Tocar el tambor

Tocar el tambor

TOCAR EL TAMBOR

Este relato opta al Premio JUAN MADRID


I

Galarza caminaba sin rumbo por los barrios de la parte baja de la ciudad, cerca del cauce del Turia, buscando pasar desapercibido entre el jaleo continuo del cercano Mercavalència, situado en la margen izquierda de aquel recién aflorado río. Era consciente de que aquella huida tenía cada vez menos sentido, sobre todo ahora que sabía a ciencia cierta que el chico había pronunciado su nombre en la sala de interrogatorios de la Comisaría del Distrito Centro. El abogado que compartía con Ortega acababa de telefonear para confirmárselo.

            ―El chico lo ha cantado todo ―le comunicó asertivo, como si en vez de estar con la mierda hasta el cuello, como él mismo, se encontrase a buen recaudo en uno de esos despachos de cristal, decorados con muebles de diseño escandinavo, desde donde poder contemplar con arrogancia todo el puto skyline de la ciudad―. ¡Lárgate!

            La última orden le restalló en el centro del hipotálamo como un puñetazo. Estaba furioso con el chico, con su padre y con el maldito abogado que se creía con el derecho a hablarle como si fuera otro muerto de hambre más de los que trataba a diario. A pesar del enfado que le hervía en las entrañas se paró un segundo, necesitaba serenarse para pensar con relativa calma cómo actuar a partir de aquel momento. Tras unos segundos de inquietud, lo único útil que se le ocurrió fue arrancar la batería de su teléfono móvil y lanzar las piezas resultantes a las químicamente azuladas aguas del río. Un planazo.

            De pronto se sintió abatido, pero el último tiro de coca de un pollo de más de cien pavos apareció en el fondo de su bolsillo derecho, junto al móvil. A tiempo para sobreponerse a lo que estaba por llegar. Al menos de manera inminente. A pesar del chute de energía, el asunto, visto desde la estimulante perspectiva que imponía a sus entendederas el alcaloide tropano en forma de polvo, no pintaba mejor. No sabía qué hacer, ni siquiera tenía demasiado claro si quería huir. Tampoco tenía adónde. Sus años en el cuerpo no le habían ayudado a hacer demasiados amigos en la zona: más bien todo lo contrario. Es más, estaba seguro de que muchos de sus compañeros se relamieron de gusto al escuchar como su nombre se dibujaba en el testimonio del chico. Muchos llevaban años soñando con una oportunidad así para quitárselo de en medio.

            La duda acuciante de cómo enfrentarse a su futuro inmediato se solucionó de pronto, con la aparición de un coche patrulla de la Policía Nacional. Aún estaba contemplando como las aguas del río se tragaban los restos plásticos de su móvil cuando el vehículo le cortó el paso junto a la entrada del puente que cruzaba el Turia para dar salida a los camiones que iban y venían desde el mercado abastecedor más grande la autonomía. Galarza masticó un juramento. Mientras tanto, su cuerpo giró sobre sus talones en busca de encarar de nuevo la porción de libertad que acababa de abandonar a su espalda. Para su sorpresa la salida por la zona del Oliveral, expedita apenas unos segundos antes, se encontraba ahora cerrada por un coche negro de donde ya descendía un agente apuntándole directamente al pecho.

A Galarza, lo que más le jodió de todo aquello fue la sonrisa de suficiencia que su compañero portaba en mitad de su cara de gilipollas.

II

― ¿Cómo coño se pueden reunir en el centro de la ciudad desde hace años, y que nadie se haya dado cuenta hasta ahora?

            El que gritaba encolerizado era el comisario Rosón: un tipo bregado en comisarías de medio país y que había buscado un destino tranquilo para quemar sus últimos años antes del retiro. Evidentemente se había equivocado de ciudad.

            ―Pasan desapercibidos ―dijo la inspectora, temerosa―. Esa es su mejor baza. Se reúnen en el bar, beben, se drogan, salen de caza y en mitad de la noche vuelven a su cueva. Nadie los ve. Y si lo hacen inmediatamente se les olvida.

            ― ¿Desapercibidos? ―gritó el comisario―. Tienen una puta bandera con la esvástica nazi colgada encima de la barra del bar.

            La inspectora tardó en contestar ante los berridos de su superior. Cuando por fin tuvo fuerzas para hacerlo, su figura parecía que hubiera perdido volumen, incluso altura. Como si su cuerpo fuera retráctil.

            ―Es un centro comercial privado. El bar no está en la calle, es difícil…

            El bar al que se refería de manera apocada la inspectora Carmen Ceballos se llamaba Estregón, y se encontraba situado en el interior de una desangelada galería comercial abierta en el centro de la ciudad. A tan solo unos pasos de la plaza de Reyes Prosper, junto al campo de fútbol. El comisario Rosón dejó de gritar durante unos segundos para pensar que aquella descripción, la de comercial, era demasiado amable para describir las instalaciones que se encontraban en el interior del viejo subterráneo inaugurando a finales de los años setenta del siglo pasado. Un lugar oscuro donde los locales cerrados desde hacía lustros se entremezclaban, creando un maridaje perfecto, con la basura acumulada por los grupos de jóvenes que las noches de los fines de semana se reunían allí para hacer botellón.

            El Estragón era el único bar que permanecía abierto en aquel lugar, situándose al final del pasaje, a tan solo unos metros de donde se abría un patio interior encajado entre dos edificios de oficinas, y con salida a una de las avenidas más transitadas durante los fines de semana que había competición futbolera. En aquella especie de patio de luces público, aún resistían el empuje de los años, y de la moda de la comida vegana, dos decrépitas hamburgueserías que, a última hora de la noche o en las primeras de la mañana, servían bocadillos de tercera para matar el hambre y la borrachera. Salvo algún despistado, en aquellos establecimientos volvían a juntarse los mismos jóvenes que horas antes se habían emborrachado, dejando el suelo lleno de porquería y las paredes untadas de meados, con alcohol barato y refrescos marca Hacendado en la otra punta de la galería. La vida es cíclica, y aquellos chavales lo sabían.

            ―¡Mira Ceballos, no me toques los cojones! ―insistió el comisario―. Esto tampoco es Pekín. Aquí casi nos conocemos todos, y si no es así es que estamos haciendo mal nuestro trabajo. No existen los secretos ni de confesión.

            ―No… no estoy de acuerdo.

            El bufido de Rosón aclaró a la inspectora que era mejor dejar los desacuerdos de pareceres para otro momento. El comisario necesitaba tranquilizarse, y ella y sus compañeros avanzar lo más rápido posible con el marrón que acababa de explotarles en mitad de la cara. Tenían que ser rápidos, pero cautelosos, si querían encontrar las evidencias necesarias para dar con los culpables del salvaje asesinato del chaval que había aparecido esa misma madrugada, con la cabeza reventada y una esvástica tatuada a navaja en mitad del pecho, en el estanque artificial situado bajo el Puente del Mar.  

III

            Ortega acababa de reventar otra rata con el bate de béisbol. Aquel almacén daba asco, aquel bar daba asco y la galería donde estaban ambos daba más asco que los dos juntos. Pero era lo que había pensó y, como lo de cavilar no era su fuerte, volvió a lanzar una nueva ojeada alrededor del infecto agujero en busca de otro animal con el que practicar su poderoso juego de muñeca.

            El historial de detenciones de Ortega era tan largo como el rabo del animal que, con la cabeza aplastada, yacía ahora ante él. Mientras lanzaba el cadáver del roedor detrás de unas cajas de tónicas rosas que nadie consumía, Ortega se sonrió al recordar que en un rato iba a aumentar ese historial con una nueva estancia en dependencias policiales. Todos esos pasos por el talego eran para él medallas que reflejaban una vida plena y placentera: sobre todo en su juventud, cuando bregó en las calles de su ciudad, y de otras cercanas, dando caña a toda la basura que las recorría con total libertad. Limpiándolas.

            Cuando se cansó de trastear por el almacén, agarró unas cuantas botellas que él mismo había rellenado con alcohol de garrafón que compraba bajo cuerda a un amigo, y subió al bar. Al colocar los recipientes sobre la barra leyó lo que supuestamente contenían: vodka y ginebra. Qué más daba, eran el mismo veneno y sus cachorros se lo bebían como si les ofreciera ambrosía. Eran fieles al grupo, aunque no tuvieran muchas luces. Tal vez por eso mismo lo eran.

            El bar, todavía cerrado al público, era un templo en honor a él mismo, y a sus ideas: esvásticas nazis, simbología fascista y fanzines cargados de leyendas racistas y xenófobas. La clientela, abundante sobre todo en las noches de viernes y sábado, solía acercarse al lugar para escuchar las viejas batallitas de Ortega: antiguo militante de un partido residual de la ultraderecha autonómica, al que los más jóvenes consideraban un padre ideológico. Él los protegía en aquel lugar, asesorándoles de paso en cómo debían actuar cuando salieran a cazar. Morder y ocultarse.

            Cuando la noche entraba en barrena, con el alcohol calentando las cabezas, Ortega los enardecía por enésima vez con sus historias de juventud: cuando él, y una buena ralea de colegas, todos grandes hombres, salían a las oscuras y silenciosas madrugadas en busca de una presa más. Esas noches se sentían poderosos, observaban en las miradas de los otros, que finalizaban los últimos cachis de cerveza antes de volver a sus casas, un rictus similar al respeto cuando pasaban ante ellos pertrechados de bates y cadenas. Ortega, como todos sus amigos, jamás fue capaz de distinguir la diferencia entre el respeto y el miedo: para ellos eran sentimientos semejantes. Esa era su carta de presentación, su firma, cuando comenzaban a desfilar por la zona de los bares donde los universitarios se daban cita para tajarse por cuatro duros. Dejaban claro, tan solo con su amenazante presencia, que a partir de ese momento aquella zona de la ciudad se regía por sus leyes. Apenas una única consigna grabada a fuego en sus cabezas: ni rojos, ni negros, ni maricones.

            Sin embargo, esa tarde de sábado todo sería diferente en el Estregón, ninguno de sus cachorros acudiría al calor de las viejas historias de amenazas y palizas. El propio Ortega se lo había prohibido y nadie había rechistado. Solo faltaba. El chivatazo que les había llegado desde la comisaría provincial era más que de fiar, y la advertencia final de Galarza había quedado clara: «Se va a montar una buena pajarraca, y no quiero que Pizarro ande por la zona».

            Ortega no había terminado de colocar las botellas en las estanterías cuando se comenzaron a escuchar una multitud de gritos en el exterior del bar. La escandalera retumbaba en las estrechas paredes de la galería comercial, sin dejar lugar a dudas de lo que estaba a punto de suceder. Ortega tuvo tiempo de cuadrarse detrás de la barra y esperar lo más dignamente que pudo la entrada de los agentes. Cuando el primer policía cruzó el umbral del local lo más llamativo que se encontró ante él fue la sonrisa sardónica del dueño.

            Lo cierto era que a Ortega le sorprendió la amplitud del dispositivo policial, jamás habían mandado dos unidades completas de intervención para detenerlo, pero lo que más gracia le causó fue que la encargada de ponerle el bar patas arriba, requisando todas sus banderas y publicaciones neonazis, fuese una mujer.

            Lo de las requisas fue lo que más le fastidió de todo aquel circo. Cada vez era más complicado hacerse con ese material en la ciudad, por lo que no le quedaba más remedio que rascarse el bolsillo cada vez que tenía que reponer el género. Unos cientos de euros que se iban para comenzar a coger polvo en alguna dependencia oscura de la Jefatura Superior de Valencia. Por lo demás poco le importaba a Ortega pasar un par de noches más en comisaría. Otra medalla para su expediente. Otra batallita más para contar a sus cachorros en las noches de caza. Nada iba a conseguir aquella tipa que jugaba a policías. No tenían pruebas de nada, y de su boca no iba a recibir nada más que negaciones y alguna ordinariez. Sus cachorros no se merecían pasar por aquello: se habían portado como verdaderos hombres la noche anterior, e incluso Pizarro por fin le había echado un par de huevos.

            Cuando los agentes lo sacaron del bar esposado, Ortega aprovechó la cercanía con la inspectora Ceballos para lanzarle un beso cargado de lascivia y repugnancia.

IV

            Pizarro reía con ansiedad aquella noche de viernes. Las anécdotas de Ortega eran las mismas de siempre, pero el temor a no pasar la prueba que aquella jornada sus padrinos le tenían preparado le hacía aflorar los nervios. A pesar de sentir unas profundas ganas de vomitar se metió en el cuerpo un par de buenos vasos de alcohol: el mejor antídoto para la cobardía, le había escuchado decir a su tío en innumerables ocasiones. Mientras su mente comenzaba a llenarse de vahos alcohólicos, sus amigos no dejaban de carcajearse a su alrededor; abriendo grotescamente sus bocas cada vez que Ortega narraba alguna de las palizas que visitaban su memoria podrida de odio.

            Las rayas de coca iban desfilando a buen ritmo por encima de la cochambrosa tapa del váter del Estregón, fortaleciendo las débiles mentes del grupo de rapados que a cada rato se mostraban más eufóricos y violentos entre ellos. El momento más esperado por todos los presentes había llegado y así se lo hizo saber Ortega colocando un par de puños americanos, manchados con sangre reseca y ennegrecida, sobre la barra. Minutos después el bar estaba desierto y sus cachorros campaban por las calles de la ciudad en busca de impartir justicia. Su justicia.

            Pizarro cerraba el grupo, pero antes de que abandonaran el local Ortega lo llamó a su lado. El muchacho lo escuchaba, con el alcohol y la droga dibujándole valentía en las entrañas, sin entender muy bien lo que le decía entre gritos y empujones que supuestamente debían espolearlo.

Mientras Ortega lo zarandeaba en busca de animar su espíritu, no pudo evitar verse reflejado en el chico. Aunque, sobre cualquier otra cosa, lo que veía en aquel joven era una diminuta versión de su padre y de su tío: sus dos mejores colegas de adolescencia. Dos niños de papá, que cuando los detenían por apalear a alguien salían por la puerta de atrás de la comisaría de turno mientras él, y otros tantos, se comían un marrón como el sombrero de un picador. A pesar de todo, el padre de Pizarro se descolgó pronto del grupo y, haciendo caso a una chica que acababa de conocer y que acabó convertida en su mujer, se dejó crecer el pelo para después centrarse en sus estudios de abogacía. Ortega desde ese día lo consideraba un traidor. Una rata bien gorda, casi tanto como las que mataba en el almacén del bar casi a diario. Por su parte, el padre del chaval, conociendo el percal y lo que allí se cocía, había prohibido a su hijo frecuentar la zona donde Ortega tenía su negocio. Tablas.

Aun así, Ortega seguía viendo en los ojos del chico la estela de una generación de líderes, y por eso confiaba en él. Además, Galarza, su tío, se lo había pedido como favor personal y este no pudo negarse, pues el tío de Pizarro sí que era harina de otro costal: fiel a la causa, seguía apoyando al grupo desde una segura segunda fila y se había convertido en socio de Ortega cuando este compró el bar una vez dejó atrás su frustrada carrera política. Además, la información que obtenía de primera mano gracias a su trabajo en comisaría les venía muy bien a todos.

―Suerte en tu bautizo ―le deseó Ortega, que seguía zarandeándolo entre sus brazos musculosos de anabolizantes―. Sé que eres como tu tío, y no como tu padre.

V

El grupo de rapados avanzó por las estrechas calles aledañas a las torres del Quart, intercambiando gritos y consignas mientras pasaban ante los primeros negocios árabes. Las pocas personas que a esas horas transitaban por la zona comenzaban a buscar refugio, colándose por alguna de las callejuelas que serpenteaban a su alrededor o bajando las chapas de sus negocios de bebida y comida, en cuanto estaban a punto de entrar en el campo de visión del grupo. En momentos como aquel cualquier precaución se convertía en necesaria y cualquier osadía en moratones y huesos rotos.

            Pizarro estaba convencido de que por la dirección que llevaban debían de dirigirse hacia alguno de los bares de latinos o los negocios regentados por chinos que abrían hasta el amanecer en la zona de la avenida del Cid, pero Andrés se detuvo ante el cajero de una pequeña sucursal abierta en la plaza Nou Moles. Junto a la puerta, alguien había pegado varios carteles con publicidad política de alguna de las perennes campañas electorales.

            ―Desde que en esta ciudad la gobiernan los putos rojos se están llenando las calles de escoria ―escupió, mientras sacaba los dos puños americanos del interior de su chaqueta negra. Tras colocárselos con frialdad, entró al interior del cajero.

            La noche de caza se les había dado bien. Los dos mendigos que habían apaleado yacían, seguramente a esas horas, temblorosos y doloridos entre los matorrales de algún parque cercano: escondidos y creyéndose a salvo hasta que amaneciera y la luz del día les permitiera de nuevo moverse sin miedo por la ciudad. Ninguno denunciaría a esos mal nacidos, ¿para qué? Las denuncias nunca fructificaban, y lo único que conseguían era que aquellos salvajes volvieran en su busca para dejarles bien claras las reglas del juego.

            ― ¿Habéis visto como he dejado a ese despojo? ―preguntó a los demás, voz en grito, Andrés―. Le he reventado tanto la cara que el puto mendigo parecía un negro.

            El resto del grupo reía aquella ocurrencia como si fueran hienas. Pizarro había pegado como el que más, pero sabía que su actuación no había convencido a Andrés, líder del grupo cuando Ortega no estaba, y temía su reacción hacia él cuando se quedaran a solas. Mientras pensaba en las posibles consecuencias de su mediocre actuación, Pizarro vio como la oportunidad de resarcirse, intentando contener de ese modo la ira de Andrés, cruzaba ante él.

            Estaban a punto de internarse en las galerías del Estragón cuando un chaval despistado cometió el error de mirarle directamente a los ojos. Pizarro, más por cumplir el expediente que por convencimiento, lo increpó, y para cuando el chico vio brillar la navaja bajo la luz macilenta de las farolas ya era tarde. El chaval intentó correr, correr mucho, pero solo le sirvió para llegar hasta la entrada de uno de los parques más visitados por los turistas que paseaban por la ciudad.  Allí, junto al antiguo cauce del Turia, tropezó al intentar saltar unos setos bajos y uno de los rapados lo alcanzó haciéndole rodar por el suelo de gravilla.

            ―¡Pizarro! ―gritó Andrés, cuando todo el grupo llegó a la altura del cuerpo tendido en el suelo―. Ha llegado tú momento. Demuéstranos que mereces seguir en nuestras filas.

Aquel intento de aparentar una fortaleza que no tenía, buscando acojonar a un pobre chico que volvía a su casa, para fraguarse algo de confianza ante el líder del grupo, acababa de volverse en su contra. Pizarro intentó balbucear algún tipo de disculpa que no le sirvió de nada.

VI

            El interrogatorio a Ortega se estaba convirtiendo en un vodevil. La inspectora Ceballos, cansada de sus comentarios soeces, había decidido mandarlo al calabozo esa noche para que se le enfriara la boca. De nada sirvió aquel paréntesis, pues Ortega amaneció con un mayor toqué socarrón y grosero. El comportamiento del detenido amenazaba con terminar con la paciencia de la policía. Mientras tanto, él parecía estar disfrutando como un gorrino en un lodazal.

VII

            ―Hay que ser gilipollas ―aseguró Ortega cuando se enteró de todo nada más quedar libre―. Al final resultó que tu sobrino no era el más tonto del grupo. Sorpresas te da la vida.

            Galarza fumaba nervioso, de forma desacompasada. De nada había servido su intento de poner a salvo de la investigación a Pizarro. Todo había sucedido demasiado rápido y no había tenido tiempo de eliminar las evidencias que lo incriminaban directamente. Ortega jamás había visto a su amigo tan desazonado, tan fuera de juego, como en ese momento.

            ―Bueno, tranquilo ―dijo finalmente Ortega, intentando quitar hierro al asunto―. Tampoco le van a cargar el muerto al chico por aparecer en un video de Instagram.

            ―No seas idiota ―contestó el policía―. En cuanto han visto su careto en internet han entrado en casa de mi hermano como un elefante en una cacharrería.

            Ahora las botas y la navaja manchada de sangre, junto con el teléfono de Pizarro, estaban en las manos de la inspectora Ceballos. De nada había servido que Galarza lanzara a toda la policía sobre Ortega y su bar, buscando ganar el tiempo suficiente para deshacerse de las evidencias, evitando así que nadie del grupo acabara siendo acusado de la muerte del chico. Todo se había ido a la mierda porque Andrés creyó divertido retransmitir en directo el bautizo de su cachorro más endeble.

            ―Putas redes sociales ―concedieron los dos hombres al mismo tiempo.

            ―Tranquilo ―dijo Ortega―, yo me encargo del estúpido de Andrés. Va a estar una buena temporada sin poder utilizar sus dedos para grabar videos. Tú desaparece unos días hasta que todo se calme. Esperemos que tu sobrino sepa mantener la boca cerrada.

VIII

            La plaza de la catedral estaba desierta, como todos los domingos en cuanto caía la noche y las terrazas se vaciaban para dejar atrás el descanso del fin de semana y empezar a pensar en el trabajo del día siguiente. La inspectora Ceballos había aprovechado la tarde para salir a celebrar con sus amigas el cumpleaños de una de ellas, además de la resolución del caso con la doble detención de tío y sobrino.

            El chaval, resacoso y con el mono, no tardó en reconocer las acusaciones de asesinato: casi no hubo ni que enseñarle la grabación en la que se le veía dibujar la esvástica a punta de navaja en el cuerpo sin vida de su víctima. Tampoco se mostró demasiado esquivo en reconocer que todo lo hizo para demostrar que podía formar parte del grupo skin capitaneado por Ortega. Al escuchar aquella confesión, su padre, que lo acompañaba en la sala de interrogatorio como abogado defensor ―tras expulsar del lugar al picapleitos que había contratado el dueño del Estregón para su defensa―, no dudó en dar el nombre de su hermano. Estaba seguro de que él tenía que estar, de una u otra manera, detrás de todo aquello. Algo que Ceballos le aseguró confirmaban los mensajes, algunos de felicitación y otros en los que se citaban para deshacerse de las pruebas, encontrados en el teléfono del detenido. Al verse en aquella tesitura y dejándose llevar por la marea que lo arrastraba, Pizarro dio la razón a su progenitor y lo contó todo. Largo y tendido.

            A Ortega lo buscaron para tomarle declaración de nuevo, pero se había esfumado. Lo último que sabían de él es que tras salir de comisaría se había encargado de mandar al hospital a un tal Andrés: al parecer le había reventado las manos y la boca con un bate de beisbol en la puerta de su casa. Por suerte para la inspectora, a Galarza ya lo tenían los de asuntos internos bajo su manto desde hacía tiempo por otros asuntos relacionados con el menudeo de drogas junto a empresarios de la noche valenciana y no tardaron en localizarlo. Pizarro, por su parte, se iba a comer unos cuantos años de cárcel, pues apenas un par de días antes del asesinato había cumplido los dieciocho. El muy idiota.

            La tarde del domingo libre se le había escapado a Ceballos entre vinos y pinchos, y cuando quiso darse cuenta el reloj casi marcaba la media noche. Tras despedirse de sus amigas, y un poco embotada por el alcohol ingerido, tomó el camino de vuelta a casa. Al llegar a la plaza del Carmen, donde la fachada de la iglesia seguía tapada por la última restauración, creyó escuchar algo a su espalda, pero al girarse solo se encontró con una zona vacía. Enfiló la calle Roteros para dirigirse a casa, pero antes se paró, junto a la puerta de unos apartamentos de alquiler turístico para encenderse un último cigarrillo. Su hijo iba a notar el olor a tabaco desde el portal. De la bronca ya no la iba a librar nadie, por lo que la inspectora pensó que lo mismo daba fumarse uno más que no hacerlo.

            Mientras movía la rueda del encendido y la piedra chiscaba, un ruido metálico sonó a su espalda. La inspectora pendiente de su cigarrillo no lo percibió.

            En esa altura la calle tan solo contaba con un par de negocios cerrados a esas horas y con un par de edificios vacíos de vecinos. La maldita gentrificación se estaba cargado el centro de la ciudad a pasos agigantados. Cuando Ceballos llegó a la esquina de la calle Roda, notó de nuevo como una sombra se deslizaba a su derecha. Se giró para intentar ver con más calma que había sido aquello que de nuevo la había asustado. Al hacerlo se percató de que otras sombras similares habían emergido a su espalda.

            ―Hoy vas a tener suerte ―dijo Ortega, con suficiencia―. Tanto interés has puesto en buscarme que aquí me tienes.

            Los chicos que comenzaban a rodearla, cargando todos con unas pesadas botas militares de punta metálica, no parecían tener más de quince años. Los mismos que su hijo. La cara marcada por los granos y los pelos desperdigados por el mentón los delataban. Ese fue el último pensamiento de la inspectora Ceballos antes de que los hombres que estaban situados tras ella la empujaran, haciéndola rodar por el suelo semiempedrado de la calle.

            Las botas de punta metálica ya habían reventado el cuerpo de la mujer cuando Ortega ordenó que pararan. Tras ello se situó junto a la cabeza de la inspectora, que sangraba profusamente por la boca y la nariz. Agarró con brutalidad un buen puñado de su pelo y tiró hacía atrás con ansia, haciéndola levantar la cabeza del suelo. Ortega la habló casi en susurros para que solo ella fuese capaz de escuchar aquella sarta de ordinarieces que remató con un beso, húmedo y lascivo, en la comisura de los labios de la mujer. Después soltó el cabello de la policía con asco, haciendo que su cabeza rebotara de nuevo contra el empedrado. La inspectora Ceballos seguía grogui, sin conseguir entender muy bien que estaba pasando y escuchando gritos y risotadas a su alrededor, pero en un segundo término, como si tuviese la cabeza metida bajo el agua.

            Ortega dio unos pasos atrás, ganando un par de metros en los que poder cargar cómodamente la pierna antes de propinar una salvaje patada en la cabeza de la mujer. La definitiva. Tras el impacto la sangre expulsada por la inspectora salpicó el suelo empedrado y la puntera de la bota del rapado. Antes de perder el conocimiento, la mujer sintió una vez más el repiqueteo del metal de la bota al impactar contra su cabeza.

            El violento sonido reverbero entre las parades de la estrecha calle. La inspectora Ceballos pensó entonces en los testimonios de algunas de las personas que habían sufrido la violencia de grupos como aquel. En como todos ellos recordaban que el impacto de las botas militares, reforzadas en su punta, contra su cráneo fracturado sonaban como el toque desaforado de un tambor cuyo parche estaba a punto de reventarse.

 

 

 

 

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Redacción

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