y las pulsaciones de sus latidos llegaron a tal extremo que perdió el conocimiento. Se derrumbó sobre las baldosas impregnadas de sangre.

         La prostituta había aplastado la colilla con la plataforma de sus zapatos de charol negro y se entretenía interactuando con la pantalla de su teléfono móvil. El exinspector de policía acababa de entrar en un estado de embriaguez perfecto, en el que, pese a tener restringidas las capacidades motoras y del habla, le permitía deslizarse hacia un estado de trance ideal donde recordar los momentos de su vida no le infligía dolor. En esos episodios de éxtasis se sustraía de la primera fila de los hechos, dejaba de ser protagonista y se situaba en un plano distante. Se convertía en un mero espectador, aséptico e indolente, de los acontecimientos que marcaron su propia vida. Era como el jubilado que se sienta en un banco de la estación de trenes y observa a los pasajeros que deambulan arriba y abajo sin orden ni concierto, sin conocer los problemas que acarrea cada uno de ellos, o llegar a sospechar quiénes sufrirán o harán sufrir a otros en lo que queda del día, ni tampoco adivinar cuántos de ellos estaban tan vacíos en su interior como él mismo.

         Una sombra parece discurrir bajo los pies de Julio en dirección a la fulana, quien se encuentra de espaldas y aún no ha advertido su presencia. El expolicía no alcanza a ver a quién pertenece esa sombra, porque se encuentra de pie en un viejo andén de la línea ferroviaria que une Valencia con Castellón. Está solo. Enseguida advierte que el tiempo no transcurre según las reglas del mundo real, pues a su alrededor el liquen se extiende por las piedras de la fachada de la estación a una velocidad endiablada, la misma que adquieren los nubarrones que surcan el cielo cobáltico. Sin embargo, puede distinguir cómo la máquina del tren se acerca a una velocidad tan lenta que Julio se exaspera. Cuando llega a su altura puede divisar lo que ocurre en su interior a través de los amplios ventanales. A los mandos de la locomotora se encuentra un tipo que tiene la cabeza oculta por una gasa negra que la envuelve. En el primer vagón de pasajeros está su hijo de pie, mirándole. Viste el pijama del hospital y una vía conecta su mano con un gotero que contiene un líquido oscuro. Sus ojos han desaparecido y en su lugar Julio solo puede ver dos oquedades ensombrecidas. Bruno levanta la mano a media altura, como quien se despide sin demasiado ánimo.

         Julio permanece impasible desde su posición de observador remoto. Su respiración es tranquila.

         En el segundo vagón puede ver a su esposa sentada junto a la ventana. Está leyendo un libro. Al llegar frente a él, gira la cabeza y lo mira con gesto serio. Apoya una mano en el cristal de la ventanilla en señal de tímido saludo, pero la extremidad carece de piel y de músculos; es el brazo de un esqueleto.

         Julio la observa con serenidad, impávido.

         En el último coche del convoy vuelve a aparecer el conductor del tren, que desenvuelve con parsimonia la gasa oscura que rodea su cabeza. Cuando por fin puede verle el rostro se da cuenta de que es él mismo. Contempla cómo esboza una sonrisa mientras se traslada a la parte delantera del vagón, donde se encuentra sentada la prostituta de carnes generosas. El espectro con forma del propio Julio alarga ambos brazos y la coge por el cuello. Ella grita mientras él ejerce toda la fuerza de sus manos con el único fin de aplastarle la tráquea. Ella grita más fuerte.

         Anestesiado por el alcohol, Julio abandona poco a poco la visión psicodélica de la que ha sido preso durante los últimos minutos. Ante sus ojos se difuminan las nubes, los líquenes y la pesadilla angustiosa sobre raíles. De repente, vuelve la deprimente realidad en donde los dolorosos recuerdos penetran en su cerebro como dardos afilados.

         Pero sigue escuchando los gritos.

         Enfoca la visión hacia la posición de donde provienen las voces y descubre que la mujer está forcejeando con un individuo encapuchado al que no le puede ver el rostro. El tipo le asesta varios puñetazos en la cara y ella cae al suelo, cosa que no evita la lluvia de golpes.

         Julio quiere vocear para ahuyentar al atacante, pero de su garganta no sale más que un mísero gañido. Sacude el cuerpo dormido bajo el edredón que tiene a su lado, pero el zarandeo no es suficiente para vencer los efectos narcóticos de la cogorza de su amigo Adolfo. Su propia falta de lucidez le hace perder el tiempo, que puede ser vital para la mujer, en estúpidas reflexiones: «además es un viejo escuálido. ¿Qué narices va a hacer? Tú has sido uno de los mejores policías de la brigada. ¡Espabila y haz algo, mequetrefe!». El mensaje se mostró de una forma tan cierta y clara que actuó de interruptor. Sus músculos se activaron.

         Apoyó las palmas de las manos en el borde de la base de la hornacina en la que permanecía sentado y se dio impulso con los pies para dar un gran salto, pero subestimó su pésimo estado físico y su falta de equilibrio. No coordinó bien los movimientos y las fuerzas tampoco lo acompañaron. El resultado fue penoso: cayó de cabeza sobre la tapa del contenedor de basura provocando un gran estruendo. Rebotó y fue a dar con sus huesos sobre el suelo con un sonido seco, semejante al que hace un saco de patatas de cincuenta quilos al caer desde un primer piso. Un estallido de dolor recorrió su pecho, su espalda y su cuello, para detenerse en su cabeza. Tras comprobar que seguía vivo, miró hacia donde se desarrollaba la pelea. El agresor había detenido la paliza que le estaba propinando a la mujer y lo miraba con sorpresa.

         Julio hizo un esfuerzo por levantarse y un latigazo de dolor golpeó su hombro derecho, pero aun así logró incorporarse a medias. No le cabía ninguna duda de que con el golpe se había dislocado la articulación o partido la clavícula. La sensación era como si una gigantesca garra lo tuviera agarrado por la zona alta de su torso y lo estrujara sin contemplaciones.

         Avanzó con paso renqueante. Esta vez fueron los efectos del alcohol los que hicieron que el mundo a su alrededor se balanceara hasta que, tras el primer vaivén, perdió el equilibrio y volvió a caer al suelo. Miró hacia donde se encontraba la pareja. Tan solo lo separaban diez metros de ellos. Vio con pavor cómo el tipo de la capucha sacaba una bolsa de plástico del bolsillo y se la ponía alrededor de la cabeza a la fulana. Se arrastró a duras penas por la tierra húmeda del parterre hasta que el dolor se hizo tan penetrante que le impidió moverse ni un centímetro más.

         La pobre mujer intentaba captar todo el aire posible, pero las inútiles bocanadas no hacían sino aspirar el plástico, que se introducía en su boca sin darle opción a respirar.

         «Si tuviese a mano mi HK te volaría los sesos, maldito cabrón», alcanzó a pensar Julio con impotencia.

         El tipo de la sudadera con capucha se subió la braga de cuello hasta cubrir el puente de su nariz, y se agachó junto al borracho que acababa de desbaratar la intimidad de sus depravados actos sexuales. Lo observó como quien examina un insecto antes de aguijonearlo para colocarlo en un expositor.

         Julio deseó con todas sus fuerzas que el individuo decidiera acabar con él. En la posición en la que se encontraba le bastaba con que el acosador le propinara una fuerte patada en el cuello para desnucarlo, pero en vez de eso, este se acercó a la fallecida, le retiró la bolsa de plástico de la cabeza y se la guardó. Luego se limitó a alejarse de allí con las manos embutidas en los bolsillos de la sudadera.

         Julio pudo ver con horror el resultado con el que la muerte había cincelado el rostro de la mujer. El maquillaje se entremezclaba con la sangre, y los hinchamientos de la nariz, los labios y los pómulos estaban delimitados por dos goterones del rímel simétricos que, como ríos ennegrecidos, descendían desde sus pestañas para acabar emborronados antes de alcanzar el cuello. Sus ojos, abiertos hasta casi salirse de sus órbitas, expresaban con fidelidad el sufrimiento y el miedo extremo que esta acababa de padecer.

         Julio sentía unas ganas terribles de llorar, pero le fue posible.

         Antes de perder el conocimiento tuvo la certeza que esa mujer formaría parte de sus pesadillas, de que su recuerdo sería el protagonista del último vagón en su particular tren de la fatalidad.

         Los dos cuerpos yacían ahora sobre la tierra del viejo cauce del Turia mientras la luna de Valencia, espectadora de excepción de los hechos, continuaba impertérrita su movimiento orbital.

 

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Redacción

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