Un don incierto

Un don incierto

Un don incierto

Este relato opta al Premio JUAN MADRID 

I

Últimamente pienso bastante en Salobreña, mi pueblo natal. Será porque desde hace años ya soy demasiado mayor, y suelo mirar más hacia atrás que hacia adelante. No por nada en especial, sino porque el camino recorrido me resulta más atractivo que el que me queda por recorrer.

Sé que a veces me ando por las ramas, pero es una de las pocas concesiones que ofrece la vejez. La vida en sí misma pierde urgencia a mi edad, y todo se vuelve lento y prescindible.

La cuestión es que pienso mucho en aquel pequeño pueblo que me vio nacer junto a las plateadas aguas del Mediterráneo. Todavía conservo el recuerdo de sus calles empinadas, serpientes con escamas de adoquín tendidas a la sombra de sus casas encaladas, buscando refugiarse de los impíos soles estivales y de la gélida brisa atlántica. Hace casi cincuenta años que me marché de allí, pero ciertas imágenes aún permanecen frescas en mi memoria.

Pero sobre todo recuerdo la llegada del hombre al que llamábamos el extranjero, allá por el verano de 1966. Lo recuerdo porque cambió nuestras vidas.

Siempre me ha parecido que, por aquel entonces, Salobreña solo aparecía en los mapas por casualidad. Se trataba de un pequeño rincón olvidado entre el mar y la montaña, un pozo de tardes silenciosas y de sueños desvaídos al que solo llegaban los rayos de sol y la brisa del mar, y un par de autobuses por semana desde Granada o Málaga. Lo cierto es que aquellos autobuses se llevaban a más gente de la que traían, pues no había nada en aquel pueblo que lo convirtiese en un lugar próspero, salvo el silencio, tal vez, y la seguridad de que uno se encontraba en un sitio en el que nunca ocurría nada que mereciera la pena.

Por eso nos llamó tanto la atención la llegada del extranjero. Fue durante una calurosa tarde de finales de agosto, lo recuerdo con una nitidez que ya quisieran para sí otros recuerdos más inciertos. Yo aún no me encontraba amarrado a esta horrible silla de ruedas, así que, en cuanto terminábamos la jornada en la azucarera Nuestra Señora del Rosario, salíamos disparados hacia el Bar de Freddy para tomarnos un par de cervezas bien frías.

El lugar más interesante de Salobreña por aquel entonces era el bar de Alfredo, al que todos llamábamos Freddy. Antes de dedicarse a servir cervezas y tapas, su dueño trabajó durante varios años en un carguero que hacía la ruta Málaga-Nueva York.

Cuando decidió que ya era demasiado mayor para seguir cruzando el charco, colgó la gorra de marinero y se compró una flamante rocola de segunda mano de los Estados Unidos. Se la trajo en su último viaje, cargada de vinilos y de rock & roll. Por eso acudíamos al Bar de Freddy, ya fuera para beber y tomarse alguna tapa, para echar una partida en la desnivelada y raída mesa de billar de nueve pies o bien para escucha música en aquella fabulosa máquina.

Vi al extranjero justo antes de llegar, de pie sobre la acera, con su silueta inmóvil emborronada por la polvareda que dejó el autobús tras de sí al ponerse de nuevo en marcha. Era un hombre triste y enjuto que a duras penas llegaba al metro sesenta, enfundado en un traje deshilachado de color negro con rayas grises. Presentaba un aspecto miserable debido al polvo, los rodales de sudor y las manchas secas que lucía por todas partes, y llevaba una barba de tres días. Bajo el ala ancha de su arrugado sombrero, observaba con mirada temblorosa todo cuanto le rodeaba.

De pronto pareció fijarse en mí, y un inexplicable escalofrío me recorrió la espalda. Entré en el Bar de Freddy incomodado por su mirada, pero dudo que nadie reparara en mí, ya que la llegada de un forastero siempre despertaba la curiosidad de los salobreños. Estaban todos vueltos hacia él, observando cada uno de sus movimientos a través del sucio cristal mientras se preguntaban qué clase de problema parecía venir pisándole los talones. Por tres veces tuve que pedirle una cerveza a Freddy para que me hiciera caso.

El recién llegado abrió la puerta del local y se quedó de pie en la entrada, mientras yo intentaba darle el primer trago a mi cerveza. Un tenso mar de silencio inundó el local, de no ser porque la rocola logró minimizar su efecto con la melosa voz de The Platters y su «Only You». Me pareció que la melancolía de aquella canción le venía que ni pintada al recién llegado.

—Buenas tardes. —El forastero tenía una voz rala, sin inflexión y empapada en miedo, con un acento extranjero que no supe distinguir.

Apenas hubo nadie que respondiera a su saludo. Murmuraron una letanía confusa y descoordinada que poco se asemejaba a una respuesta. El forastero se frotó las manos contra el pantalón y se acercó a la única zona de la barra que aún quedaba libre, justo entre Ricardo el panadero y yo. Se quitó el sombrero, circundado por un horrible rodal de sudor y lo dejó sobre la barra. Todos lo observábamos como si fuera un bicho raro, y en verdad lo era.

—Querría un poco de agua, por favor —murmuró con voz trémula y arrastrando todas las erres.

Parecía un condenado a muerte en su último día, sin aliento y con el ánimo desmadejado. Me pareció que su acento podía provenir de algún país nórdico.

Freddy le sirvió el vaso a regañadientes, supongo que molesto por no poder sacarle los cuartos a aquel extranjero. Y no porque no lo intentara, pues le preguntó si quería algo de comer. Pero estaba claro que no pensaba servirle ni cacahuetes, a no ser que pidiera algo más.

—Me gustaría, pero no llevo mucho dinero encima —confesó con pesar.

El dueño del bar regresó vencido a su rincón, al otro extremo de la barra. El extranjero no dejaba de mirar hacia la puerta, como si temiera que apareciese alguien de un momento a otro. Un par de feligreses se reían de él en voz baja. Eran El Chato y Luisito, los más graciosos del local y trabajadores de la azucarera, como la gran mayoría de los que estábamos allí.

—No está bien juzgar a las personas por su aspecto —dejó claro su malestar el extranjero al oír sus burlas.

El Chato y Luisito enmudecieron al ver que el extranjero se ponía en pie. Recuerdo que me pareció una escena ridícula e imposible, como si aquel hombre enjuto estuviera dispuesto a darles una buena tunda.

—No es correcto reírse de la gente —prosiguió—. Porque, aunque usted tenga más dinero que yo, podrían cambiarse las tornas en cualquier momento.

El Chato, que siempre se caracterizó por ser un vacilón de mucho cuidado, se levantó del taburete mientras se ajustaba el pantalón por encima del ombligo.

—Chato… —intervino Freddy llamándolo al orden, pero este alzó su mano para indicarle que no tenía de qué preocuparse.

—¿Y cómo haría para que cambiasen las tornas? —El Chato le siguió el juego con una sonrisa socarrona grapada en los labios—. ¿Podría explicárnoslo despacito y claro, para que lo entendamos todos?

El extranjero retrocedió unos pasos, procurando mantener cierta distancia con El Chato. La canción de The Platters dejó de sonar justo en ese instante, y el silencio fue total.

¡Quillo! —exclamó El Chato dirigiéndose a Luisito—. Pincha algo de música, anda, que el señorito igual tiene ganas de bailar.

—No he venido aquí a pelear con usted. Lo único que digo es que no está bien burlarse de los demás —repitió el extranjero.

—Ya imaginaba yo que no tendría ganas de pelear —insistió El Chato con la clara intención de provocarlo—. Se ve que no tiene ni media hostia.

El extranjero lo miró fijamente sin responder a las provocaciones, aunque en realidad estaba sopesando sus posibilidades.

—No, pero sí que haría una apuesta con usted.

El Chato enarcó las cejas. Aquello no se lo esperaba.

—¿Apostar a qué? ¿A que no tiene ni media hostia?

—No, con esa apuesta gana usted seguro —se sonrió el extranjero con las palmas de las manos levantadas—. Me refiero a otro tipo de apuesta.

—¿Como cuál?

—No sé, algo más… azaroso. —El extranjero pareció dudar por un segundo, aunque me dio la sensación de que sabía muy bien lo que se hacía—. Por ejemplo, cuál va a ser la canción que pondrá su amigo en el tocadiscos.

Todos dirigimos nuestras miradas hacia Luisito, que a punto estaba de echar veinticinco pesetas en la rocola para elegir un tema. Freddy había hecho que le trucasen la máquina para que esta pudiera funcionar con una moneda de cinco duros, y sacarse así un dinerillo extra.

—Yo apunto el nombre de la canción en una hoja de ese diario y su amigo pincha la canción —propuso señalando el periódico que había sobre la barra—. A continuación, comprobaremos si he acertado o no.

El Chato había cambiado por completo de actitud, pasando de la bravuconería a la perplejidad más absoluta. Confundido ante la propuesta del forastero, observó a todos los presentes y se echó a reír a carcajada limpia.

—¿Y cuánto está dispuesto a apostar? Ha dicho que no tiene un duro.

—Cierto, no tengo dinero, pero usted sí. A mí me hace falta ese dinero, y usted desea darme una paliza. Apostemos quinientas pesetas, si le parece. A usted no le supondrá demasiado, y para mí sería un alivio disponer de ese dinero.

—¿Y qué ocurrirá si pierde?

—En ese caso, le dejaré que me pegue una paliza. Sé que lo está deseando, y le prometo que no lo denunciaré a la Guardia Civil. Me callaré y me iré de aquí para siempre, como si nunca nos hubiésemos visto.

El Chato dudo unos instantes, pero las risas de sus amigos le animaron a aceptar la apuesta.

—Está bien, apostemos —resolvió mientras sacaba cinco billetes con la efigie de Gustavo Adolfo Bécquer del bolsillo trasero de su pantalón.

—Solo pongo una condición —se apresuró al añadir el extranjero con el dedo índice levantado—: si gano y la acierto, solo podremos repetir la apuesta una vez más, pero será a doble o nada. ¿De acuerdo?

—Me parece bien —aceptó El Chato con una sonrisa de hiena, y acto seguido se estrecharon las manos.

No creo que ninguno de los presentes se creyera ni por un momento que aquel hombre fuese a ganar la apuesta, y menos a doble o nada. Había más de setenta canciones en la rocola, si la memoria no me falla. Las posibilidades de acierto eran ínfimas.

El extranjero se acercó con paso lento al tocadiscos y leyó con atención los nombres escritos a bolígrafo junto a cada tecla. Tras un par de minutos, regresó junto a Freddy para pedirle un bolígrafo. Luego buscó el lugar más apartado de la barra, justo a mi lado, y escribió algo en una de las páginas del diario.

—Vamos allá —susurró en cuanto hubo terminado.

El Chato se aproximó hasta la rocola y le arrebató la moneda a Luisito.

—No dejaré que nadie decida mi suerte —gruñó mientras la echaba por la ranura.

Tras un breve instante de duda, miró al extranjero y pulsó uno de los botones. El tocadiscos hizo girar su cargador lleno de sencillos hasta dar con el que había seleccionado El Chato. Este tenía la frente perlada de sudor y no dejaba de subirse los pantalones constantemente. Parecía como si, en lugar de quinientas pesetas, hubiera apostado su vida.

Se volvió hacia el forastero con gesto victorioso, mientras de fondo comenzaban a sonar las primeras notas de «I Put a Spell on You», de Screamin’ Jay Hawkins. Luego se produjo un momento de tensión en el que El Chato se vio victorioso y vapuleando al extranjero en el callejón, a la vista de todos. Este permanecía inmóvil al final de la barra. Era difícil saber qué estaba pensando.

—Bueno, acabemos ya con esto —resolvió El Chato mientras se aproximaba al extranjero—. Veamos qué canción has apuntado.

—Quiero que sea el muchacho quien lo lea —dijo este con voz firme, mientras me tendía el periódico para que no hubiese ningún tipo de duda.

Cogí el diario y lo desplegué.

—«I Put a Spell on You» —leí sorprendido y con un pésimo acento inglés—… de Screamin’ Jay Hawkins.

El Chato no daba crédito a lo que acababa de oír.

—No es posible… —Su voz parecía haberse derretido súbitamente, y un coro de exclamaciones de sorpresa se alzó al otro lado de la barra.

El Chato me arrebató el periódico y lo leyó con sus propios ojos, mientras su amigo Luisito corría a su lado para comprobar que no mentía.

 —¡Lo ha adivinado! —exclamó Freddy—. ¡Es increíble!

El Chato se había quedado petrificado, sin dejar de mirar al extranjero mientras el diario pasaba de unos a otros para que comprobasen que era cierto.

—Bueno, me debe quinientas pesetas. —El extranjero parecía temeroso de reclamar lo que ya era suyo, pero el hambre era más acuciante que la prudencia.

En cuanto El Chato hubo saldado su apuesta, Luisito comenzó a atosigarlo diciéndole que no podía tener tanta suerte dos veces seguidas. Quinientas pesetas eran ya bastante dinero, pero su orgullo valía mucho más que eso.

—Esto aún no ha terminado —gruñó El Chato mientras ponía otro billete idéntico encima de la barra—. Doble o nada, dijo.

—Doble o nada —repitió el extranjero—. Pero, si vuelvo a ganar, no habrá ya más apuestas.

—No hará falta, tranquilo —masculló El Chato con prepotencia.

El forastero cogió el periódico de nuevo y meditó su apuesta más rato que la primera vez. Luego volvió a escribir algo, justo al lado de su primera anotación, y plegó otra vez el periódico.

El Chato introdujo otra moneda en la máquina y esta vez pulsó un botón al azar. Si el extranjero se la jugaba de aquella manera, ¿por qué no podía hacerlo él también?

—Es imposible que lo acierte de nuevo —murmuró Luisito, que se había parapetado detrás de su amigo, pero nadie hizo ningún comentario al respecto. También parecía imposible la primera vez, y ya habían visto el resultado.

Los acordes sureños de la guitarra de Duane Eddy rasgaron el aire con su «Rebel-‘Rouser», y todos volcaron sus miradas en el extranjero. Nada había cambiado en su rostro. Seguía quieto e impasible en el extremo de la barra.

—¡Vamos, picha, léelo de una vez —me ordenó El Chato con un grito. Los nervios se habían apoderado de él por completo.

El extranjero me tendió de nuevo el periódico y repetí el procedimiento.

—Te ha vuelto a ganar —dije sin leer en voz alta lo que había escrito.

Este se abalanzó sobre mí y me arrebató el periódico de malas maneras.

—¡Ha hecho trampas! —gritó fuera de sí, mientras arrojaba el periódico sobre la barra. Luego agarró al extranjero por las solapas y lo zarandeó como si fuera un títere—. ¿Cómo demonios lo ha hecho?

—¡Yo no he hecho trampas! —se defendió el increpado—. ¡Todos han visto cómo lo escribía antes de que pulsase el botón!

En seguida nos echamos sobre ellos para separarlos.

—¡Basta ya, Chato! —exclamó Freddy para hacerse oír por encima del griterío y los insultos—. Le debes otras quinientas pesetas al forastero. Dáselas y déjalo en paz.

—Eso que ha hecho… ¡es imposible! —masculló El Chato mientras le arrojaba los billetes a la cara.

El extranjero se agachó muy despacio y, sin bajar la guardia, los recogió del suelo. Luego regresó a su taburete y pidió una cerveza, un buen pincho de tortilla de patatas y una ración de pescadito frito.

El Chato se marchó del Bar de Freddy hecho una furia. Luisito salió tras él mientras el forastero se abalanzaba sobre las tapas como si llevara años sin comer.

—Y a esto invita la casa —dijo Freddy mientras le plantaba delante una ración de sepia.

II

Durante días no se habló de otra cosa en Salobreña que no fuera de aquella apuesta. El hecho de que el extranjero hubiera decidido quedarse un par de semanas solo contribuyó a avivar nuestra curiosidad por conocer a tan peculiar individuo.

Encontró trabajo como ayudante del viejo Miguel en su taller de automóviles y demostró tener buena mano con los motores. Según aseguró el mecánico, lo único que le había pedido a cambio fue poder dormir en el taller, tres comidas al día y ninguna pregunta hasta el día en que se marchara. No faltó quien pensó que no era buena idea permitir que se quedara, ya que corríamos el riesgo de que el pueblo acabase lleno de mendigos y gentes de mal vivir. Pero nada de eso sucedió.

A todas horas, acudían al Bar de Freddy paisanos míos a la espera de encontrarse con el extranjero, esperando a que alguien lo retara a hacer una nueva apuesta, pero tampoco esto sucedió. Resultó ser un tipo de lo más discreto, y lo único que averiguamos de él durante aquella primera semana fue que no pensaba quedarse mucho tiempo.

A la caída del sol, y a falta de una casa encantada a la que enfrentarse, los niños se acercaban hasta el taller de Miguel para espiar al misterioso extranjero, y huían despavoridos en cuanto lo oían hacer ruido en el interior. Afirmaban que se levantaba muy sobresaltado al saberse vigilado, como si tuviera miedo de algo o de alguien, pero todos pensábamos que solo eran imaginaciones infantiles.

Apenas llevaba una semana viviendo entre nosotros cuando el extranjero salvó la vida de mi amigo Edu. Fue un lunes por la tarde, lo recuerdo bien. El calor y el chirrido de los grillos eran tan sofocantes que a la gente no le apetecía salir a la calle, y prefería quedarse en sus casas. Edu se encargaba del bar de Freddy tan solo ese día, el único en que su dueño podía permitirse descansar, a sabiendas de que apenas había clientela, y que Edu podía ocuparse del negocio sin problemas.

Aquella tarde el extranjero fue el primero en entrar en el bar, y Edu lo saludó estrechándole la mano. El forastero clavó en él una mirada espantada, y mi amigo le preguntó si se encontraba bien. El interpelado tragó saliva con dificultad y se puso a sudar copiosamente. Edu repitió la pregunta, y el extranjero le respondió que sí, que se encontraba bien. Que era cosa del calor. Edu le sirvió un vaso de agua.

—He oído que te vas a Granada, muchacho —dijo el forastero en cuanto hubo pegado el primer trago, con aquella voz rala y desvaída.

—Sí, voy a ver a un primo mío —respondió Edu sorprendido—. ¿Quién se lo ha dicho?

—No lo recuerdo. —El extranjero sudaba a mares, y aprovechó para dar otro largo trago y pedir una cerveza—. Supongo que lo oiría aquí, en el bar. Ya sabes que en este pueblo. Se habla de todo.

—Eso es cierto. Pues sí, voy a ver a mi primo. Lleva un restaurante con mucho renombre en Granada y me ha ofrecido trabajo como ayudante de cocina. —Edu parecía flotar en una nube tan solo de pensar en ello.

—Granada es un lugar bonito.

—Nunca he estado allí —manifestó con tristeza, y ambos se sumieron en un repentino silencio.

Dos clientes entraron en el bar en ese instante para sentarse frente a uno de los ventiladores, al otro extremo del local. Edu fue a atenderlos de inmediato. Notó que el extranjero estaba inquieto. No dejaba de darle vueltas a la cerveza.

En cuanto Edu hubo atendido a su nueva clientela, el forastero lo llamó y lo cogió por el brazo para susurrarle algo al oído.

—Escucha, no vayas a Granada —le dijo en un hilo de voz.

Edu lo miró extrañado.

—¿De qué está hablando?

El extranjero miró a los nuevos clientes para asegurarse de que no les estuviesen escuchando. Luego se inclinó hacia adelante y le indicó a mi amigo con el dedo que se acercara un poco más. Este obedeció.

—Sé que te va a parecer estúpido, pero… —El forastero le susurró el final de la frase en voz aún más baja—. Si decides ir a Granada dentro de dos días, morirás.

—¿Cómo… ? —Edu estaba tan asustado que ni siquiera tuvo fuerzas para terminar la pregunta.

—No puedo explicarte cómo lo sé. Además, no lo entenderías —concluyó el extranjero con aire misterioso—. Pero confía en mí y no te vayas. Todavía no.

Asustado y con el rostro níveo, Edu se apartó bruscamente de él.

—Aún no le había dicho a nadie cuándo pensaba irme... ¿Cómo ha sabido que pensaba hacerlo dentro de dos días?

El extranjero lo invitó a acercarse de nuevo, pero Edu prefirió mantener las distancias en esta ocasión.

—Del mismo modo en que sé que ese cliente de la camisa azul a cuadros blancos se levantará dentro de unos segundos, y que derramará el café sobre su pierna izquierda. Lo hará y exclamará: «¡Maldita suerte!».

Tal y como acababa de vaticinar, el parroquiano de la camisa azul a cuadros blancos se levantó torpemente apenas unos segundos después y, por accidente, derramó el café sobre su pierna izquierda.

—¡Maldita suerte! —gruñó.

Edu se quedó pálido de asombro, tanto que ni siquiera supo qué decir. El extranjero esperó mientras este abandonaba la barra con una bayeta húmeda y una fregona para limpiar el estropicio.

En cuanto hubo terminado, mi amigo regresó junto al forastero y se sentó a su lado.

—¿Cómo lo sabía? —Mi amigo no salía de su estupor.

—No puedo explicarlo, es un don —resumió—. Pero, por favor, te ruego que no se lo cuentes a nadie. La única razón por la que te he revelado este secreto es porque quiero salvarte la vida.

—Así es como supo qué canciones iba a elegir El Chato, ¿verdad?

—Prométeme que no se lo vas a contar a nadie —insistió el extranjero agarrando a Edu fuertemente por el brazo.

—Sí, tranquilo —le aseguró este, al tiempo que se zafaba de él—. Pero… dígame: ¿qué me va a pasar en Granada, exactamente?

El forastero vació antes de responder.

—El restaurante que regenta tu primo se llama Reina Mora.

Edu no lograba salir de su asombro. No entendía cómo era posible que su interlocutor supiera tantas cosas, ya no solo sobre él, sino también sobre su primo y sobre el restaurante en el que ambos trabajarían juntos. Era algo tan increíble, tan inaudito y aparentemente imposible que no podía sino creer en sus palabras a pies juntillas.

—Dentro de unos días habrá un tiroteo —prosiguió el extranjero—. Será una vendetta entre dos familias gitanas, y ocurrirá en ese restaurante. Si coges el autobús a Granada, morirás en el tiroteo.

Tras oír sus palabras, a Edu se le heló la sangre. Aquello, más que un don, parecía una maldición.

—¡Debo avisar a mi primo enseguida! —exclamó el camarero en cuanto cayó en la cuenta de que, si todo aquello era cierto, su primo seguiría estando en peligro.

—No puedes hablar con él —se apresuró a decirle el forastero.

—Pero… ¡debo avisarlo!

—No le ocurrirá nada, confía en mí. Precisamente ese día estará enfermo, y no irá a trabajar. Eres tú quien debería suplirlo ese día, como camarero de mesa.

—¿Y si se equivoca?

—Eso no ocurrirá. No lo llames, no servirá de nada. Hazme caso.

Los otros dos clientes que había en el bar se levantaron y pagaron su consumición. El extranjero permaneció callado hasta que abandonaron el local.

—¿Y por qué no debería decírselo? —insistió Edu en cuanto se hubieron marchado—. ¡Si no es él, otra gente inocente morirá!

—¡No puedes hacerlo, no puedes cambiar el destino de todo el mundo! —exclamó el extranjero con voz desgarrada. Luego atemperó su tono, y se le entristeció el rostro de repente—. Mira, muchacho, esas desgracias ocurren a diario. ¿Tienes idea acaso de a cuánta gente rozo a diario sabiendo que van a morir o a sufrir una desgracia? Veo su futuro solo con tocarlos, y no puedo evitar que el mundo siga girando a su antojo. Solo puedo permitirme el lujo de salvar alguna que otra vida de vez en cuando, como la tuya en ese momento. Ese es mi don y mi castigo.

—Solo necesito saber cuándo ocurrirá ese tiroteo para asegurarme de que mi primo no estará allí.

—Está bien, te lo diré, pero no lo llames —le pidió el forastero.

—Puede confiar en mí. No le diré nada.

El extranjero inspiró hondo antes de responder, y luego rozó la mano del muchacho con los dedos, para comprobar si decía la verdad.

—El viernes —dijo tras comprobar que mi amigo no iba a interferir en el destino de otros—. Ocurrirá el viernes próximo.

Quiso pagar su consumición antes de marcharse, pero Edu no se lo permitió. Si la información que le acababa de proporcionar era cierta, desde luego valía bastante más que una mísera cerveza. Le dio las gracias por la información y se estrecharon de nuevo la mano.

El extranjero se marchó con expresión apesadumbrada. Supongo que ya había visto todo cuanto tenía que ver.

III

Edu obedeció al extranjero y no cogió el autobús a Granada. Le prometió a su primo que iría a la semana siguiente, y también cumplió su palabra de no advertirlo del tiroteo, a pesar de que aquella se convertiría en la semana más larga de su vida. Además, ¿cómo iba a creerlo Gerardo, si se lo hubiera dicho? ¿Cómo se lo habría explicado? ¿Le hubiera dicho que se lo reveló un forastero del que nadie sabía nada, y que era capaz de ver el futuro con solo tocarle la mano?

El extranjero tenía razón: de nada habría servido que avisase a su primo.

Aquel mismo sábado, a primera hora, Edu llamó a Gerardo por teléfono. Los pronósticos del extranjero se habían cumplido: su primo estaba en casa, con fiebre y guardando cama, así que se alegró lo indecible de no haber cogido el autobús. Un joven camarero había reemplazado a Gerardo en el servicio de aquel viernes, y murió por culpa de una bala perdida.

Tras colgar, Edu no pudo evitar echarse a llorar.

IV

Es humano no saber guardar los secretos demasiado tiempo, aunque solo se los contemos a nuestra gente de confianza, y eso es lo que ocurrió en cuanto se hizo público lo del tiroteo. La leyenda del don del extranjero corrió como la pólvora entre los salobreños, pero tuvo un efecto contrario al esperado. Todos lo rehuían porque no querían saber nada acerca de su futuro, y empezaron a verlo casi como a un paria. De haber ocurrido aquello doscientos años antes, lo habrían quemado por brujo y nadie se habría extrañado.

No sé cómo pero, al parecer, la noticia traspasó las fronteras de nuestro pueblo. Pocos días después, vimos pasar a un par de coches negros con matrícula de Madrid. Recuerdo que iban dos o tres hombres en el interior de cada vehículo, todos ellos con sombrero de fieltro negro de ala ancha, gabardinas oscuras y cara de pocos amigos. Solo se bajaron de los coches para preguntar si alguien había visto recientemente a un extranjero enjuto y de corta estatura rondando por allí. Aunque suene extraño, nadie les habló del extranjero y, apenas unas horas después, ambos vehículos desaparecieron tan rápido como habían llegado.

No me cupo duda de que aquellos tipos fornidos y de miradas hoscas formaban parte del problema del que estaba huyendo el extranjero, y que por eso este no se atrevió a abandonar su escondrijo en el taller del viejo Miguel hasta pasadas unas horas, cuando estuvo completamente seguro de que sus perseguidores habían pasado de largo, y que no regresarían.

No le hizo ninguna gracia enterarse de que habían dejado una tarjeta de visita en el Bar de Freddy, por si alguien lo veía merodeando por allí, pero no hizo ningún comentario al respecto. Simplemente se limitó a asentir con resignación. Según ponía en ella, trabajaban para un famoso abogado de Madrid. Más tarde nos enteramos de que este poseía varios hoteles y casinos por toda la costa peninsular, y que se rumoreaba que tenía fuertes vínculos con ciertos grupos de poder. Fuera cual fuera el motivo por el que lo andaban buscando, aquellos tipos habían dejado claro que no pararían hasta dar con él.

Al día siguiente todos pudimos ver al extranjero de pie frente al Bar de Freddy, en el mismo lugar en donde se había apeado el día de su llegada. Mostraba en el semblante la resignación de quien está dispuesto a marcharse para siempre. Lo sé porque he visto esa misma expresión en muchos paisanos míos, a lo largo de las décadas. Era como si aquella calle se hubiese convertido de repente en un sendero de esperanzas y sueños posibles.

Yo me encontraba sentado cerca de él, en la acera, justo frente a la entrada del bar. Recuerdo que lo observé detenidamente por última vez. No sé por qué, pero creo que fui de los pocos que no llegó a creerse lo de su don. Supongo que en aquella época yo era demasiado escéptico respecto a muchas cosas.

Un repentino golpe de viento le arrebató el sombrero, que cayó frente a mí. Lo recogí y se lo entregué, y nuestros dedos se rozaron durante un breve instante, lo suficiente como para que su expresión cambiase por completo.

—Sé que no crees en mi don, muchacho —me dijo de repente—. Pero, si no te apartas de ahí ahora mismo, morirás atropellado.

—Conmigo no cuela, chavea —le solté con una sonrisa ladeada—. Vete a timar a otro.

No sé por qué reaccioné de ese modo. Supongo que en aquel momento me creía más listo que los demás.

—Hazme caso y apártate de ahí, si no quieres que te arrolle el autobús —insistió con gesto serio. Parecía nervioso de veras.

—De mí no se ríe nadie, y menos tú —le dije en plan gallito.

En ese instante, apareció el autobús al final de la calle. Llevaba más velocidad de la habitual, eso sí lo recuerdo, pero pensé que no había por qué preocuparse.

—Por favor… —susurró el forastero. Sudaba como un cerdo—. Levántate de ahí, ¡deprisa!

Fue entonces cuando me pregunté si el extranjero tendría razón, ya que no parecía que el autobús fuera a parar. De hecho, venía directo hacia nosotros, como si el conductor hubiese perdido el control. También yo me puse a sudar.

El forastero se apresuró a acercarse a mí e intentó obligarme a que me levantara.

—¿Qué haces? —grité mientras intentaba zafarme de él.

Sin pensárselo dos veces, aquel individuo me empujó a un lado. El autobús no hizo el menor gesto de parar, como si no le funcionasen los frenos. Lo comprendí al ver la espantada mirada del conductor, y cómo daba un brusco volantazo a la derecha en un último intento infructuoso de evitar que chocara contra la pared.

Todo ocurrió demasiado deprisa. Deprisa, tarde y mal. El autobús me golpeó de lleno en la espalda y me dejó inconsciente.

V

Cuando desperté en el Hospital Provincial, me dijeron que era muy probable que no volviera a andar. Y no se equivocaron. También me dijeron que el extranjero había muerto arrollado por el autobús cuando intentaba salvarme la vida, aunque yo no lo vi así. Los periódicos dijeron que había muerto con apenas ciento veinte pesetas en los bolsillos y ninguna identificación.

Ahora ya conocéis su historia, que es la mía y la de Edu, y en cierto modo supongo que también la de los habitantes de Salobreña. Tardé mucho tiempo en aceptar que me había salvado la vida. Supongo que las cosas habrían sido de otro modo si no me hubiese quedado inválido. De todos modos, le agradezco lo que hizo por mí y por mi amigo.

Al menos Edu fue más inteligente que yo. Siempre lo ha sido.

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Redacción

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